Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 20
Capítulo 20: ¡Sinvergüenza!
Y eso le dio más miedo que cualquier amenaza.
Valentina intentó trabajar con ese miedo.
No funcionó.
Cada vez que revisaba el contrato del collar, veía la caja negra de la peineta. Cada vez que corregía el acuerdo de Mónica, oía a Adrián decir "usa mi poder". Cada vez que una clienta hablaba de Navidad, pensaba en una cama demasiado grande y en un hombre trabajando al otro lado de una puerta para no invadirla.
—Jefa —dijo Paloma desde la entrada del taller—. Mónica está aquí.
Valentina levantó la vista.
Mónica entró sin maquillaje, con una chamarra ligera y el celular apretado en la mano.
—Perdón. No sabía a quién llamar.
Valentina se puso de pie.
—¿Carlos?
Mónica asintió.
—Me mandó dirección. Club Dorado. Dice que si no voy hoy, va a publicar audios de mi papá pidiendo dinero. No sé si son reales, pero...
Se le quebró la voz.
Paloma murmuró:
—Santa Fe está lejísimos.
—Y Club Dorado no es una oficina de cobro —dijo Valentina.
Mónica se abrazó a sí misma.
—Si no voy, va a venir aquí.
Valentina miró el teléfono. Había mensajes, amenazas veladas, una foto de una mesa con botellas caras y la frase: "No me hagas esperar, princesa caída".
El estómago se le tensó.
Podía llamar a Adrián.
La idea apareció rápida, práctica, tentadora.
También apareció la voz de él: "Cuando tengas problemas, llámame. Usa mi poder."
Valentina bloqueó el teléfono.
—Primero llamamos a Lorenzo. Después vamos.
Paloma abrió los ojos.
—¿Vamos?
—No voy a mandar a Mónica sola.
—Jefa, eso no significa que tú tengas que entrar a un club lleno de hombres horribles.
—No dije que fuera buena idea.
Mariana, cuando escuchó el plan por teléfono, dijo algo más explícito.
—¡No manches, Valentina! ¡Eso es una pésima idea con tacones!
—Lo sé.
—Entonces llama a Adrián.
Valentina miró por la ventana del taller.
—Todavía no.
—Ese "todavía" me va a sacar canas.
Club Dorado estaba en Santa Fe, en un edificio de vidrio donde todo parecía moderno, caro y diseñado para que nadie oyera gritos desde afuera. La música vibraba en el piso. En la entrada, dos hombres revisaban nombres en una lista.
Valentina llegó con Mónica y Paloma. No iba vestida para un club; llevaba pantalón negro, blazer y la cara de una mujer que prefería una junta notarial.
—Carlos nos espera —dijo.
El guardia la miró de arriba abajo.
—¿Nombre?
—Valentina Serrano.
El segundo guardia recibió un mensaje, miró la pantalla y abrió paso.
Eso no le gustó.
El pasillo hacia los privados olía a perfume, alcohol caro y luz artificial. Mónica caminaba tan rígida que parecía a punto de romperse. Paloma sostenía el celular con Lorenzo en llamada silenciosa, listo para escuchar.
—Si algo sale mal —susurró Paloma—, grito.
—Si algo sale mal, sales con Mónica —dijo Valentina.
—¿Y tú?
—Improviso.
—Odio cuando dices eso.
El privado estaba al fondo.
Carlos era más joven de lo que Valentina esperaba, con camisa abierta, reloj ostentoso y una sonrisa que no llegaba a los ojos. Había tres hombres más en la sala, botellas sobre la mesa y una carpeta gris.
—Mónica —dijo él—. Pensé que vendrías sola.
Valentina entró primero.
—Pensaste mal.
Carlos la miró con interés lento.
—¿Y tú eres?
—La persona que va a leer lo que quieres que firme antes de que cometas un delito con testigos.
Uno de los hombres se rió.
Carlos no.
—Qué valiente.
—Qué original.
Mónica se quedó detrás de Valentina.
Carlos tomó la carpeta y la lanzó sobre la mesa.
—La deuda es real. Tu amiguita solo vino a hacer drama en una boutique para no pagar.
Valentina abrió la carpeta. Había pagarés, cesiones mal escaneadas y una hoja que pretendía convertir a Mónica en responsable de una cantidad inflada tres veces.
