Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 22: El último problema del día
Qué horror de día.
Definitivamente...
El día menos productivo de toda mi vida. Bueno... si nos ponemos estrictos, tampoco estuvo tan mal.
Trabajar, lo que se dice trabajar...
No trabajé casi nada, pero me reí como nunca.
Hice enojar al viejo unas quince veces...
No.
Veinte.
Quizá hasta más.
La verdad perdí la cuenta cuando empezó a cambiar de color cada vez que abría la boca.
Y, para rematar, terminé dándole una santa madriza a Alejandrina.
La muy idiota todavía debe de tener grabada mi llave en el hombro.
Aunque, siendo justos, ella fue la que empezó.
Yo solo terminé el asunto.
Y, por si eso fuera poco...
También me dio tiempo de intimidar, muy coquetamente, al guardaespaldas... o asistente... o lo que demonios fuera del señor Amati.
Jajaja.
Pobre hombre.
Creo que jamás había visto a alguien atragantarse con su propia saliva solo porque una mujer dijera que estaria dispuesta a cogerse a cualquier hombre que estuviera demasiado guapo.
Todavía podía imaginar su cara.
"Cof... cof..."
Ay.. casi me causo ternura pero, se lo tenía merecido por negarme un beso ficticio.
—Pff...
Ni yo me creo lo que estoy pensando.
Negué despacio mientras apagaba la computadora. La pantalla quedó completamente negra.
—Definitivamente tengo un problema.
Aunque, siendo sincera...
El único problema de esta empresa era ese viejo. Lo odiaba y no poquito.
Todavía podía recordar la cara que puso el primer día, cuando le dije que nadie en su sano juicio querría un jefe como él fuera de la oficina.
Creo que hasta dejó de respirar un par de segundos.
Ay...
Qué bonito recuerdo, lástima que no lo grabé. Eso sí hubiera valido la pena subirlo a internet.
Abrí el cajón del escritorio para guardar unos documentos que ya ni ganas tenía de revisar.
Entre los papeles encontré un pequeño paquete de galletas de chocolate.
Sonreí.
—¡Que ricas!
Tomé una, después otra. Volví a cerrar el cajón.
Si alguien preguntaba... nunca existieron.
Mientras masticaba, miré la hora en el teléfono.
Ya era media tarde.
—Uy...
Ya me pasé de mi hora de salida.
Normalmente, a estas alturas ya estaría maldiciendo el tráfico desde el autobús o intentando convencer al taxista de que no me cobrara de más porque estaba lloviendo.
Pero claro... hoy decidimos convertir la sala de juntas en un ring de pelea. Y no esta vez no fue metafóricamente.
Guardé el celular dentro del bolso, después la cartera, mi USB, mis llaves del depa, mi pequeño espejo que siempre cargaba por si el labial decidía abandonarme a media tarde, un encendedor que ni siquiera recordaba por qué seguía ahí, si nunca fumaba.
Y, finalmente... un labial rojo que llevaba semanas buscando.
—¡Aquí estabas, desgraciado!
Cerré el cajón de un empujón, el golpe resonó en toda la oficina. Me colgué el bolso al hombro y estiré los brazos por encima de la cabeza.
La espalda tronó dos veces.
Ah...
Eso sí daba gusto, miré por última vez el departamento editorial.
Qué silencioso estaba. Solo quedaban algunas luces encendidas. El zumbido constante del aire acondicionado.
El sonido lejano de una impresora terminando algún trabajo atrasado. Y uno que otro individuo haciendo horas extras mal pagadas.
Empujé la puerta del departamento editorial y salí al pasillo y mis tacones resonaban sobre el piso brillante.
Tac...
Tac...
Tac...
Cada paso parecía escucharse en todo el piso. Me gustaba ese sonido, tenía algo elegante.
Aunque probablemente rompía por completo el ambiente lúgubre del edificio.
Llegué frente a los elevadores y presioné el botón.
La pantalla marcaba que uno seguía detenido en el piso doce.
Perfecto.
Solo quedaba esperar.
Me apoyé contra la pared con los brazos cruzados, frente a mí, los enormes ventanales mostraban una ciudad completamente empapada.
La lluvia seguía cayendo con fuerza y las gotas descendían lentamente por el cristal formando pequeños caminos caprichosos antes de perderse unas con otras.
Abajo, los automóviles avanzaban despacio entre el tráfico, reflejando las luces rojas y amarillas sobre el asfalto mojado.
Era bonito.
Demasiado tranquilo.
Y eso...
Eso no me gustaba.
Después de un día como aquel, el silencio resultaba sospechoso. Como cuando en las películas de terror todo se queda en calma justo antes de que aparezca el monstruo.
Fruncí un poco el ceño.
No sé por qué...
Pero tenía esa extraña sensación de que el día todavía no había terminado. Y con la suerte que tenía... Seguramente el universo todavía estaba preparando una última forma de arruinarme... o alegrarme... la noche.
No pasaron ni diez segundos cuando escuché dos voces acercándose por el pasillo. No hacía falta voltear para reconocerlas. El señor Amati... y el rubio. Ah... así que sí se llamaba Marcos.
《Qué nombre tan bonito para un hombre tan amargado.》
No pensaba ponerles atención. De verdad que no. Pero entonces escuché mi nombre. Y claro... mi maravillosa curiosidad decidió traicionarme.
Me quedé completamente quieta, fingiendo que seguía viendo la lluvia a través del ventanal mientras aguzaba el oído.
