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El magnate y la mariposa

El magnate y la mariposa

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:19.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Paz

Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.

Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.

Pero entonces aparece él.

Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.

Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.

Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.

Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.

"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."

¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?

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NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23: Nadie nos va a separar

Santiago llegó a Narvarte entrada la noche.

No subió con flores ni disculpas nuevas. Subió con comida de la fonda de la esquina, dos aguas de jamaica y el rostro de alguien que había peleado una guerra familiar sin salir ileso.

Valentina abrió la puerta y lo dejó entrar sin preguntar nada.

Durante los primeros minutos, solo comieron.

Sentados en la mesa pequeña, con platos desiguales y servilletas de papel, parecían dos personas intentando recuperar una vida normal después de haber visto el tamaño del monstruo. Santiago casi no probó bocado. Valentina sí, porque Doña Carmen y Lucía tenían razón en algo: a los problemas no se les podía enfrentar con el estómago vacío.

—¿Qué le dijiste? —preguntó al fin.

Santiago dejó el tenedor.

—Que no volviera a tocarte.

—Eso suena a una frase que no va a obedecer.

—No va a obedecer.

La honestidad la hizo asentir.

—¿Y ahora?

—Ahora dejamos de fingir que esto no existe.

Valentina bebió agua, necesitaba hacer algo con las manos.

—Tu padre me ofreció un trabajo.

—Lo sé. Me lo dijiste.

—No. Te dije la frase. No te dije cómo se sintió.

Santiago se quedó quieto.

Valentina miró su departamento: la mesa, las sillas, la planta de albahaca, las cuentas pegadas en el refrigerador.

—Se sintió como si pudiera mover una pieza y sacar mi vida de lugar. Como si mi trabajo, mis papás, mi renta, todo fuera una palanca.

Santiago apretó la mandíbula.

—Por eso no quería que fueras.

—Y por eso tenía que ir. Porque si alguien puede mover una pieza, necesito saber cuál es.

Él la miró con una mezcla de orgullo y dolor.

—No debería gustarme que seas tan valiente. Me dan ganas de encerrarte lejos de todos.

—Eso sonó horrible.

—Lo sé. No lo haré.

—Más te vale.

Santiago le tomó la mano sobre la mesa.

—Nadie nos va a separar.

Valentina quiso creerle con una inocencia que ya no tenía. Aun así, dejó que la frase entrara.

—No hagas promesas que dependen de otras personas.

—Depende de mí no soltar.

—Y de mí.

—Y de ti —aceptó.

La tensión se aflojó un poco.

Esa noche no hablaron más de Don Fernando. Hablaron de cosas pequeñas porque necesitaban recordarse que existían: el reporte que Garza quería antes del viernes, el caldo que Doña Carmen había mandado a Isabella, el hecho de que Lucía amenazaba con hacer una investigación completa de Pedregal "por si había que funar a alguien con pruebas".

Santiago se rió de verdad por primera vez en horas.

—Lucía me da miedo.

—Bien. Esa es su función.

Más tarde, Valentina se quedó dormida en el sofá, con la cabeza apoyada en el hombro de Santiago. Él no la movió. Le cubrió los pies con una cobija y se quedó mirando la ventana hasta que la ciudad bajó el volumen.

Al día siguiente, la vida no se volvió fácil, pero tuvo una rutina.

Santiago la llevaba al hospital cuando podía. Si no podía, Valentina iba sola y Doña Mariana le preguntaba por el trabajo, por Isabella, por si Santiago estaba comiendo o solo sobreviviendo a base de café. Don Fernando no volvió a citarla, pero su sombra estaba en cada llamada que Santiago rechazaba, en cada silencio después de ver un mensaje, en cada junta que se alargaba porque algo dentro de Grupo Montero parecía tensarse.

También llegó a CDV.

Un miércoles, el Licenciado Garza la llamó a su oficina con una prudencia que no le conocía.

—Herrera, ¿todo está bien con la cuenta Montero?

Valentina sintió que el piso volvía a adelgazar.

—Hasta donde sé, sí.

—Recibí una solicitud de revisión adicional. Nada grave, claro. Solo... cuando una cuenta así se pone nerviosa, todos nos ponemos nerviosos.

