una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)
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Capítulo 4: El descenso de los inmortales
La lluvia caía sin descanso sobre la Tierra.
Los campos seguían secos a pesar del agua. Los árboles daban cada vez menos frutos y muchas ciudades comenzaban a quedarse sin electricidad ni alimentos. El miedo había cambiado a las personas.
Algunos luchaban por salir adelante.
Otros robaban.
Otros simplemente esperaban que el fin llegara.
Sin embargo, en una pequeña ciudad, Sara seguía levantándose antes del amanecer.
Aquella mañana ayudó a reparar el techo de una escuela, después trabajó descargando cajas en el mercado y, al caer la tarde, volvió al huerto del anciano.
Sus manos estaban llenas de heridas.
Sus brazos dolían por el esfuerzo.
Pero jamás se quejaba.
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En el monte Olimpo, Zeus continuaba observando el mundo desde el Espejo del Mundo.
—Los mortales siguen cayendo en la desesperación... —dijo con voz grave.
Atenea respondió con serenidad.
—También hay quienes continúan luchando.
Zeus negó con la cabeza.
—Son demasiado pocos.
Entonces apareció la imagen de Sara ayudando a un grupo de niños a sembrar nuevas semillas en un terreno abandonado.
El rey de los dioses guardó silencio unos segundos.
—Esa muchacha vuelve a aparecer...
A unos metros, Afrodita sonrió discretamente.
Mientras tanto, Ares permanecía con los brazos cruzados, incapaz de apartar la vista del espejo.
Más tarde, cuando terminó la reunión, Afrodita caminó hacia los jardines del Olimpo.
El aroma de las rosas llenaba el aire.
Sabía que alguien la seguía.
—Puedes salir, Ares.
El dios de la guerra apareció detrás de una columna.
—¿Cómo supiste que era yo?
Afrodita soltó una pequeña risa.
—Porque eres terrible escondiéndote.
Ares desvió la mirada.
—Solo quería hacerte una pregunta.
—¿Sobre Sara?
El silencio fue suficiente respuesta.
Afrodita sonrió.
Yo también pienso en ella.
Ares frunció el ceño.
—No entiendo por qué.
—Porque tiene un corazón hermoso.
—Eso no explica nada.
Afrodita se acercó lentamente.
—¿Nunca has sentido curiosidad por alguien?
Ares permaneció callado.
Después de unos segundos respondió.
—No.
Afrodita levantó una ceja.
—Entonces esta es la primera vez.
Aquellas palabras dejaron pensativo al dios de la guerra.
Esa misma noche, ambos llegaron a una decisión.
—Quiero verla de cerca —dijo Ares.
Afrodita sonrió.
—Pensaba proponerte exactamente lo mismo.
—Pero Zeus lo prohibió.
—No dijo que no pudiéramos observar desde el mundo mortal.
Ares cruzó los brazos.
—Técnicamente...
—...no estaríamos interfiriendo.
Los dos sonrieron al mismo tiempo.
Era la primera vez que estaban de acuerdo en algo.
A la mañana siguiente, una luz dorada descendió desde el cielo.
Oculta entre las nubes, nadie pudo verla.
Cuando aquella luz desapareció, dos desconocidos caminaban por las calles de la ciudad.
Habían ocultado su apariencia divina.
Ares vestía ropa sencilla, aunque seguía siendo alto y de expresión seria.
Afrodita llevaba un vestido blanco y un sombrero que ocultaba parte de su rostro.
Para cualquier mortal, solo eran dos viajeros más.
—¿Y ahora qué? —preguntó Ares.
—Buscarla.
No tardaron mucho.
En el mercado encontraron a Sara ayudando a un comerciante a levantar unas pesadas cajas.
—Una más... —dijo ella, respirando con dificultad.
Cuando terminó, el comerciante le entregó unas pocas monedas.
Gracias, muchacha.
—Con gusto.
Sara estaba a punto de marcharse cuando vio a una anciana intentando cargar varias bolsas.
Sin pensarlo, corrió a ayudarla.
—Permítame.
—No hace falta, hija.
—Insisto.
La acompañó hasta su casa, sin aceptar ningún pago.
Desde la esquina de la calle, Ares observaba la escena.
—Siempre hace lo mismo...
Afrodita asintió.
—Ayuda sin esperar recompensa.
—Eso no tiene sentido.
—Tal vez para un dios de la guerra no.
Ares no respondió.
Mientras caminaban tras ella, ocurrió algo inesperado.
Un grupo de tres hombres comenzó a rodear a un vendedor ambulante.
—Entréganos todo.
—¡Por favor! Es lo único que tengo...
Sara se detuvo.
Sabía que eran más fuertes que ella.
Aun así, dio un paso al frente.
—Déjenlo en paz.
Los hombres comenzaron a reír.
—¿Y qué harás tú?
—Llamaré a la guardia.
—Para cuando lleguen, ya nos habremos ido.
Uno de ellos empujó a Sara.
Ella cayó al suelo.
Ares sintió que la sangre le hervía.
Sus puños comenzaron a brillar con una tenue energía roja.
—Voy a intervenir...
Afrodita sujetó su brazo.
—No.
—¡La lastimaron!
—Si revelas que eres un dios, romperás la orden de Zeus.
—¡No pienso quedarme mirando!
Afrodita lo miró fijamente.
—Confía en ella.
Ares apretó los dientes.
Nunca había sentido tanta impotencia.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Varias personas que habían recibido ayuda de Sara en las últimas semanas comenzaron a acercarse.
Primero llegó el anciano del huerto.
Luego el comerciante.
Después la viuda y otros vecinos.
—¡Déjenla tranquila!
—¡No permitiremos esto!
Los tres ladrones observaron que ahora estaban rodeados.
Sin decir una palabra, echaron a correr.
Sara suspiró aliviada.
—Gracias... a todos.
El anciano sonrió.
—Tú nos ayudaste primero. Era nuestro turno.
Ares permaneció inmóvil.
Nunca imaginó que un acto de bondad pudiera regresar de esa manera.
Afrodita sonrió con orgullo.
—¿Lo entiendes ahora?
El dios de la guerra observó a Sara, que agradecía a cada persona con una sonrisa sincera.
Después respondió en voz baja.
—Sí...
—Su fuerza no está en sus músculos...
Miró cómo todos los vecinos rodeaban a la joven para asegurarse de que estuviera bien.
—Está en las personas que inspira.
Afrodita lo miró sorprendida.
Era la primera vez que escuchaba a Ares hablar con tanta admiración de alguien.
Sin que ninguno de los dos lo notara, una figura los observaba desde el tejado de un edificio cercano.
Vestía una capa oscura que ocultaba su rostro.
Sus ojos brillaban con un extraño resplandor dorado.
Con una sonrisa fría, susurró:
—Así que los hijos de Zeus han desobedecido sus órdenes...
La figura desapareció entre las sombras antes de que Ares o Afrodita pudieran percibir su presencia.
Sin saberlo, alguien acababa de descubrir el secreto de los dos dioses.
Y esa noticia no tardaría en llegar hasta el rey del Olimpo.
Fin del Capítulo 4.