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Prisionero del amor más oscuro

Prisionero del amor más oscuro

Status: Terminada
Genre:CEO / Posesivo / Maltrato Emocional / Completas
Popularitas:8.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6: El nudo se aprieta

—¿Quién es este que te escribió tan tarde?

Santiago miró su celular en la mano de León y por un segundo no entendió la pregunta. La noche todavía le sabía a vino, a beso suave, a esa palabra nueva que le daba vergüenza pensar: novio. Luego vio la conversación abierta con Diego y el calor dulce se le apagó de golpe.

—Dame mi teléfono.

León no se lo dio.

—Te pregunté quién es.

—Ya sabes quién es. Diego.

—¿Por qué te escribe a esta hora?

Santiago extendió la mano.

—Porque le dije que iba a avisarle cuando llegara. Mi teléfono, León.

El silencio dentro de la camioneta cambió. Don Rafael seguía al frente, separado por el cristal, pero Santiago sintió que aun así el aire se había vuelto demasiado estrecho.

León miró la pantalla otra vez. Había varios mensajes de Diego, uno tras otro.

Diego:

¿Llegaste?

Diego:

Contesta.

Diego:

Santi, neta, no me hagas ir hasta allá.

—Está preocupado —dijo Santiago, más firme.

León levantó la vista.

—Demasiado.

—Es mi amigo.

—Eso veo.

La frase no fue un grito. Ni siquiera sonó furiosa. Fue peor: baja, fría, como si León ya hubiera colocado a Diego en una categoría que Santiago no podía ver.

—No hagas esto —dijo Santiago.

—¿Esto qué?

—Revisar mi celular como si tuvieras derecho.

Por primera vez, León parpadeó. Algo en su rostro se movió, apenas.

—Tienes razón.

Le devolvió el teléfono.

Santiago lo tomó rápido, con los dedos tensos. Respondió a Diego antes de mirar de nuevo a León.

Santiago:

Ya llegué. Todo bien.

Diego:

¿Seguro?

Santiago:

Sí. Te escribo mañana.

Bloqueó la pantalla.

—No vuelvas a hacerlo —dijo.

León apoyó la espalda en el asiento. La luz de la calle le marcaba un lado del rostro y dejaba el otro en sombra.

—No me gusta compartir lo que me importa.

Santiago sintió un escalofrío.

—No soy una cosa.

—No quise decir eso.

—Pero así sonó.

León cerró los ojos un segundo, como si intentara contener algo.

—Perdóname. Fue una mala reacción.

La disculpa llegó a tiempo, con la voz correcta, en el tono correcto. Santiago quería aceptar y bajarse. Quería creer que había sido solo eso: una reacción mala después de una noche intensa.

—Estoy cansado —dijo.

León asintió.

—Descansa. Te escribo mañana.

Santiago bajó de la camioneta con el teléfono apretado contra el pecho. No miró atrás hasta llegar a la puerta de la residencia. Cuando lo hizo, la camioneta seguía ahí.

No se fue hasta que él entró.

Al principio, León cumplió.

No volvió a tomar su celular. No apareció sin avisar frente a su salón. No mandó más flores a clase. Durante una semana, todo pareció acomodarse en una normalidad extraña: mensajes de buenos días, llamadas cortas por la noche, cenas en lugares públicos y besos cuidadosos en la puerta de la residencia.

Santiago empezó a respirar.

Luego llegó el primer "mándame tu ubicación cuando salgas".

No sonó como una orden. León lo escribió después de que Santiago mencionara que iba tarde a una clase nocturna.

León:

Solo para quedarme tranquilo.

Santiago la mandó.

Después vino el "avísame cuando llegues".

Luego "¿con quién estás?".

Luego "¿por qué Diego sale tanto en tus historias?".

Luego "prefiero que no vuelvas tan tarde".

Cada frase sola parecía pequeña. Incluso razonable si uno la miraba con suficiente cansancio. Juntas, empezaron a rodearlo.

Santiago se dio cuenta un jueves, cuando estaba por aceptar una invitación de sus compañeros para ir por tacos después de clase y su primer impulso no fue decir que sí, sino revisar si León estaría molesto.

Se quedó con el celular en la mano, odiándose un poco.

—¿Vienes o no? —preguntó su compañera desde la puerta.

—No puedo. Tengo... algo.

No tenía nada.

Tenía miedo de una notificación.

Diego lo notó antes que nadie.

—Ya no sales —dijo un mediodía en la cafetería.

Santiago fingió revisar sus apuntes.

—Sí salgo.

—No conmigo.

—Tenemos horarios distintos.

—Vivimos a diez minutos, Santi.

Santiago no respondió.

Diego dejó su torta sobre la charola.

—Siempre estás viendo el celular. Si vibra, te pones pálido. Si León llama, contestas aunque estés en clase. Y cuando te pregunto si quieres ir por café, primero miras la pantalla como si tuvieras que pedir permiso.

—No es así.

—Sí es así.

