Un grupo de amigos y una policía encubierto arriesgan sus vidas, tratando de acabar con la corrupción que azota la ciudad.
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CAPÍTULO 5
Adrián salió del restorán Bahía Verde. Entrecerró los ojos, pues el reflejo del sol lo abrazó.
Se puso los lentes negros que llevaba en una de sus manos y consultó la hora en el reloj.
Del otro lado de la calle, el vendedor de revistas lo saludó, levantando su mano.
¡Maldita sea! Había ido a decirle unas palabras a su amigo, imaginando que Alonso no estaría por allí, y resulta que la hiena pasó la noche en el hotel.
«¡Qué raro!» — pensó — «¿Qué estará
planeando ahora ese delincuente?».
Mientras caminaba hacia su auto estacionado una calle más abajo, no dejaba de pensar en todo lo que le había sucedido en los últimos tiempos.
La muerte de su padre en un accidente de tránsito, accidente que el estaba seguro que había sido provocado por Alonso y todo su séquito de mafiosos.
Aún le dolía el haber estado distanciado tanto tiempo de su papá.
En el último año, el contacto entre ellos había sido prácticamente nulo, ni siquiera se hablaban.
Ahora que no lo tenía, se lamentaba de no haber sido capaz de buscar un acercamiento, de no haber tenido el valor de sentarse ambos a conversar, cara a cara, de padre a hijo, intentando limar asperezas y recomenzar esa relación fraterna que jamás debió romperse.
Todo comenzó hacía dos años ya, cuando su padre, dueño de una importante empresa metalúrgica en la ciudad de La Paz, le había comentado que pensaba formar una sociedad con un grupo de inversionistas. Grupo, cuya cabeza principal era nada más y nada menos que la calva de Héctor Alonso, el individuo más temido y odiado en la ciudad, y en cinco mil kilómetros a la redonda.
Alonso era un tipo frío, autoritario, y sin ninguna clase de escrúpulos.
Se decían muchas cosas malas sobre él. En los rincones de los comercios la gente comentaba, pero al hacerlo, hablaban bajito por temor a las represalias. Además, nunca faltaba algún chivato lambiscón que saliera corriendo a contarle lo que la chusma decía sobre él.
La presunta sociedad que su padre pensaba iniciar, había sido el principio del distanciamiento entre ambos.
El no estaba de acuerdo en que su viejo, un hombre honrado a carta cabal, tuviera relacionamientos de negocios con personas de dudosa reputación.
A partir de que su padre no había querido escucharlo, comenzó a abrirse una grieta entre ellos, y se fueron distanciando cada vez más.
Desde entonces, él comenzó a seguir el itinerario de Alonso, porque sabía que en algún momento la alimaña iba a cometer un error, y cuando este diera un paso en falso podría desenmascararlo, y así demostrarle a su padre que se había equivocado, al querer conformar una sociedad con tamaño delincuente.
Pero lamentablemente su viejo había muerto, y si Alonso pensaba que se saldría con la suya, estaba muy equivocado. Ese malnacido se había ganado, en él, uno de sus mayores enemigos.
Ahora, lo que más le molestaba, no era el hecho de que su padre había cometido un gravísimo error, sino que era porque Alonso lo había embaucado, y él estaba completamente seguro de eso.
Su padre había llevado la empresa a la quiebra. Tuvo que bajar las cortinas debido a un embargo que le habían hecho, pues todas las ganancias de los últimos años las había despilfarrado invirtiendo en esa maldita sociedad.
Tal parece que el negocio salió mal, y se había perdido toda la inversión. No conforme con eso, ya que era un hombre muy terco, comenzó a pedirle al banco grandes sumas de dinero.
Pero todo ya se estaba yendo al carajo, y su padre nunca pudo recuperarse. Quedó endeudado hasta las manos, y a partir de ahí, varias financieras se relamían sabiendo que obtendrían una buena tajada del pastel, cuando la empresa fuera rematada al mejor postor.
Mientras todos estos pensamientos y recuerdos debatían en su cabeza, Adrián sacó las llaves de su auto del bolsillo del pantalón.
Puso en marcha el motor del coche, miró por el retrovisor y arrancó en dirección al norte.
Condujo algunas cuadras y se detuvo en una esquina, donde un joven le hacía señas.
Era un muchacho de veintiséis años, no muy alto, cabello rizado, se notaba un poco pasado de peso, y al hacer señas para que Adrián se detuviera levantaba ambos brazos, y esto hacía que su barriga se escapara debajo de la remera.
Tenía cara de niño bueno. Se notaba que había llegado corriendo, porque resoplaba muy agitado y estaba rojo como un tomate.
Adrián se inclinó sobre el asiento del acompañante y le abrió la puerta.
—¡Buen día, Pablo! Voy para el taller... ¿Vas para allá?
—¡Buen día, Adrián! Si.. Me salvaste la cabeza.. No puedo llegar ni un segundo tarde...
—¿Por qué?...
Pablo terminó de acomodarse en el asiento, respiró profundamente y lo miró con rostro de preocupación.
—Me dormí otra vez, y si vuelvo a llegar tarde, Juan me va a pasar jodiendo todo el día de que soy un gordo dormilón...
—-¡Jajaja! Ustedes dos parecen un matrimonio, pasan peleando todo el tiempo...
—Lo que pasa es que Juan es un amargado. No se ríe ni aunque vaya a ver un espectáculo de payasos...
—El es así, pero es una buena persona. A vos te dice gordo dormilón de puro cariño nomás.
—¡Dale... dale... No jodas! Poné en marcha este cascajo y vámonos...
