Entre los secretos de un pasado enterrado que la marcó para siempre y las manipulaciones de una élite dispuesta a devorarla, Ángela deberá descubrir si es capaz de romper los hilos de su propia dinastía antes de que la obliguen a vender el resto de su vida al mejor postor.
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Extraño tu calor
...CAPÍTULO 22...
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...ASHER COLLINS...
El bar del hotel estaba a media luz, envuelto en una música de jazz suave que apenas lograba competir con el rugido constante del mar afuera.
Tenía un vaso de tequila frente a mí; hacía muchísimo tiempo que no bebía así, pero esta noche lo necesitaba desesperadamente. Quería apagar la cabeza, apagar el ruido, sentirme un poco mejor.
La culpa me estaba carcomiendo las entrañas.
Mientras miraba el líquido ámbar, las palabras de Verónica seguían resonando en mi mente como ecos.
«¿Lo hiciste por Ángela?».
Me pasé una mano por el rostro, suspirando con pesadez. Tal vez, en el fondo, mi ahora exnovia tenía algo de razón. Ver a Ángela de nuevo, tan hermosa, tan cambiada pero con la misma esencia, había despertado en mí sentimientos que juré haber enterrado hace seis años en Los Ángeles.
Me había movido el piso, no lo iba a negar.
Pero siendo completamente sincero conmigo mismo, la realidad era otra.
Mi relación con Verónica ya se caía a pedazos mucho antes de pisar estas islas; lo nuestro era una bomba de tiempo que terminó por estallar. Y no, jamás se me pasó por la cabeza la idea de dejar a Verónica para ir corriendo tras Ángela. Nunca. Porque la mujer que yo había elegido conscientemente para estar a mi lado, la que conocía los días más difíciles en mi vida, era Verónica.
El dolor de haberla dejado llorando en la suite me pesaba en los hombros como una losa de concreto.
—Un martini clásico, por favor —una voz suave y elegante interrumpió mis pensamientos.
Giré la cabeza. Ángela se estaba sentando en el taburete de al lado. Llevaba un vestido oscuro, el cabello perfectamente peinado y ese aroma a que la caracterizaba.
Al verme, me miró de arriba abajo con curiosidad.
—¿Qué tienes, Asher? ¿Qué te pasa esta noche? —preguntó, apoyando los brazos en la barra.
Sostuve el vaso de tequila, intentando mantener mi máscara de tranquilidad.
—Nada... Solo algunos asuntos personales. Pensando un poco.
Ángela arqueó una ceja, asimilando mi respuesta, y luego miró hacia las mesas del bar buscando una silueta en particular.
—¿Y Verónica?
—Está en la habitación, dormida —respondí, tragándome el nudo en la garganta. No le mentía; se había quedado profundamente dormida de tanto llorar, agotada por la crisis y por la dolorosa charla de la tarde.
—Ahhh... —Ángela soltó una exhalación larga, asintiendo lentamente con la cabeza—. Eso explica perfectamente por qué estás aquí solo y tan relajado.
El barman se acercó y deslizó el martini frente a ella. Yo le hice una seña para que me sirviera otro trago de tequila. Me quedé mirándola fijamente por un segundo, intrigado por verla sin su sombra habitual.
—¿Y tú qué haces sola por acá? —le pregunté, dándole un sorbo a mi trago—. ¿Dónde está Sarah?
Ángela soltó una risita ligera, tomando la copa de martini por el tallo.
—Sarah está por ahí con su "hombre de fantasía". No tengo idea de en qué parte de la isla se metieron y, francamente, tampoco quiero saberlo. Y Julian y Liam se fueron a una fiesta en otra isla cercana en bote. Así que me quedé sola.
—Bueno, al menos no estás encerrada —comenté, y una sonrisa genuina, la primera en todo el día, se me dibujó en la cara.
A partir de ahí, la conversación empezó a fluir de una manera extrañamente natural. Al principio hablábamos de tonterías, del clima, de California, de lo rápido que pasa el tiempo. Pero trago tras trago, el tequila empezó a entorpecer mis sentidos y el martini hizo lo suyo con ella.
Los filtros del orgullo y del pasado se fueron desgastando con el alcohol, y el ambiente entre los dos comenzó a cambiar, volviéndose peligrosamente denso a medida que la embriaguez se apoderaba de la mesa.
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El aire frío de la noche nos golpeó en la cara en cuanto cruzamos las puertas de cristal del bar, pero con la cantidad de alcohol que llevábamos encima, apenas lo sentimos.
Decidimos bajar a la playa. La arena estaba fresca bajo nuestros pies, y el sonido del mar era un eco gigante que envolvía las risas flojas de Ángela.
