NovelToon NovelToon
Su Asistente Omega

Su Asistente Omega

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Completas
Popularitas:22k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.

Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.

Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.

Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.

Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.

*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21

El balcón lateral

El balcón lateral era más pequeño de lo que Emilio esperaba.

No tenía mesas ni meseros ni música directa. Solo dos sillones bajos, macetas con bugambilias blancas y una baranda de cristal desde donde Ciudad Arcoíris se extendía hasta la bahía. Abajo, las avenidas brillaban como líneas de luz. Arriba, el cielo esperaba la medianoche con una paciencia negra.

Sebastián cerró la puerta detrás de ellos.

El ruido de la terraza quedó lejos.

Emilio apoyó la copa de agua sobre una mesa pequeña.

—Sí se ven mejor.

—Te dije.

—Eso no lo vuelve menos sospechoso.

Sebastián se colocó junto a la baranda.

—¿Todo lo que digo es sospechoso?

—Solo cuando suena a excusa.

—Entonces casi todo.

Emilio lo miró.

Sebastián estaba viendo la ciudad, no a él. El viento movía apenas el cabello sobre su frente. Sin la mesa, sin Diego, sin los funcionarios del Consejo Regulador Alfa, parecía más joven. No menos peligroso. Solo menos encerrado en el papel de hombre que siempre sabía qué ordenar.

—Gracias por la invitación —dijo Emilio.

Sebastián tensó la mandíbula.

—Era necesaria.

—No arruine el gracias.

El silencio que siguió no fue frío.

Sebastián bajó la mirada a sus manos sobre la baranda.

—Tu nombre debía estar ahí.

Emilio sintió otra vez esa presión detrás de las costillas.

—En una tarjeta de mesa.

—En una mesa.

La diferencia era pequeña.

No lo era.

Emilio pensó en Gloria diciendo ingrato. En Adrián diciendo Beta perfecto. En la doctora Olmedo tardando un segundo de más en reconocerlo. En la forma en que su nombre, casi siempre, venía pegado a una función: hijo que manda dinero, becario rescatable, asistente útil, Beta sin feromonas.

Emilio Reyes, en dorado, había sido una cosa simple.

También había sido una puerta.

—No suelo ser sentimental con papelería —dijo.

—Lo noté.

—Mentira.

—Lo noté desde que tocaste la tarjeta como si fuera un contrato de herencia.

Emilio soltó una risa baja.

—Qué imagen tan dramática.

—Tengo amigos dramáticos. Aprendo por contaminación.

Desde la terraza principal llegó la voz de Diego gritando algo sobre champaña. Mateo respondió con una frase que no se entendió, pero el tono bastó para imaginarlo corrigiendo.

Emilio miró hacia la puerta.

—Son ruidosos.

—Sí.

—Te quieren.

Sebastián hizo un gesto mínimo.

—Son tercos.

—No es lo mismo.

—En su caso, sí.

Emilio miró por el cristal hacia la terraza principal. Diego estaba intentando convencer a Felipe de bailar con una servilleta en la mano. Mateo hablaba con el mesero y, de algún modo, parecía estar negociando la paz mundial. Valentín miraba su celular con expresión de ejecutar a alguien por mensaje.

No se parecían a ninguna familia que Emilio conociera.

Quizá por eso funcionaban.

—En mi casa, la terquedad siempre era para quitar —dijo, sin planearlo—. Dinero, tiempo, calma. Aquí parecen tercos para quedarse.

Sebastián siguió su mirada.

—Diego se queda porque no entiende indirectas.

—Mateo sí.

—Mateo se queda porque le divierte ver a Diego ignorarlas.

—¿Y Valentín?

—Valentín se queda para recordarnos que podría irse cuando quiera.

Emilio sonrió.

—Eso sí suena a él.

Sebastián apoyó los antebrazos en la baranda.

—No son familia.

La frase salió demasiado seca para ser cierta.

Emilio no lo contradijo. Solo esperó.

Después de unos segundos, Sebastián añadió:

—Pero aparecen.

Era poco.

Para él, quizá era demasiado.

Emilio pensó en Lucía abriendo la puerta antes de que él tocara. En Valentín imponiendo condiciones para que no sacrificara medicina. En Andrés trayendo desayuno sin preguntar. En Bolita eligiendo su bolsillo como si ese hueco hubiera estado esperándolo.

Familia, quizá, era menos una palabra grande y más una lista de personas que aparecían.

Emilio se apoyó en la baranda. El cristal estaba frío bajo sus dedos. La ciudad parecía distinta desde esa altura: menos dura, más posible. Quizá por eso dijo lo que no había planeado decir.

