Cuando Valentina Rojas, una joven fotógrafa que intenta reconstruir su vida después de una dolorosa traición, conoce a Alejandro Montenegro, un exitoso arquitecto marcado por secretos familiares, ninguno imagina que sus caminos terminarán unidos por el amor. Entre encuentros inesperados, malentendidos, rivales, sueños y sacrificios, deberán descubrir si el amor verdadero es capaz de superar cualquier obstáculo.
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un nuevo comienzo
Valentina observó la pantalla de su teléfono durante unos segundos antes de responder.
Su corazón latía con fuerza.
Sabía que aquella llamada definiría gran parte de su futuro.
Y también una parte importante de su relación con Alejandro.
Respiró profundamente.
Luego respondió.
—Hola.
—Buenas noches, Valentina.
¿Has tomado una decisión?
La voz al otro lado sonaba amable, pero también esperaba una respuesta inmediata.
Valentina miró a Alejandro.
Él permanecía frente a ella.
Tranquilo.
Sin presionarla.
Sin intentar influir en su decisión.
Simplemente acompañándola.
Y aquello terminó de darle el valor que necesitaba.
—Sí.
Ya tomé una decisión.
Hubo unos segundos de silencio.
—Te escuchamos.
Valentina sonrió.
Y respondió con firmeza.
—Acepto la propuesta.
Al otro lado de la línea se escuchó entusiasmo.
Felicitaciones.
Palabras de bienvenida.
Detalles sobre contratos y preparativos.
Pero durante unos instantes, todo aquello pareció quedar en segundo plano.
Porque la verdadera reacción que quería ver era la de Alejandro.
Y cuando terminó la llamada, él ya estaba sonriendo.
Orgulloso.
Sinceramente orgulloso.
—Felicidades.
Dijo.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—Gracias.
—Acabas de lograr algo increíble.
Ella intentó responder.
Pero las emociones eran demasiadas.
Así que simplemente lo abrazó.
Y Alejandro la sostuvo con fuerza.
Como si quisiera transmitirle toda la confianza del mundo.
Los días siguientes estuvieron llenos de preparativos.
Documentos.
Reuniones.
Entrevistas.
Equipos fotográficos.
Reservas de vuelos.
La noticia de la gira internacional se extendió rápidamente.
Y la revista donde trabajaba Valentina organizó una pequeña celebración en su honor.
Laura fue la más emocionada.
—Sabía que llegarías lejos.
—Todavía no me he ido.
—Detalles.
Valentina rió.
—Voy a extrañarte.
—Yo también.
Pero tendrás que enviarme fotografías de todo.
—Lo prometo.
Aquella misma semana, Roberto recibió finalmente el alta médica.
Elena estaba feliz.
Y Alejandro también.
A pesar de las dificultades recientes, la relación entre padre e hijo había mejorado considerablemente.
Todavía quedaban cosas por resolver.
Todavía existían heridas.
Pero ahora también existía voluntad.
Y eso ya era un gran avance.
Dos noches antes del viaje, Roberto invitó a cenar a Alejandro y Valentina.
La invitación tomó a ambos por sorpresa.
Especialmente a Valentina.
—¿Estás segura de que quiere que vaya?
Preguntó ella.
—Sí.
La invitación era para los dos.
—Eso es un poco aterrador.
Alejandro soltó una carcajada.
—Prometo rescatarte si intenta hablar de inversiones durante tres horas.
—Gracias.
Me siento mucho más tranquila.
La cena resultó mucho más agradable de lo que ambos esperaban.
Roberto parecía diferente.
Más relajado.
Más humano.
Y cuando tuvo la oportunidad de hablar a solas con Valentina, le dijo algo que jamás habría imaginado escuchar.
—Gracias.
Valentina lo observó sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque ayudaste a mi hijo a volver a sonreír.
Aquellas palabras fueron completamente sinceras.
Y por primera vez, Valentina comprendió que Roberto realmente estaba intentando cambiar.
La noche antes del viaje llegó demasiado rápido.
Valentina terminó de preparar sus maletas.
Su apartamento estaba lleno de cajas, cámaras, documentos y listas de última hora.
Y aun así, sentía que había olvidado algo.
O quizás no era algo.
Quizás era alguien.
Cuando sonó el timbre, sonrió inmediatamente.
Sabía quién era.
Alejandro entró con dos vasos de café.
—Pensé que los necesitarías.
—Eres oficialmente mi persona favorita.
—Ya lo sabía.
Ella rió.
Y por un momento olvidó los nervios.
Olvidó la despedida.
Olvidó todo.
Más tarde subieron a la azotea del edificio.
La misma donde alguna vez habían compartido una conversación importante.
La ciudad brillaba bajo el cielo nocturno.
Y el viento movía suavemente el cabello de Valentina.
—Mañana te vas.
Dijo Alejandro.
—Sí.
—Todavía suena extraño.
—También para mí.
Permanecieron unos segundos observando las luces.
Hasta que Valentina habló.
—Tengo miedo.
Alejandro la miró.
—Yo también.
La sinceridad de aquella respuesta la hizo sonreír.
—¿Y si algo cambia?
Preguntó ella.
—Entonces lo enfrentaremos.
—¿Y si la distancia es demasiado difícil?
—Entonces trabajaremos más.
—¿Y si...
Alejandro tomó suavemente su mano.
—Valentina.
Ella levantó la vista.
—Te amo.
Las palabras llegaron con absoluta seguridad.
—Y no pienso dejar de hacerlo porque haya un océano entre nosotros.
Las lágrimas aparecieron inmediatamente en los ojos de ella.
Porque era exactamente lo que necesitaba escuchar.
Aquella noche permanecieron juntos hasta muy tarde.
Hablando.
Recordando.
Soñando.
Prometiéndose visitas, videollamadas y mensajes interminables.
Intentando ignorar el hecho de que en pocas horas llegaría la despedida.
Sin embargo, mientras la ciudad dormía, una noticia inesperada estaba a punto de cambiar nuevamente sus planes.
Porque en algún lugar de España, uno de los organizadores de la gira acababa de descubrir un problema importante.
Un problema que afectaba directamente el proyecto de Valentina.
Y que podría poner en riesgo todo aquello por lo que había trabajado.