Sinopsis:
A los trece años, Bianca D’Amico conoció el verdadero significado de la crueldad. El chico que era su protector y su norte, Andrew Ballesteros, la rechazó públicamente con palabras letales que destrozaron su autoestima, llamándola gorda e inmadura, antes de huir al extranjero. Andrew no solo la dejó atrás; la fragmentó en varios pedazos.
Seis años después, el heredero del imperio Ballesteros regresa a Nueva York. Convertido en un implacable y frío tiburón de los negocios, Andrew carga con las culpas de un oscuro secreto familiar y una obsesión fija en la mente: recuperar a su dulce y sumisa Bianca. Él asume, con la arrogancia corporativa de su apellido, que encontrará a la misma niña inocente que dejó en el pasillo de la mansión, lista para ser moldeada y reclamar su lugar en su vida.
Qué maldito error. La realidad lo golpea con una fuerza devastadora.
La niña indefensa murió la noche en que él la rompió.
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Capítulo 18: El precio del control
La noción del tiempo se distorsionó por completo dentro de los muros de la propiedad fortificada. Para Bianca D'Amico, las horas ya no se medían por el reloj, sino por la intensidad de los estímulos y el control absoluto que Andrew ejercía sobre ella. Tras el primer e impactante encuentro, el orgullo indomable de Bianca seguía latiendo, pero su cuerpo ya había capitulado ante una sensualidad oscura y madura que jamás en su vida había experimentado.
Andrew se movía por la habitación con una devoción perturbadora. Había desatado las muñecas de Bianca de la cabecera, pero solo para reemplazarlas por unas esposas de cuero suave que limitaban sus movimientos, manteniéndola sumisa en el centro de la cama de seda. Desde que regresó a su vida hace unas semanas y descubrió en la mujer en la que se había convertido, Andrew había estado acumulando una frustración salvaje. Saber que otro hombre la tocaba, pensar que Mills disfrutaba de su piel, lo había llevado a contener un deseo enfermo que ahora, por fin, estaba drenando sin frenos.
—Mírame, bonita —le ordenó Andrew con voz ronca, arrodillado entre sus piernas mientras sostenía su mirada verde fija en los ojos azules de ella—. Llevo semanas volviéndome loco, imaginando a Mills contigo, conteniéndome para no destrozarlo. Pero estás aquí. Eres mía. Siempre fuiste mía.
Bianca, con la respiración entrecortada y la piel sensible por el deseo reprimido, solo pudo negar con la cabeza, entregándose por completo al ritmo dominante que él imponía. Debajo de la rigidez del control, Bianca empezó a notar algo más: el desespero en los besos de Andrew. No era solo lujuria o celos; era el pánico atroz de un hombre que sentía que, si la soltaba, el peligro inminente de la mafia se la arrebataría para siempre.
Mientras tanto, en Manhattan, la desaparición de ambos herederos multimillonarios ya era imposible de ocultar.
Sara y Dominic D'Amico estaban al borde del colapso en su residencia. Bianca no respondía las llamadas desde la noche anterior, y la tía Zoe acababa de confirmar que el teléfono de Andrew daba directamente al buzón de voz y que no se había presentado a las juntas de la corporación.
El silencio repentino de los dos miembros más importantes de la dinastía familiar, encendió todas las alarmas de los D'Amico, quienes ya empezaban a mover cielo y tierra en Manhattan para averiguar si se trataba de un ataque o una huida.
En Brooklyn, la alarma la encendió Jonathan. Bianca nunca faltaba ni se retrasaba después de sus clases de cocina, y tras llamarla insistentemente sin obtener respuesta, el instinto de Jonathan le dijo que algo andaba muy mal.
No fue al taller a buscarla; se movió directamente hacia la zona donde Bianca recibia sus clases. Usando sus contactos del bajo mundo y presionando a los encargados de seguridad de los locales cercanos para revisar las grabaciones de la calle, Jonathan vio la escena que le heló la sangre: Andrew interceptando a Bianca a la salida de la escuela de cocina y metiéndola a la fuerza en su camioneta blindada de alta gama.
La furia le nubló la vista a Jonathan. No era la mafia; el "Niño bonito" se la había llevado por puro desespero posesivo. Rastreando la matrícula del vehículo, a través de un hacker conocido del circuito de carreras clandestinas, Jonathan consiguió la ubicación de la propiedad fortificada en las afueras del estado. Guardando una pistola en la pretina de su jean, se subió a su motocicleta dispuesto a todo.
De vuelta en el encierro, la atmósfera se había vuelto extrañamente íntima. Andrew, exhausto pero sin apartarse de ella, le había retirado las esposas y ahora la alimentaba en la boca con un trozo de fruta, como si fuera una deidad delicada que temía romper. Bianca lo miraba en silencio, con la camiseta translúcida pegada al cuerpo y las emociones encontradas finalmente en paz.
—Sé que me odias por esto —susurró Andrew, acariciando su mejilla pálida—. Pero prefiero que me odies estando viva dentro de esta fortaleza, a encontrarte muerta en un callejón por culpa de unos criminales.
Antes de que Bianca pudiera responder, un estruendo metálico resonó desde la planta baja de la propiedad, seguido por el sonido de alarmas y gritos de los guardaespaldas de Harrison.
La puerta de la habitación principal fue empujada con violencia, rompiendo la cerradura. Jonathan entró a zancadas, con los ojos inyectados en sangre, la ropa sucia por el viaje y el arma apuntando directamente al pecho de Andrew.
—¡Suéltala ahora mismo, infeliz! —rugió Jonathan, con el dedo en el gatillo, listo para disparar.
Andrew se plantó frente a Bianca de inmediato, cubriéndola con su propio cuerpo, sin importar que estuviera desarmado, sus ojos brillaban con una furia asesina, que rivalizaba con la mirada de Jonathan.
Bianca se incorporó de golpe en la cama, atrapada en el epicentro de un choque de trenes, que estaba a punto de teñir la habitación de sangre.