Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 2: El vacío en el alma.
Los días siguientes a aquella cena fueron iguales a todos los demás. O al menos, por fuera lo parecían. Por dentro, sin embargo, algo se había roto en mí. Aquella conversación con Alejandro, aquella sensación de estar muerta en vida, había hecho que el muro que yo misma había construido durante años empezara a agrietarse. Y por las grietas, empezaba a colarse todo lo que yo había intentado ocultar: miedos, deseos, rabia, tristeza.
Me levantaba cada mañana a las siete, como un reloj. Hacía ejercicio, me duchaba, me vestía con ropa impecable, desayunaba algo ligero mientras revisaba correos y planos. Alejandro ya se había ido a su oficina mucho antes; él empezaba su jornada a las seis y media, era un hombre de rutinas estrictas. Nuestras vidas se cruzaban solo por las noches, y a veces ni siquiera entonces.
Esa mañana, mientras me miraba al espejo y me recogía el cabello en un moño perfecto, me di cuenta de que no reconocía a la mujer que me devolvía la mirada. Sus ojos marrones eran hermosos, sí, pero estaban vacíos. Brillaban con la luz de las lámparas, pero no con luz propia. Parecía una estatua tallada con la máxima perfección, pero fría, dura, insensible.
—¿Quién eres? —le pregunté en un susurro a mi reflejo—. ¿Y qué has hecho conmigo?
Salí de casa y caminé hacia mi estudio, un espacio enorme, lleno de luz, con paredes de cristal, estanterías repletas de libros de arte y arquitectura, maquetas de mis proyectos pasados y futuros. Allí pasaba la mayor parte de mi tiempo. Diseñar era lo único que me había quedado que me hiciera sentir algo parecido a la satisfacción. Cuando dibujaba líneas, cuando calculaba estructuras, cuando imaginaba cómo la luz entraba por una ventana o cómo la gente se movería por un pasillo… entonces, durante un rato, mi mente se callaba. Entonces, dejaba de pensar en lo que me faltaba y me concentraba en lo que estaba creando.
Pero incluso eso estaba cambiando. Últimamente, mis diseños ya no eran edificios normales. Mis planos se llenaban de formas extrañas, torres altas que parecían querer tocar el cielo y más allá, pasillos oscuros que se retorcían como serpientes, salones inmensos llenos de sombras y de una luz grisácea y eterna. Mis clientes estaban encantados; decían que mi estilo se había vuelto "único", "misterioso", "profundo". Pero yo sabía la verdad: estaba diseñando lo que mi alma veía. Estaba dibujando la oscuridad que llevaba dentro.
Esa tarde, Lucas vino a visitarme. Lo vi entrar por la puerta grande, con su mochila al hombro, el pelo revuelto y esa sonrisa suya que siempre iluminaba todo a su alrededor. Al verlo, sentí que el nudo que tenía en la garganta desde hacía días se aflojaba un poco. Él era mi ancla. Lo único que me mantenía atada a este mundo.
—¡Hola, hermana mayor! —gritó, acercándose y dándome un abrazo fuerte, de esos que te dejan sin aire pero que te llenan el corazón—. Te ves terrible, como siempre. ¿Cuándo vas a dejar de trabajar tanto?
Le di un golpe en el brazo, sonriendo, y le hice señas para que se sentara en el sofá de cuero blanco que había en la zona de descanso.
—Y tú sigues igual de molesto. ¿Qué haces aquí? Pensé que tenías clases todo el día.
—Las dejé un rato —dijo él, encogiéndose de hombros con esa despreocupación que lo caracterizaba—. Tenía que venir a ver si seguías viva. Porque te llamo, te escribo, y me respondes con frases de tres palabras. Y eso, Valeria, es señal de que estás cayendo en uno de tus agujeros negros.
Suspiré y me senté frente a él, cruzando las piernas. Lucas me conocía demasiado bien.
—No estoy en ningún agujero, Lucas. Solo… estoy cansada. Todo es siempre igual. Todo es tan… predecible.
Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y me miró con seriedad. Ya no era el niño pequeño al que yo había cuidado toda la vida. Era un hombre joven, inteligente, observador.
—¿Es por Alejandro? ¿Es por lo de los hijos?
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo sabes…?
—Mamá me lo contó —dijo él, poniendo los ojos en blanco—. Él fue a hablar con ellos la semana pasada. Les dijo que tú te negabas a formar una familia, que tal vez no eras feliz con él. Y ahora están todos preocupados, preguntándose qué pasa contigo.
Sentí una punzada de dolor en el pecho.
—¿Fue a hablar con ellos? ¿Cómo se atreve? ¡Es mi vida! ¡Nuestra vida!
—Lo hizo porque está asustado, Vale —dijo Lucas con suavidad—. Él te ama, lo sabes. A su manera, te adora. Pero él es un hombre sencillo, con sueños sencillos. Quiere casa, hijos, perro, vacaciones en la playa. Y tú… tú eres un universo entero, hermana. Y él se siente pequeño a tu lado. Se da cuenta de que no te alcanza. Se da cuenta de que no puede llenarte.
Esas palabras me golpearon con fuerza.
—¿Crees que es culpa mía? ¿Crees que soy demasiado complicada?
—No —respondió él rápidamente, negando con la cabeza—. Creo que tú naciste para algo más grande que esto. Creo que tu alma es demasiado amplia, demasiado profunda, demasiado intensa para caber en esta vida que te has construido. Y eso no es malo. Es lo que eres. Pero te está matando. Y me da miedo, Valeria. Me da miedo que un día despiertes y ya no estés aquí, aunque tu cuerpo siga respirando.
Me levanté y caminé hacia la ventana grande, mirando la ciudad que se extendía bajo nosotros.
—A veces desearía que eso pasara —susurré, sin darme cuenta de que hablaba en voz alta—. A veces desearía poder desaparecer. Irme a algún lugar donde nadie me conozca, donde no tenga que ser perfecta, donde pueda sentir cosas fuertes, cosas reales. Aunque sean cosas malas. Aunque sea dolor. Lo que sea, antes que este vacío.
Lucas se levantó y vino a ponerse a mi lado. Me puso una mano en el hombro, y sentí su calor, su fuerza joven y vibrante.
—No digas eso. Porque si te vas, me llevas a mí también. Y mamá y papá… no sobrevivirían. Eres su vida, Valeria. Y la mía.
Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos, lágrimas que llevaban meses, años, guardadas.
—Lo sé, Lucas. Lo sé. Y por eso sigo aquí. Por vosotros. Porque si no fuera por ti, por ellos… hace mucho tiempo que me habría ido a buscar lo que me falta, aunque fuera al fin del mundo.
—Entonces búscalo aquí —me dijo él, con firmeza—. Cambia las cosas. Rompe las reglas. Deja a Alejandro si es necesario. Deja todo lo que te apague. Porque te lo prometo, hermana: prefiero tenerte lejos, o siendo lo que sea que tengas que ser, a tenerte aquí, a mi lado, convertida en esta sombra triste que eres ahora.
Esas palabras se quedaron grabadas en mi mente, grabadas en mi corazón, como una marca de fuego. Lucas se fue poco después, tenía que volver a la universidad, pero me dejó con una sensación extraña, una mezcla de culpa y de determinación. Él tenía razón. Yo no podía seguir así. Tenía que hacer cambios. Tenía que encontrar la forma de volver a ser yo, aunque fuera difícil, aunque doliera.
Esa noche, Alejandro llegó tarde. Lo escuché entrar, caminar por el pasillo, cerrar puertas. Yo estaba sentada en el borde de la cama, esperándolo, con el corazón latiéndome fuerte, con las palabras de Lucas resonando en mi cabeza. Cuando él entró en la habitación, se detuvo al verme.
—¿Sigues despierta? —preguntó, sorprendido.
Me levanté y caminé hacia él.
—Tenemos que hablar, Alejandro.