Ella iba un par de pasos delante de mí, caminando de espaldas, saltando sobre las pequeñas olas que morían en la orilla.
Parecía una niña pequeña libre de todas las cadenas de su vida, con los zapatos caros colgando de una de sus manos.
Me decía un montón de cosas inconexas sobre los cócteles, sobre Sarah y sobre lo ridículamente grandes que eran las estrellas esa noche.
Yo solo la miraba y me reía de sus ocurrencias, contagiándola a ella también, perdiéndome en el sonido de su risa.
De repente, Ángela se detuvo en seco, tambaleándose un poco por el efecto del martini, y me apuntó con el dedo, entrecerrando los ojos con picardía.
—A ver, doctorcito... —soltó, arrastrando las palabras con una sonrisa—. No me has contestado. ¿Cómo van las cosas con la intensa de Verónica? ¿Sigue odiándome y diciéndome trepadora por los rincones del hotel? Porque juro que si me vuelve a mirar así, la que va a necesitar cirugía reconstructiva es ella.
Solté un suspiro que terminó en una risa amarga, bajando la cabeza mientras pateaba un poco de arena. El alcohol me dio la valentía —o la imprudencia— que no habría tenido sobrio.
—Ya no tienes que preocuparte por eso, Ángela —le dije, dando un paso hacia ella—. Terminé con Verónica esta tarde.
Ángela bajó el dedo lentamente. La sonrisa se le borró de la cara por un segundo y parpadeó un par de veces, intentando procesar la información a través de la neblina del alcohol.
—¿Qué...? ¿Le terminaste? —preguntó, ladeando la cabeza—. No me mientas, Asher, ¿estás bromeando, cierto?
—Es en serio —asentí, acortando la distancia hasta quedar a solo un metro de ella. El olor del mar y a su perfume me mareó más que el tequila—. Se acabó. Tuvimos una discusión horrible en la habitación después de lo de la piscina. Ya no dábamos para más, Ángela. Nos estábamos destruyendo.
—¿Y fue por mi culpa? —su voz bajó de tono, perdiendo la burla, tiñéndose de una honestidad repentina—. Porque si fue por lo de todos estos días...
—No, no fue por tu culpa —la interrumpí, mirándola fijamente a los ojos—. Fue por nosotros. Ella no confiaba en mí, y yo... yo ya no sentía lo mismo. Aunque me duele en el alma, porque la quise mucho, era lo que tocaba hacer. Nos regresamos a Milán mañana y ahí cada quien tomará su rumbo.
Ángela se quedó mirándome en silencio, con los ojos brillando bajo la luz de la luna. Caminó despacio hacia unas rocas gigantes que se adentraban en el mar, usándolas como refugio contra el viento. Se subió a una de las piedras más planas y se sentó, dejando colgar sus piernas. Yo me subí justo a su lado, imitándola.
El silencio que se instaló entre los dos ya no era cómodo; era espeso, magnético, cargado de una electricidad peligrosa que el alcohol solo potenciaba.
Estábamos tan cerca que nuestras rodillas se rozaban con cada movimiento.
—Es una locura, ¿no crees? —susurró Ángela, mirando hacia el horizonte oscuro del océano—. Tú terminando tu relación... yo mandando al demonio a Max y rompiendo un compromiso millonario. Parece que el destino se ensañó con nosotros en esta isla.
—O tal vez la isla nos obligó a ver lo que estábamos intentando ignorar en nuestras burbujas —respondí, girando la cabeza para mirarla.
El viento le despeinó unos mechones de cabello, y por puro instinto, estiré la mano y se los acomodé detrás de la oreja.
Mis dedos rozaron la piel de su mejilla, la misma que Max había golpeado días atrás. Ángela contuvo el aliento ante mi tacto, pero no se alejó. Al contrario, se inclinó sutilmente hacia mi mano.
—Asher... —pronunció mi nombre en un hilo de voz, una advertencia que sonó más bien como una invitación.
—Dime que me detenga, Ángela —le pedí en un susurro, acercándome tanto que podía sentir el calor de su respiración con sabor a martini—. Dime que me detenga, porque si no lo haces, no voy a poder parar.
Ella no dijo nada. Sus ojos bajaron hacia mis labios y luego regresaron a los míos con una intensidad que me quemó por dentro.
Esa fue toda la respuesta que necesité.
Rompí la distancia que nos separaba y la besé.
En un segundo, la tensión acumulada explotó. La tomé por la cintura, pegándola a mi cuerpo en la roca, mientras ella enredaba sus dedos en mi cabello, respondiendo al beso con una urgencia salvaje.
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...ANGELA SALLES ...
