Valeria Silva lo perdió todo a los 24: su libertad, su dignidad y 2 costillas rotas a manos de Ricardo del Valle.
Escapó con 2.7 millones robados y una promesa: nunca más.
8 años después es CEO, madre de 118 niños rescatados y el objetivo #1 de Errol Musk, el hombre que trafica con “Oro Rojo”: niños.
Cuando Errol quema sus casas y secuestra a Ana, su hija de 8 años, Valeria deja de ser CEO.
Vuelve a ser superviviente.
Junto a Gael Torres, (su primer Amor) que mató a su ex por ella, lanzan Operación Cuna: rescatar a 844 niños y enterrar a 750 monstruos.
"No dejes monstruos sobre la faz de la tierra"
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Capítulo 5: El vagabundo sangra
"¡Ambulancia! ¡Policía!" Gritan fuera de la oficina. Golpean la puerta destrozada.
Ricardo se ríe en el suelo, sangrando por la nariz. "Se acabó, perra. Vais... los dos... a la cárcel."
Miro a Gael. Inconsciente en mis brazos, la navaja de plata aún en su costado, sangre, mucha sangre manchando mi traje de 3 mil euros.
Y tomo una decisión.
Miento.
"¡Ayuda!", grito hacia afuera. "¡Entró un ladrón! ¡Atacó a mi ex y huyó por la escalera de emergencia! ¡Llamen a una ambulancia!"
Pateo el látigo debajo de mi escritorio, con la mano temblorosa, arranco la navaja del costado de Gael. Él se arquea en silencio, incluso inconsciente. Shhh. Aguanta, por favor.
"¡Está herido! ¡Necesito ayuda!"
Seguridad entra, ven a Ricardo desmayado, mi oficina destrozada, ven a Gael sangrando.
"Él... él intentó defenderme", digo, señalando a Gael. Las lágrimas son reales. No tengo que actuar. "El atacante lo apuñaló y huyó."
Funciona, entre tanto caos me creen. Ricardo está demasiado roto para hablar.
30 minutos después... Mi ático. Mi refugio Prohibido el paso a todos.
Lo traje aquí, lo cargué yo misma. Yo, Valeria Montero, que no cargo ni mi bolso.
Ahora está en mi baño de mármol, sin camisa, pálido, la herida es fea, pero no tocó órganos. Sabe cómo moverse para que no lo maten. Hasta en eso es un profesional.
Le limpio la sangre con una toalla, mis manos tiemblan, nunca había curado a nadie, Yo firmaba cheques para que otros lo hicieran.
"¿Por qué?", susurra él, abriendo los ojos verdes, febriles. "¿Por qué me encubres? Soy un asesino, Valeria."
"Porque me salvaste", le pongo la gasa. Él sisea de dolor, pero no se queja, nunca se queja. "Y porque... necesito entender. Necesito saber en qué te convertí cuando te dejé."
Él se ríe. Una risa amarga, sin humor.
"Tú no me convertiste en nada. Yo elegí esto."
Busco en mi botiquín, todavía guardo puntos de sutura rápida, aquellos que yo misma tenía que ponerme cuando era vapuleada por Ricardo
Gael ni se inmuta.
"Cuéntamelo", pido. "Por qué. Por qué un templario. Por qué la calle."
Gael cierra los ojos. Y por primera vez, baja el muro.
"Me casé por primera vez por despecho." Su voz es hueca. "Tú te fuiste con Ricardo. Yo... yo necesitaba demostrar que podía ser amado. Ella era dulce, de otro país, creí que era buena."
Aprieta los puños. Los nudillos blancos.
"Un año después descubrí la verdad. En su país, mató a su propia hija de 3 años. Le dio veneno de rata mezclado en leche, porque lloraba mucho y su nuevo novio no quería niños."
Se me hiela el cuerpo. ¿Qué crueldad existe en el ser humano?
"La denuncié, la deportaron, pero esa noche entendí algo, Valeria. Entendí que " Satanas no siempre tienen cuernos, a veces amanece junto a ti y te da los buenos días."
Respira hondo. El dolor no es de la herida.
"La segunda... Elena. Era fiesta, alcohol, pastillas, perdió la noción de la realidad hace años. Yo intenté ayudarla. Rehabilitación. Médicos. Noches enteras abrazándola cuando temblaba."
Niega con la cabeza. "Pero ella no quería dejar esa vida, amaba más el caos que a mí."
Su voz se quiebra por primera vez.
"Una noche llegó con sangre en la ropa, su 'amigo' estaba muerto en un hotel, con una botella rota en el cuello, ella... ella me acusó a mí. Dijo que yo lo maté por celos."
El agua de la grifería gotea. Ploc. Ploc. Ploc.
"Me absolvieron. Falta de pruebas. Pero el daño estaba hecho, perdí el trabajo, la casa, los amigos. Todos me miraban y decían... 'el abogado seguro lo hizo'."
Me mira. Y veo en él, al chico de 22 años que fui a dejar por dinero.
"Y así terminé en la calle, Valeria. Sin nada. Vacío en los bolsillos... y en el corazón."
El silencio pesa.
Termino de vendarlo. Mis dedos rozan uno de los nombres tatuados en su espalda. Sofía.
"¿Y entonces... empezaste a...?"
"A cazar", completa él. "La primera vez fue accidente. Vi a un tipo metiendo a una niña a la fuerza en una furgoneta. Lo seguí. No pensé. Cuando reaccioné, él ya no respiraba. Y en el bolsillo... tenía fotos, fotos de otras niñas."
Se lleva la mano al pecho, donde no hay tatuajes. Solo cicatriz.
"Esa noche dormí por primera vez en meses. Sin pesadillas. Entendí para qué servía mi ruina."
Se levanta despacio. Se marea, pero se aguanta. Camina hasta el ventanal, Madrid a sus pies, el rey de la calle en la torre de la CEO.
"Le rindo a Dios, Valeria, porque los hombres fallan, la justicia falla. Yo no puedo fallarles a ellas."
Me acerco. No lo toco. Siento que si lo toco, se rompe.
"Rompiste tu regla hoy", susurro. "Dijiste que tenías que matar a otro esta noche. En el puerto. Pero viniste aquí. Por mí."
Él no se gira. Apoya la frente en el cristal frío.
"Porque cuando vi a Ricardo con ese látigo... te vi a ti con 21 años, firmando tu condena por salvar a tu madre. Y no pude. No pude dejar que te rompieran otra vez."
Se gira. Y hay algo nuevo en sus ojos. No es amor. Es peor. Es decisión.
"El del puerto se llama Koval. Traficante. Vende niñas como si fueran caramelos. Tengo su dirección. Tengo el billete."
Mete la mano en su pantalón roto. Saca un billete de 50. En él, ya escrito:
"Aquí empezó tu ruina."
"Me voy en cuanto pueda caminar", dice. "Esta noche él cae."
El corazón me late en la garganta. Es un asesino. Es un santo. Es mi Gael.
Y tomo otra decisión.
"Entonces vamos los dos."
Él abre los ojos, sorprendido.
"¿Qué?"
"No me dejes atrás otra vez", me quito los tacones. Descalza, estoy a su altura. Como hace 8 años. "Si vas a ir al infierno, te acompaño. Para que no vayas solo."
Por primera vez, Gael, el templario, el vagabundo, el asesino...
Sonríe.
No es una sonrisa rota. Es una sonrisa real.
"Estás loca, Valeria Montero."
"Aprendí del mejor", le devuelvo el billete. "¿Cuál es el plan?"