Él suspiró y se quitó la corbata, dejándola caer sobre una silla.
—¿Otra vez lo mismo? Valeria, ya hemos hablado. Yo quiero una familia, tú no. Yo quiero una vida tranquila, tú siempre estás soñando con cosas que no existen. No hay nada más que decir.
—Sí lo hay —le dije, y mi voz sonó firme, más firme de lo que había sido en mucho tiempo—. No se trata solo de los hijos. Se trata de todo. Se trata de que llevamos tres años viviendo juntos y somos dos extraños. Se trata de que yo me estoy muriendo de aburrimiento, de vacío, de una vida que no es la mía. Se trata de que te quiero, sí, pero no te amo. Y creo que nunca te amé de verdad. Creo que solo me gustaba la idea de lo que éramos.
Alejandro se quedó pálido. Sus manos, que estaban desabrochando los botones de su camisa, se detuvieron.
—¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que esto no funciona, Alejandro —continué, sintiendo cómo las lágrimas volvían a salir, pero esta vez eran lágrimas de verdad, de liberación—. Estoy diciendo que te he hecho daño sin querer, y tú a mí también. Estoy diciendo que no puedo seguir así. ¿Qué tengo que cambiar? Que tengo que encontrarme a mí misma, aunque eso signifique estar sola.
Él se quedó en silencio, mirándome con una mezcla de dolor, rabia y tristeza. Y luego, en lugar de gritar o discutir, asintió lentamente.
—Lo sabía —dijo él, con voz ronca—. Lo sabía desde hace tiempo. Lo veía en tus ojos. Veía que yo no era suficiente para ti. Que nada lo era. Pensé que con el tiempo cambiarías. Pensé que si te daba todo, si te daba seguridad, cariño, lujos… al final te quedarías. Pero entiendo ahora… que tú no te quedas con nada que no tenga alma. Y yo… yo soy muy sencillo para ti, Valeria.
Se acercó un poco más, y me miró con dulzura.
—Te deseo lo mejor, de verdad. Ojalá encuentres lo que buscas. Ojalá encuentres algo que sea lo bastante grande, lo bastante fuerte, lo bastante intenso para llenar ese vacío que llevas dentro. Porque te lo mereces. Eres una mujer increíble. Y mereces ser amada con la misma intensidad con la que tú eres.
Esa conversación, que debía haber sido dolorosa, difícil, se convirtió en algo extrañamente pacífico. Nos dimos cuenta de que ambos habíamos estado atrapados, ambos habíamos intentado ser algo que no éramos. Acordamos hablar con nuestros padres al día siguiente, acordamos separarnos, dejar que cada uno tomara su propio camino.
Me metí en la cama esa noche sintiendo un peso menos, pero también sintiendo un miedo terrible. Porque ahora que la jaula de oro se había abierto, ahora que yo era libre… ¿Qué iba a hacer? ¿A dónde iba a ir? ¿Existía realmente algo capaz de llenar ese vacío infinito que sentía en el pecho?
Miré por la ventana. El cielo estaba negro, lleno de nubes que se movían rápido, empujadas por un viento fuerte que traía tormenta. Y en la oscuridad, tuve la sensación extraña, casi física, de que algo me estaba esperando. Algo antiguo, algo oscuro, algo que había estado allí desde siempre, esperando justo este momento.
—Voy a buscarte —susurré a la noche, sin saber a quién o qué le hablaba—. Voy a encontrar lo que me falta. Cueste lo que cueste.
Y lejos, muy lejos, en un lugar donde el tiempo no existía, donde la oscuridad era eterna, una figura inmensa y hermosa abrió los ojos. Unos ojos grises, profundos, antiguos. Y una sonrisa lenta, peligrosa y llena de promesas se dibujó en unos labios que no sonreían desde hacía mil años.
"Por fin", pensó él, el Señor de todo lo que termina, el Guardián de la Muerte. "Por fin estás lista. Y ahora… ahora te voy a dar lo que pides. Y mucho más de lo que jamás imaginaste".