《No estoy espiando... solo estoy escuchando involuntariamente.》
Sí, claro. Qué conveniente.
Al principio no alcancé a distinguir todo lo que decían. Apenas algunas palabras sueltas. "Loca"
Fruncí ligeramente el ceño. ¿Loca? Bueno... eso no era precisamente una novedad. Llevo años escuchándolo. Hasta ahí todo bien. El problema fue cuando empezaron a hablar más fuerte.
La verdad, no tengo ganas de repetir todo lo que dijeron sobre mí. Primero porque ya lo leyeron en otros capítulos antes. Y segundo... porque el imbécil del rubio logró sacarme de quicio.
¿Cómo se atrevía?
¿Que mis rastas eran un nido de pajaros? ¿Que de tanto tinte ya debía tener las neuronas chamuscadas?
Instintivamente me llevé una mano al cabello y acomodé un par de dreadlocks que habían quedado sobre mi hombro.
《¿En serio se ven tan mal?》
Maldito hombre.
Y luego vino lo del bronceado.
Bajé la vista hacia mi brazo y lo observé unos segundos.
"Tan bronceada que si se queda cinco minutos bajo el sol desaparece entre las sombras."
...
¿Qué clase de insulto era ese?
Solté una risa incrédula.
—Qué idiota...
Lo murmuré tan bajito que ni yo misma estaba segura de haber abierto la boca.
Pero lo peor no fue eso.
No.
Lo peor fue cuando dijo que jamás saldría con una mujer como yo.
Me crucé de brazos.
《¿Perdón?》
《¿Quién demonios dijo que yo quería salir contigo?》
Ni aunque fueras el último hombre sobre la faz de la Tierra.
《¿Por qué los hombres más atractivos siempre tenían que venir con una personalidad tan desesperante? 》
No era justo.
No tardaron en aparecer por el pasillo. El señor Amati caminaba con esa tranquilidad desesperante que parecía decirle al mundo entero que nada podía sacarlo de quicio.
Y a su lado... el amargado.
En cuanto levantó la vista el señor Amati, nuestras miradas se cruzaron.
Qué bueno, al menos tuvo la decencia de quedarse callado después de todo lo que acababa de decir su acompañante sobre mí.
Me separé lentamente de donde estaba. Esta vez no sonreía, no tenía ganas. Di un paso y otro más.
Mis tacones resonaban sobre el piso brillante.
Tac...
Tac...
Tac...
No tenía prisa, quería que me viera venir.
Y vaya si me vio.
Con cada paso que daba, aquel hombre rubio retrocedía otro.
《¿Qué pasa? ¿Hace cinco minutos eras muy valiente, no? Ahora mírame.》
Siguió caminando hacia atrás hasta que su espalda chocó contra las puertas metálicas del elevador.
Perfecto.
Ya no tenía a dónde huir.
El señor Amati permaneció a un lado, observándonos en silencio. No dijo absolutamente nada.
Me detuve justo enfrente del rubio. Tan cerca que podía verle perfectamente esos ojos claros con los que hacía un rato me estaba juzgando.
Crucé los brazos.
Lo miré unos segundos sin decir una sola palabra.
Qué incómodo debía sentirse.
Al final hablé por impulso.
—Para la próxima...
Mi voz salió mucho más tranquila de lo que yo misma esperaba.
—Ten los huevos de decírmelo en la cara.
No aparté la mirada.
Ni un segundo.
—No me gusta la gente que habla a mis espaldas.
Incliné apenas la cabeza.
—Y mucho menos cuando estoy a menos de un metro.
Lo vi intentar responder.
Abrió la boca.
La volvió a cerrar.
Nada.
Ni una palabra.
《Qué decepción...》
Con lo inspirado que estaba hace un minuto.
Suspiré.
Sin pensarlo demasiado levanté una mano y sujeté su corbata.
Bonita tela, era cara y se notaba.
Tiré apenas de ella.
Lo suficiente para acercarlo unos centímetros.
No más.
No iba a besarlo.
Aunque, por la cara que puso, juraría que su cerebro contempló esa posibilidad durante medio segundo.
Pobrecito.
Qué imaginación.
—¿Sí...?
Sonreí apenas.
—¿Niño bonito?
Me dieron ganas de reír.
Estaba tieso.
Completamente tieso.
Parecía una estatua con respiración asistida.
Le di tres palmaditas suaves en la mejilla.
Ni fuertes.
Ni cariñosas.
Solo lo suficiente para picarle el orgullo.
—Eso...
Acomodé un poco el nudo de su corbata.
Había quedado chueco.
—Así está mejor.
Lo miré una última vez.
—La próxima vez dímelo a la cara.
Lo solté.
Justo en ese momento el elevador anunció su llegada con un ding metálico.
Las puertas comenzaron a abrirse lentamente.
El señor Amati pasó a mi lado.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, tuve la impresión de que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no echarse a reír.
Qué poca solidaridad entre amigos.
Escuché que preguntaba si no iba a subir con ellos.
Negué con la cabeza.
Ya había tenido suficiente compañía por un día.
—¿Para qué?
Respondí sin detenerme.
—¿Para seguir escuchando cómo hablan mierda de mí?
Hice un gesto con la mano, quitándole importancia.
—Tráguensela ustedes solos.
Ni siquiera esperé una respuesta.
Empujé la pesada puerta de las escaleras de emergencia y comencé a bajar.