Para salvar a su familia de la quiebra, Elena Moretti firma un contrato matrimonial de doce meses con Alessandro Rossi, el CEO más frío y despiadado de Milán.
Él es poder, oscuridad y venganza hecha hombre.
Ella solo es una pieza en un juego que comenzó hace cinco años.
Obligada a vivir bajo el mismo techo del hombre que odia, Elena descubrirá pronto que detrás de esos ojos grises se esconde un secreto devastador: Alessandro no la eligió por casualidad. Lo ha planeado todo para hacerle pagar.
Entre noches ardientes, malentendidos que rompen el alma y verdades que pueden destruirlo todo, el odio se convierte en una pasión peligrosa.
Pero cuando la venganza se mezcla con el deseo… ¿quién de los dos perderá el control primero?
Un matrimonio de conveniencia.
Un amor prohibido.
Una verdad que podría aniquilarlos a ambos.
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Capítulo 22 – El último pétalo de la rosa
El tiempo, ese compañero fiel y a veces cruel, siguió avanzando con una lentitud respetuosa para Elena y Alessandro Rossi. Habían pasado veinticinco años desde la boda de Aurora, y la mansión de Milán se había convertido en un verdadero templo generacional: un lugar donde las risas de cuatro generaciones se mezclaban con el aroma de café, pan recién horneado y rosas frescas del jardín que Elena seguía cuidando con devoción.
Elena tenía setenta y ocho años. Su cabello era completamente plateado y lo llevaba suelto cuando estaba en casa, cayendo como una cascada de nieve sobre sus hombros. Sus ojos verdes seguían siendo vivos y profundos, aunque ahora miraban el mundo con una serenidad que solo da una vida bien vivida. Su firma de diseño se había transformado en una fundación que ayudaba a mujeres a reconstruir sus hogares y sus vidas después de crisis. Sus libros y conferencias seguían inspirando a miles.
Alessandro, con ochenta y tres años, era un anciano de presencia noble y mirada sabia. Caminaba más lento, con la ayuda de un bastón elegante, pero su mente seguía siendo aguda y su amor por Elena, inquebrantable. Pasaba sus días leyendo, escribiendo cartas a sus nietos y bisnietos, y sentándose en la terraza a ver el atardecer con su esposa.
Los hijos y sus familias llenaban la casa de vida:
Matteo (cuarenta y cinco años) era abuelo y dirigía la empresa con sabiduría. Tenía cuatro hijos y dos nietos.
Isabella (cuarenta y cinco años) era una leyenda en el mundo de la moda. Tenía cuatro hijos y una nieta.
Aurora (treinta y ocho años) era una escritora consagrada. Tenía tres hijos y una vida plena.
Los nietos ya eran adultos jóvenes y los bisnietos llenaban la casa de energía pura.
Una mañana de verano, mientras Elena y Alessandro tomaban el desayuno en la terraza, los bisnietos más pequeños corrieron hacia ellos con dibujos.
—¡Abuela, abuelo, miren! —gritaron.
Elena tomó los dibujos y sonrió. Uno mostraba una familia grande bajo un árbol. Otro, una rosa roja con espinas pero también con flores hermosas.
Alessandro miró a Elena y le apretó la mano.
—Todo esto… es nuestro mayor logro.
Esa tarde, la familia completa se reunió para celebrar el aniversario número sesenta de matrimonio. Fue una fiesta grande pero íntima. Hubo discursos, risas, lágrimas y música. Matteo habló de cómo sus padres les habían enseñado que el amor se elige cada día. Isabella leyó un poema. Aurora compartió un fragmento de su nueva novela.
Cuando llegó el momento de los votos renovados (la quinta vez), Alessandro se levantó con dificultad pero con determinación. Tomó las manos de Elena y dijo con voz temblorosa pero firme:
—Elena, hace sesenta años firmaste un contrato con el diablo. Hoy, con ochenta y tres años, te pido que sigas eligiendo a este viejo diablo enamorado. Te prometo amarte en esta vida y en la que venga después.
Elena lloró abiertamente mientras respondía:
—Alessandro, me enseñaste que del odio puede nacer el amor más puro. Te elijo hoy, mañana y por toda la eternidad.
Se besaron bajo una lluvia de pétalos de rosa blanca. Los hijos, nietos y bisnietos aplaudieron emocionados.
Esa noche, cuando todos se fueron, Elena y Alessandro se quedaron solos en su habitación. Hicieron el amor con la ternura infinita de quienes se conocen el alma. No fue apasionado como en la juventud, pero fue sagrado, profundo y lleno de una gratitud que solo dan los años.
—Te amo —susurró Alessandro.
—Te amo —respondió Elena—. Siempre.
Los meses siguientes fueron de paz profunda. Alessandro empezó a sentir el peso de los años. Su salud se debilitó poco a poco. Elena estuvo a su lado en cada momento: leyéndole, cantándole bajito, recordándole historias de su vida juntos.
Una noche de invierno, mientras nevaba suavemente, Alessandro tomó la mano de Elena y susurró:
—Gracias por salvarme del diablo que fui.
Elena besó su frente.
—Gracias por convertirte en el hombre que amé.
Alessandro Rossi falleció esa noche, en paz, con la mano de Elena entre las suyas y una sonrisa en los labios.
El funeral fue hermoso y lleno de amor. Cientos de personas acudieron a despedirlo. Elena, rodeada de sus hijos, nietos y bisnietos, se mantuvo fuerte.
—Él vivirá en nosotros —dijo en su discurso.
Los años que siguieron fueron de duelo y, poco a poco, de una nueva forma de felicidad. Elena siguió viviendo en la mansión, rodeada de su familia. Escribió sus memorias completas y las publicó bajo pseudónimo. Viajó con sus nietos y bisnietos. Contó historias del “diablo y la rosa” a las nuevas generaciones.
Una noche, con noventa y tres años, Elena se sentó en la terraza, miró las estrellas y susurró:
—Espérame, mi amor. Ya voy.
Murió esa noche, en paz, con una sonrisa en los labios y el nombre de Alessandro en su último suspiro.
La familia Rossi siguió adelante, llevando el legado de amor, redención y fuerza que Elena y Alessandro habían construido.
Su historia no terminó con ellos.
Continuó en cada beso, en cada elección, en cada “te elijo” de las generaciones que vinieron después.