El beso en las rocas nos dejó sin aire y con la cordura completamente nublada por el alcohol. Nos bajamos de las piedras a tropiezos, sosteniéndonos el uno al otro, y caminamos a paso rápido por la arena hacia la suite, devorándonos la boca a mitad de camino cada vez que la urgencia nos ganaba.
En cuanto deslicé la tarjeta y la pesada puerta de madera se abrió, Asher me empujó suavemente hacia el interior, cerrando de un golpe a nuestras espaldas.
La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por el reflejo de la luna que entraba por el ventanal de la terraza.
Asher me tomó de los hombros, deteniéndose un segundo con la respiración agitada.
—¿Y Sarah? —preguntó con la voz ronca, mirando de reojo hacia el pasillo—. ¿No va a venir?
—No... no va a venir —le respondí, soltando una risa ahogada.
No lo dejé hablar más. Me lancé directamente sobre él, rodeando su cuello con mis brazos y tirando de su cabeza para volver a estampar mis labios contra los suyos.
Asher soltó un gruñido bajo y me cargó por los muslos, haciéndome enredar las piernas alrededor de su cintura mientras me presionaba con fuerza contra la pared más cercana.
Sus manos, bajaron de inmediato por mi espalda, apretando mis glúteos y subiendo el dobladillo de mi vestido oscuro.
El contacto directo de sus dedos contra mi piel me hizo soltar un gemido que él se tragó con un beso.
Empezó a besarme el cuello con desesperación, bajando por mi clavícula mientras sus manos hábiles buscaban el cierre de mi vestido en la espalda. Sentí el carril abrirse y la tela deslizarse por mis hombros hasta caer al suelo, dejándome solo en ropa interior.
Sin bajarme, caminó a trompicones hacia la cama king size y nos dejamos caer juntos sobre las sábanas. Asher se posicionó entre mis piernas, mirándome desde arriba con los ojos completamente encendidos de deseo. Se quitó la camiseta de un solo tirón, revelando su torso ancho y marcado, y yo pasé mis manos de inmediato por sus pectorales y sus hombros, deleitándome con el calor de su piel.
Asher metió las manos debajo de mis caderas para elevarme ligeramente mientras se deshacía de mi ropa interior con movimientos rápidos y torpes por la prisa. Yo le desabroché el pantalón, empujándolo hacia abajo junto con sus boxers hasta que los dos quedamos por completo al desnudo sobre la cama.
Su cuerpo, mucho más pesado y corpulento que el mío, se presionó contra el mío, haciéndome jadear. Asher bajó una de sus manos, recorriendo mi vientre hasta llegar a mi intimidad, buscando mi humedad con dedos firmes que me hicieron arquear la espalda y enterrar las uñas en sus hombros.
Yo estaba completamente lista, encendida por el alcohol y por la fricción de su piel.
Él no esperó más. Se acomodó entre mis muslos, me sujetó firmemente de las caderas y se impulsó hacia adelante, entrando en mí de un solo golpe.
—Ah... Asher... —un gemido alto y agudo se me escapó de la garganta.
Él contuvo el aliento, apretando la mandíbula mientras se quedaba inmóvil un segundo dentro de mí, disfrutándome. Luego, empezó a moverse.
Al principio fueron embestidas lentas, pesadas, que me llenaban por completo y me hacían perder el sentido, pero rápidamente el ritmo se volvió rápido, rítmico y salvaje. El sonido de nuestros cuerpos chocando y de nuestras respiraciones entrecortadas inundó la habitación.
Lo abracé con las piernas por la espalda para tenerlo aún más cerca, sintiendo cada una de sus estocadas golpear mi centro con una fuerza brutal.
Asher se apoyó en sus antebrazos a los lados de mi cabeza, mirándome fijamente mientras se movía dentro de mí, sudando, completamente entregado al instinto. Cada vez que iba más profundo, yo echaba la cabeza hacia atrás, mordiéndome el labio para no gritar, completamente perdida en el placer directo y ardiente que me recorría el cuerpo.
La tensión subió de golpe en pocos minutos. La fricción constante y el ritmo acelerado nos llevaron al límite rápido. Asher aumentó la velocidad de las estocadas, hundiéndose en mí con desesperación, mientras yo sentía que una ola de espasmos intensos empezaba a contraer mis músculos internos, arrastrándome al orgasmo.
Solté un gemido ahogado contra su cuello cuando mi cuerpo se sacudió por completo, y justo en ese instante, Asher dio tres embestidas finales, profundas y potentes, antes de soltar un gruñido ronco y venirse con fuerza dentro de mí, dejándose caer exhausto sobre mi pecho mientras el eco de la tormenta se desvanecía lentamente en la oscuridad.