La voz de Diego no tenía burla. Eso lo hizo peor.

—Solo se preocupa —dijo Santiago.

Diego soltó aire por la nariz.

—No confundas preocupación con vigilancia.

Santiago levantó la vista.

—No conoces cómo es cuando estamos solos.

—No necesito conocerlo para ver cómo estás tú.

La frase lo golpeó justo donde no quería mirar. Porque con León también había momentos buenos. Muy buenos. León le mandaba comida cuando sabía que no había almorzado. Le compró una edición preciosa de un libro que Santiago había mencionado una sola vez. Lo escuchaba hablar de sus clases como si cada palabra importara. Le besaba la frente antes de despedirse, suave, casi reverente.

Y después le pedía captura de pantalla de dónde estaba.

—Voy a hablar con él —dijo Santiago al fin.

Diego lo miró con una mezcla de alivio y duda.

—Hazlo en público.

—Diego.

—En público, Santi.

Esa noche, Santiago citó a León en una cafetería cerca de Miguel Ángel de Quevedo. No quería hacerlo en la camioneta. No quería una mesa demasiado elegante donde se sintiera obligado a agradecer. Quería luz blanca, ruido normal y una salida cerca.

León llegó diez minutos antes.

—¿Pasó algo? —preguntó apenas se sentó.

Santiago rodeó su taza con ambas manos.

—Necesito que dejemos claras algunas cosas.

León se quedó quieto.

—Te escucho.

—No quiero mandarte mi ubicación todo el tiempo. No quiero sentir que tengo que avisarte cada vez que veo a Diego o a mis compañeros. No quiero que revises mis horarios ni que me preguntes por qué tardé veinte minutos en contestar.

Cada frase le costó más que la anterior, pero siguió.

—Me gustas, León. De verdad. Pero esto me está ahogando.

Por un momento, León no dijo nada.

Santiago alcanzó a ver el golpe. No en una mueca grande, sino en la forma en que sus dedos se cerraron sobre la taza sin beber.

—No intento ahogarte.

—Entonces deja de apretar.

León bajó la mirada. Cuando volvió a hablar, la voz le salió más baja.

—No sabes lo que se siente pensar que algo puede pasarte y no estar ahí.

—No soy tu responsabilidad.

—Para mí sí.

—No, León. Soy tu novio, no un proyecto de seguridad.

León apretó la mandíbula.

—Es porque te amo demasiado.

Santiago se quedó helado.

Era la primera vez que León decía amor.

Y aun así, en lugar de calentarle el pecho, la frase le cerró la garganta.

—Eso no justifica controlarme.

León estiró la mano sobre la mesa. Se detuvo a medio camino, esperando. Santiago no se apartó, pero tampoco se acercó.

—Voy a intentarlo —dijo León—. Te lo prometo.

Santiago quería creerle.

Lo hizo a medias.

Durante los días siguientes, León mejoró lo justo para que Santiago se sintiera culpable por haber dudado. Preguntaba menos. Se disculpaba más rápido. Incluso le dijo que saliera con Diego un viernes.

Pero cuando Santiago volvió a la residencia esa noche, la camioneta estaba estacionada en la esquina.

León dijo que solo pasaba por ahí.

Santiago no discutió.

El sábado por la tarde, después de clase, León lo esperaba frente a la facultad. No sonreía. No parecía enojado, pero su presencia tenía una urgencia que hizo que Santiago guardara el libro sin terminar la página.

—¿Qué pasa?

León le abrió la puerta de la camioneta.

—Necesito que vengas conmigo a un lugar.

1
LUANA
excelente
AralckShaira
Ay se me salen las lagrmitas solas😭😭😭😭
AralckShaira
Ufff que frases tan brillantes
AralckShaira
Ay caramba lloreee😭😭
AralckShaira
Para mí es una historia muy bien contada, fresca, distinta con un tema relativamente normal pero que talvez no se cuenta así, como lo está contando la artista de la pluma, excelente trabajo
AralckShaira
Está historia no me gusta.... Me fascina
AralckShaira
Que historia!!!!!
AralckShaira
Uffff estoy reconectada, me superencanta
AralckShaira
Estoy enamorada 🤭
AralckShaira
Un cliché muy bien presentado
AralckShaira
Excelente
AralckShaira
Me gusta te estilo, prome tu historia 🥰
Amy Katin
😭 pobre de Santiago, espero que pueda volver a sentirse vivo.
AralckShaira: El ser humano es otra cosa
total 1 replies
ISABELRUIZDIAZ[BETA]😈🖤
Buenos días Te quería decir que ahora encontré tu trabajo y este capítulo me lo voy a guardar para leer más tarde no te frustres ni te enojes Si es que todavía no consigues apoyo en esta aplicación pero en cualquier momento tu historia va a ser descubierto y vas a conseguir muchos seguidores así que por favor si quieres seguir publicando más capítulos si es que se puede está muy buena por lo que veo y nada Gracias esperemos más de tus ingeniosas ideas Saludos a usted😈
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