—Esto no se firma.
Carlos se inclinó hacia ella.
—No te pregunté.
—Entonces habla sola.
La música afuera subió de volumen. Paloma, junto a la puerta, estaba blanca pero grabando. Lorenzo seguía en llamada.
Carlos dio un paso.
—No sabes con quién te metes, muñeca.
Valentina sintió un frío en la espalda.
No era El Mirador. No era La Hacienda. Aquí Adrián no estaba en una sala de seguridad mirando. Aquí no había Joaquín a dos pasos.
Ella había elegido entrar.
Y por primera vez, se preguntó si había confundido valentía con terquedad.
—Sinvergüenza —dijo, porque el miedo le dejó pocas opciones elegantes—. Amenazar a una mujer endeudada en un club no te vuelve acreedor. Te vuelve basura con factura.
Carlos levantó la mano.
La puerta se abrió antes de que pudiera acercarse más.
Un hombre grande, de traje gris y expresión tranquila, entró al privado como si le perteneciera el aire.
—Baja la mano —dijo.
Carlos giró, furioso.
—¿Y tú quién eres?
—Braulio.
El nombre no le dijo nada a Valentina.
Pero sí a los otros hombres.
Uno enderezó la espalda. Otro bajó la botella. Carlos perdió un poco de color.
Braulio miró a Valentina.
—Señorita Serrano, ¿está bien?
Paloma casi lloró de alivio.
Valentina no soltó la carpeta.
—Estoy ocupada.
Por primera vez, Braulio pareció a punto de sonreír.
—El señor Máximo Delgado pidió que la acompañara.
Carlos tragó saliva.
—Esto no tiene que ver con Grupo Fortuna.
—Ahora sí —dijo Braulio.
El silencio fue delicioso.
Valentina entendió el movimiento completo con un segundo de retraso. Máximo. Y si Máximo sabía, Adrián probablemente también. O lo sabría en dos minutos.
La irritación regresó junto con el alivio.
—Mónica no firma nada hoy —dijo Valentina.
Braulio tomó la carpeta de las manos de Carlos con una facilidad humillante.
—No firma nada nunca sin abogado.
—Esto es abuso —escupió Carlos.
Valentina lo miró.
—No. Esto es consecuencia.
Braulio abrió la puerta.
—Señorita Serrano, el coche está listo.
—¿Qué coche?
—El que la sacará de aquí antes de que alguien haga una estupidez.
Paloma tomó a Mónica del brazo.
Valentina caminó hacia la puerta, pero se detuvo frente a Carlos.
—Si vuelves a mandar mensajes, los siguientes no los leo yo. Los lee el abogado.
Braulio añadió, sin levantar la voz:
—Y yo.
Carlos no respondió.
Al salir al pasillo, Valentina respiró por primera vez en diez minutos.
Mónica empezó a llorar ahí, junto a una pared dorada y una pantalla que anunciaba cocteles con nombres ridículos.
—Perdón —dijo—. Perdón, perdón, yo no quería que esto...
Valentina la tomó por los hombros.
—Mónica, mírame.
La chica obedeció con dificultad.
—No vuelves a venir a un lugar así por una amenaza. No sola, no conmigo, no con nadie que no sea abogado o policía. ¿Entendido?
—Pero tú viniste.
La frase le pegó donde más le convenía.
Paloma, todavía temblando, murmuró:
—Sí, jefa. Tú viniste.
Valentina soltó los hombros de Mónica y se pasó una mano por el cabello. La adrenalina empezaba a retirarse y le dejaba las piernas flojas. La escena pudo salir mal. Muy mal. Si Braulio no hubiera entrado, si Carlos hubiera cerrado la puerta, si Paloma hubiera perdido la señal...
—Yo tampoco debí entrar así —admitió.
Braulio la escuchó sin comentar, pero su silencio dijo suficiente.
El teléfono de Braulio vibró. Él miró la pantalla y contestó.
—Señor Delgado. Sí. Está conmigo.
Valentina cerró los ojos.
Luego Braulio agregó:
—No, señor. Todavía no llamé al señor Castellán.
El alivio le duró medio segundo.
—Pero ya lo sabe.
Valentina abrió los ojos.
Mierda.
excelente
Gracias.