Valentina entendió el mensaje no dicho: su trabajo seguía atado a un mundo que ahora conocía su nombre.

—Voy a revisar todo otra vez.

Garza la miró con menos dureza que otras veces.

—Haga eso. Y Herrera... si necesita un día personal, pídalo antes de romperse en la copiadora.

El comentario, torpe pero humano, la sostuvo más de lo que esperaba.

Esa noche, Santiago revisó con ella cada documento de CDV sin intentar tomarle el trabajo de las manos.

Valentina empezó a distinguir las versiones de Santiago.

El Santiago que llegaba a Narvarte y se quitaba los zapatos sin que ella se lo pidiera.

El Santiago que en Lomas dejaba que Doña Carmen lo regañara por no dormir.

El Santiago que en el hospital se sentaba junto a su madre y le leía artículos del periódico aunque ella ya los hubiera leído.

Y el Santiago que, al salir de una llamada con su padre, se quedaba mirando un punto fijo con los puños cerrados.

Una tarde, en el hospital, Doña Mariana se quedó dormida mientras Valentina le pasaba las cuentas del rosario entre los dedos. Santiago estaba junto a la ventana. Valentina se acercó.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Ese nada tuyo ya lo conozco.

Él miró a su madre dormida.

—Mi padre quiere que vaya a una comida con los Solís.

Valentina sintió el nombre de la familia como una piedra.

—¿Vas a ir?

—No.

—¿Y qué va a pasar?

—Se va a enojar.

—Eso ya pasó.

Santiago sonrió apenas, cansado.

—Tienes razón.

Valentina miró a Doña Mariana. La mujer dormía con la boca un poco abierta, más frágil que en sus bromas despierta.

—¿Ella sabe?

—Sabe suficiente.

—¿Y qué quiere?

Santiago tardó.

—Que no deje que mi padre decida por mí. Aunque eso le duela.

Valentina le tocó el brazo.

—Entonces escúchala.

Él giró hacia ella.

—¿Y tú? ¿Qué quieres?

La pregunta la tomó desprevenida.

Quería muchas cosas. Que Doña Mariana sanara. Que Don Fernando desapareciera un mes. Que Isabella dejara de esperar a Emilio. Que Santiago no tuviera que elegir entre amor y familia como si fueran enemigos.

Pero lo que dijo fue más simple.

—Quiero que no me sueltes cuando se ponga feo.

Santiago la abrazó ahí mismo, junto a la ventana del hospital, con su madre dormida a unos pasos.

—No te suelto.

Esa promesa sí se la creyó. No porque fuera segura, sino porque él tembló al decirla.

Los días siguientes parecieron darles una tregua.

Valentina volvió a cocinar en Lomas. Doña Carmen le pidió que le enseñara a Santiago a picar cebolla "sin poner cara de mártir". Isabella fue una noche a Narvarte y comió caldo en silencio, todavía herida, pero menos sola. Rodrigo mandó un mensaje educado preguntando por un reporte y Valentina lo contestó sin culpa. Se podía respirar.

Hasta que el hospital llamó un martes a las cuatro de la mañana.

Valentina despertó con el celular de Santiago vibrando sobre la mesa de noche de su departamento. Él se había quedado tarde revisando documentos y se había dormido en el sofá. Se incorporó de golpe al ver el número.

—Hospital ABC —murmuró.

Contestó.

Valentina vio cómo la sangre se le iba del rostro.

—¿Cuándo? —preguntó él.

Luego:

—Voy. Voy ahora.

Colgó y se quedó un segundo sin moverse.

Valentina ya estaba de pie.

—Santiago.

Él la miró como si no entendiera dónde estaba.

—Mamá tuvo una complicación. La están subiendo a terapia intermedia.

La tregua terminó ahí.

1
Zaira
Bella me encanto.
Aida Rodriguez
q feo fin
MANATE
💯🤗
AYA
😒😒😒 que boba🙄
Elena Yobany Santacruz Alejandria
dios q hombre terco..pero mas ella no afloja solo se complica.
Rosa Rodelo
Foto
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
Elena Yobany Santacruz Alejandria
q paciencia tiene nuestro protagonista 🥰🥰
milagros perales
Me encantó
Yanira Aguilar
hermosa novela
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