Rosalind Lancaster lleva diez años atormentada por una pesadilla que se repite una y otra vez.
Una boda.
Un hombre de ojos color malva.
Una noche de terror.
Y una muerte tan cruel que aún puede sentir el dolor al despertar.
Convencida de que aquellos sueños son recuerdos de una vida pasada, Rosalind ha jurado no volver a casarse jamás. Sin embargo, la presión de su familia aumenta cada día, y un matrimonio arreglado con un hombre mucho mayor parece inevitable.
Cuando su mejor amiga le propone un trato inesperado, Rosalind cree haber encontrado la solución perfecta: contraer un matrimonio temporal con Damien Blackwood, el frío y poderoso heredero de una de las familias más influyentes del país. Él necesita una esposa para reclamar un importante fideicomiso; ella necesita escapar de un destino que detesta.
Es un acuerdo simple.
Un año de matrimonio.
Sin amor.
Sin sentimientos.
Sin interferir en la vida del otro.
Pero convivir con Damien resulta mucho m
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Capitulo 2
Damien
La mansión de Héctor Sterling lucía tan impecable como siempre.
Los jardines estaban perfectamente podados y la fuente de mármol del patio principal seguía funcionando como si la familia no estuviera atravesando problemas financieros.
Apariencias.
La alta sociedad vivía de ellas.
Entregué mi sombrero al mayordomo y ajusté los puños de mi traje gris oscuro.
—El señor Sterling lo recibirá enseguida, señor Blackwood.
Asentí sin responder.
Los empleados me condujeron hasta una de las salas principales de la residencia. Unos minutos después, una criada colocó frente a mí una taza de té negro sin azúcar.
Tomé un sorbo mientras observaba el reloj de bolsillo que llevaba en el chaleco.
Diez minutos.
Diez minutos de retraso.
Una falta de respeto que Héctor jamás habría cometido en el pasado.
Guardé el reloj y me puse de pie.
La sala estaba decorada con muebles franceses, cortinas de terciopelo verde oscuro y una extensa colección de fotografías familiares.
Recorrí el lugar con la mirada.
Había imágenes de viajes por Europa, fiestas, reuniones sociales y nuevas adquisiciones.
Curioso.
Un hombre que supuestamente estaba al borde de la quiebra seguía gastando dinero como si el mundo entero le perteneciera.
Mis dedos se deslizaron sobre el respaldo de un sillón mientras analizaba cada detalle.
Los negocios me habían enseñado algo importante.
Las personas mentían.
Los números no.
Escuché pasos acercándose.
La puerta se abrió.
—¡Damien! Qué gusto verte, viejo amigo.
Héctor Sterling avanzó hacia mí con una sonrisa exageradamente amplia.
Lo observé en silencio.
Estaba más delgado.
Tenía ojeras.
Y aunque intentaba aparentar tranquilidad, sus manos temblaban ligeramente.
Nervioso.
Muy nervioso.
—¿Cómo estás? —pregunté mientras estrechaba su mano.
—Bien, bien.
Mentira.
Lo sabía.
Y él sabía que yo lo sabía.
Sin embargo, ninguno de los dos lo mencionó.
Nos sentamos nuevamente.
El silencio duró apenas unos segundos.
—Héctor, el plazo se venció hace un mes.
Su sonrisa desapareció.
Comenzó a frotar sus manos.
Luego se levantó y caminó por la sala.
—Damien, necesito más tiempo.
—No.
—Escúchame.
—Ya lo hice durante meses.
Se pasó una mano por el cabello.
—Puedo aceptar intereses más altos.
—No voy a firmar ningún documento nuevo.
Mi voz permaneció calmada.
Fría.
Controlada.
La misma voz que utilizaba durante las negociaciones importantes.
—Necesito recuperar mi dinero.
—Somos amigos.
Lo miré directamente.
—Somos amigos. Esto es un negocio.
Héctor bajó la vista.
—Sabes que atravesamos una mala racha.
—También sabes que mi abuelo murió hace seis meses.
Su expresión cambió.
El nombre de mi abuelo siempre tenía ese efecto.
Arthur Blackwood había construido uno de los imperios industriales más importantes del país.
Ferrocarriles.
Acero.