Adrián pisó el acelerador y partieron rumbo al taller, entre bromas y risas.
Cuando llegaron, Juan estaba abriendo los portones del taller mecánico Bujías.
El taller estaba ubicado en un barrio muy popular de la ciudad.
A cincuenta metros, se erigía la escuela Tiscornia.
En dicha escuela había nacido la amistad que al día de hoy mantenían.
A pesar que solo Germán y Juan habían coincidido algún año en la misma clase, los cuatro se juntaban a la hora del recreo para jugar al fútbol, en la cancha que había detrás del salón de actos.
Pablo era el menor de los cuatro, y cuando tenían partido contra otros niños, Juan siempre lo mandaba al arco.
Así comenzaban con la discusiones eternas entre ambos, discusiones que aún hoy mantenían por cualquier cosa.
Cuando terminaron la primaria y comenzaron el liceo, siguieron estudiando juntos.
Concurrían en el turno de la mañana, y como el liceo se encontraba cerca de unas enormes canteras de balastro, antes de ingresar a clases escondían algunas cañas de pescar entre las malezas.
A la hora de la salida pasaban por ellas y se quedaban pescando un rato.
Lógicamente, lo hacían a escondidas de sus padres y de los dueños de las canteras, ya que no permitían transitar personas, y mucho menos adolescentes, por esos lugares tan peligrosos.
Todas esas aventuras de niños fue forjando esa gran amistad.
Adrián estacionó su auto en la vereda de enfrente, y junto a Pablo descendieron del vehículo.
—Hola, Juan, ¿cómo estás? —saludó Adrián, dándole un abrazo a su amigo.
Juan tenía veintiocho años, era fornido, petiso retacón, como solía llamarlo Pablo cuando se burlaba de él. Le gustaba usar el pelo corto y la barba bien abundante, esto le daba un aspecto intimidatorio, ya que siempre se veía serio y con el ceño fruncido.
—Bien, Adrián...¿Vos cómo estás? ¿Me trajiste al dormilón?
Pablo intervino rápidamente.
—¿Qué hora tenés Juan?..
—Déjame ver... Son exactamente las nueve a.m.
—¿A que hora se supone que yo vendría?...
—A las nueve...
—¿Entonces por qué tirás indirectas? ¡Que si trajiste al dormilón! El dormilón esto... El dormilón aquello! ¡Hoy llegué puntual... Fin de la discusión!
Juan lo miró con los ojos grandes como el dos de oro.
—¡Bueno, bueno! ¡Parece que anoche dormiste con las patas destapadas y hoy te me venís revoltoso!
—¡No, no te equivoques! ¡Yo no vengo revoltoso, vos me ponés revoltoso!
Aparte, ¿cómo sabés que dormí con las patas destapadas?¿Será que estuviste ahí?.
—¡Andate a la mierda! — contestó Juan, echándose a reír.
Pablo y Adrián también se rieron, es que así eran ellos, comenzaban discutiendo y terminaban a las risas.
Mientras Pablo y Juan discutían, comenzó a sonar el celular de Adrián.
Al observarlo, se dió cuenta que era un número desconocido, pero igualmente contestó.
—¡Hola!... Si.. Soy yo...¿Quién habla?.
Adrián se retiró unos metros de sus amigos, mientras escuchaba lo que la otra persona le decía del otro lado.
—¿Vos donde estás ahora? Bien... Bien... voy para ahí... te llamo cuando llegue ¿ok? Nos vemos...
Juan y Pablo estaban en silencio, se habían quedado quietos escuchando lo que Adrián decía.
Cuando este terminó de hablar, continuaron discutiendo para aparentar que no les interesaban las conversaciones ajenas.
Adrián se dió cuenta de esto y sonrió.
Sin dudas ellos se estarían retorciendo por que él les contara con quién había hablado.
Pero no, se quedaron con las ganas.
—Amigos, tengo que salir un momento. Se que hay mucho trabajo para hacer, pero de verdad, tengo que atender un asunto urgente...
—¿Pasó algo grave? —preguntó Juan, con acento de preocupación.
— No, no... En realidad es un asunto personal... Pero nada grave, así que no se alarmen ni se preocupen.
—¡Andá, andá! —lo incentivó Pablo —Nosotros nos encargamos. Más tarde si podés, digo, si no estás muy ocupado y querés venir a terminar algunos trabajos, serás bienvenido. No te olvides que necesitamos dinero fresco ingresando en nuestras arcas.
— Si, seguramente antes del mediodía ya estaré retornando, no creo que me lleve más tiempo resolver esto...
—En caso de que no vengas... ¡Y bueno! Se te descontará el jornal perdido — bromeó Pablo.
—En caso de que Adrián no venga, vos vas a trabajar el doble, Pablito,¡je! — intervino Juan, burlándose de él.
—¡Sii.. ¡Cómo no! ¡Claro, yo voy a trabajar el doble mientras vos te rascás el higo! ¡Vos pensás que yo soy idiota, no!
—¿Idiota? ¡Nooo! ¡ Vos te hacés el idiota para pasarla bien! ¡Andá!
— Buenoo... Me voy antes de que ustedes comiencen a agarrarse de las mechas— Adrián se divertía con esas situaciones.
Los dejó discutiendo, estaban tan encarnizados que ni se dieron cuenta cuando él se fué.
Cruzó la calle, encendió el motor del vehículo y arrancó otra vez en dirección de la ciudad…
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si hubiera ido con el pelo suelto lo hubiera llamado roquero drogadicto?
café con leche descremada
ojalá no mueran