—Lucía quiere entrar a Universidad Soberana.

Sebastián giró hacia él.

—Tu hermana.

—Sí. Luz.

—¿Necesita algo?

La pregunta fue inmediata.

Demasiado inmediata.

Emilio levantó un dedo.

—No.

—Ni siquiera dije qué.

—Iba a ofrecer dinero, contactos o destruir a alguien de admisiones.

Sebastián no negó a tiempo.

Emilio lo miró.

—Sebastián.

El nombre, en el balcón, no sonó como en la oficina. No era desafío. Era advertencia suave.

Sebastián exhaló por la nariz.

—Está bien. No destruyo a nadie.

—Gracias.

—Todavía.

—Sebastián.

—Dije está bien.

La sonrisa le salió a Emilio antes de poder frenarla.

Sebastián la vio.

No hizo comentario.

La escarcha de montaña se movió apenas en el aire, no como presión, sino como respiración. Emilio sintió la glándula latir. Su cuerpo reconocía ese frío más rápido de lo que su cabeza quería aceptar.

No dolió.

Eso empezaba a importarle demasiado.

—¿Y tú? —preguntó Sebastián.

—¿Yo qué?

—¿Necesitas algo?

Emilio miró la ciudad.

La respuesta fácil era no. La de siempre. La que mantenía todo ordenado.

No.

Pero esa noche estaba vestido con un traje que no lo hacía sentir disfrazado, en un balcón donde nadie le pedía moverse de mesa, con un hombre que había aprendido a no tocar su dinero y aun así quería darle el mundo en forma de logística.

—No sé —dijo.

Fue más honesto que un no.

Sebastián se quedó en silencio.

—Puedo trabajar con eso —dijo al fin.

Emilio soltó una risa muy baja.

—¿Con no sé?

—Es más información que no.

—Qué estándar tan triste.

—Es el tuyo.

La réplica no fue cruel. Fue exacta.

Emilio bajó la mirada a sus manos. No estaban temblando. Esa noche no. Tenía los dedos fríos por el viento, nada más.

—No sé pedir —admitió.

Sebastián no contestó rápido. Cuando lo hizo, su voz sonó menos cortante.

—Yo tampoco.

Eso, de todo lo que pudo decir, fue lo que desarmó a Emilio.

No una promesa. No una oferta gigante. Solo la confesión seca de una incapacidad compartida.

—Se nota —dijo Emilio.

—A ti también.

—Qué amable.

—No dije que fuera defecto.

La escarcha se deslizó entre ambos, suave. Emilio no tuvo que inclinarse para sentirla; ya estaba allí, alrededor de su cuello, bajando el calor que siempre parecía vivir debajo de la piel.

—¿Entonces qué es? —preguntó.

Sebastián lo miró como si la respuesta le costara más que cualquier negociación.

—Algo que se aprende.

Abajo, los primeros fuegos artificiales oficiales subieron desde la bahía. No eran los de medianoche todavía. Pruebas, ráfagas pequeñas de oro y rojo abriéndose sobre el agua.

La luz iluminó el rostro de Sebastián por un segundo.

Emilio lo miró.

Sebastián también lo estaba mirando.

No fue sorpresa. No del todo.

Era como si ambos hubieran estado caminando hacia ese punto desde el primer pescado, desde Bolita en el bolsillo, desde el mole recalentado una sola vez, desde cada vez que una mano se quedó un segundo más de lo necesario.

La puerta del balcón se abrió de golpe.

—¡Oigan! —gritó Diego, asomando medio cuerpo—. Faltan diez minutos y Mateo dice que si se pierden la cuenta regresiva por hablar de trabajo, va a empujar a Sebastián al mar.

Mateo apareció detrás.

—Dije que lo consideraría.

El aire entre Emilio y Sebastián se cortó.

Sebastián cerró los ojos un instante.

—Voy a matar a Diego.

—Después de medianoche —dijo Emilio.

Diego sonrió.

—Eso suena a plan de pareja. Me encanta.

Sebastián giró hacia la puerta con una calma muy mala.

Diego desapareció.

Mateo, más sabio, también.

Emilio se quedó mirando la puerta cerrada.

El momento no se había roto.

Solo había aprendido a esperar.

1
💜Martha Ibarra
Gracias por esta magnífica historia, disfrute mucho leerla y espero trabajos futuros 🥰
💜Martha Ibarra
esta historia me enamora cada vez más 🥰
abu_army18
Me puedes explicar quien es bolita no entiendo 😢
💜Martha Ibarra
querida escritora me tiene el alma en un hilo con esta historia magnífica 🥰
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play