Transporte marítimo.
Importación de maquinaria.
Refinerías.
Décadas de trabajo convertidas en una fortuna imposible de ignorar.
—Lo sé —murmuró Héctor.
—Entonces sabes que dejó condiciones específicas para cada heredero.
Él asintió.
Mi abuelo siempre había sido un hombre difícil.
Incluso después de muerto seguía controlando nuestras vidas.
Para recibir una parte importante de mi herencia debía cumplir varios requisitos establecidos en su testamento.
Y uno de ellos era particularmente ridículo.
Casarme.
Una cláusula absurda creada por un hombre que nunca aceptó que yo priorizara los negocios sobre cualquier otra cosa.
—Paga la deuda en cuotas —continué—. Tienes dinero para viajes, fiestas y nuevas inversiones. Puedes pagarme.
—No es tan sencillo.
—Claro que lo es.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
En ese momento la puerta se abrió.
Una mujer elegante entró en la sala.
La esposa de Héctor.
Victoria Whitmore.
Me puse de pie por educación.
—Señora Starling.
Ella estrechó mi mano.
—Señor Blackwood.
A diferencia de su esposo, parecía tranquila.
Demasiado tranquila.
Como alguien que ya había tomado una decisión.
—Creo que puedo ayudarlo con su problema.
La observé.
—¿Tiene mi dinero?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—No exactamente.
Metió la mano en su bolso y sacó un sobre.
Lo colocó sobre la mesa.
Lo abrí.
Dinero.
Una suma considerable.
No toda la deuda, pero sí suficiente para demostrar buena fe.
—Mensualmente recibirá la misma cantidad hasta saldar el total —explicó.
—Continúe.
—Y además conozco la solución para que usted reciba la parte más importante de su herencia.
Levanté una ceja.
—¿Ah, sí?
—Tengo una amiga soltera.
La sala quedó en silencio.
—¿Perdón?
—Tiene veinticinco años. Proviene de una excelente familia. Es educada, inteligente y aún no se ha casado.
Mi expresión no cambió.
Por dentro, sin embargo, la situación comenzaba a parecer ridícula.
—¿Me está ofreciendo una esposa?
—Le estoy ofreciendo una solución.
Héctor cerró los ojos como si quisiera desaparecer.
—Victoria...
—Cállate, Héctor.
La autoridad de aquella mujer era sorprendente.
Volvió a mirarme.
—Usted necesita una esposa para reclamar su herencia. Ella necesita escapar de un matrimonio arreglado. Ambos se benefician.
—Está comprometiendo a una persona sin consultarle.
—La conozco mejor de lo que cree.
La seguridad en su voz llamó mi atención.
Parecía completamente convencida de que aquella mujer aceptaría.
Tomé mi sombrero.
—No estoy interesado en casarme.
—Eso es lo que dice ahora.
—Y lo seguiré diciendo mañana.
Me dirigí hacia la salida.
La señora Starling sonrió.
—Cuando cambie de opinión, llámeme.
No respondí.
Abandoné la mansión y subí a mi automóvil.
El motor rugió mientras avanzábamos por la avenida principal.
Apoyé un brazo sobre la ventanilla.
Una esposa.
Era absurdo.
No necesitaba una mujer.
No necesitaba compañía.
No necesitaba amor.
Había construido mi fortuna sin depender de nadie.
Mis empresas crecían cada año.
Mis inversiones duplicaban sus ganancias.
Mi apellido era respetado en todo el país.
¿Por qué arriesgaría todo eso por una desconocida?
Sin embargo...
Mientras observaba la ciudad alejarse detrás del cristal, una idea cruzó fugazmente por mi mente.
La señora Sterling había sido mucho más audaz que su esposo.
Y las personas audaces rara vez hacían apuestas sin estar seguras de ganar.
Una leve sonrisa apareció en mis labios.
Solo una.
Breve.
Imperceptible.
Porque si aquella mujer estaba tan convencida de que su amiga aceptaría...
Entonces quizá la historia aún no había terminado.
Damien Blackwood, 31 años.
en su propia casa, con su familia...
aquí hay un gatote bien encerrado... 😰😱😭
esto está de Lokos 😰😱
hay no que 💩😰😱