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Mil primaveras para ti

Mil primaveras para ti

Status: En proceso
Genre:Viaje a un juego / Villana / Romance
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Claro, porque sobrevivir una vez nunca era suficiente.

Serena Mora siguió a los demás aprobados hacia el segundo patio con el codo todavía caliente por el lugar donde Adrián Navarro la había sostenido. Intentó no pensar en eso. Pensar en eso era peligroso, distraído y absolutamente inútil para no morir en una prueba de admisión.

El segundo patio era más pequeño.

Y más cruel.

En el centro había varias lámparas de cristal, cada una protegida por un círculo de runas. Una llama azul ardía dentro de cada lámpara, delgada como un hilo. A los lados del patio, cuatro columnas talladas tenían aberturas por donde entraba viento en ráfagas irregulares.

La examinadora habló:

—Segunda evaluación: sostener la llama durante tres minutos. Pueden usar Éter, objetos del patio y estrategia personal. No pueden tocar la lámpara, cubrirla por completo ni salir del círculo. Si la llama se apaga, quedan fuera.

Serena miró la llama.

Luego miró las columnas.

Luego miró a Lilo.

—No tengo Éter para sostener ni paciencia para quemarme.

—Sugerencia: dinámica de flujo de aire. No bloquees todo. Redirige.

—Te odio cuando suenas como profesor.

—Eso significa que estoy funcionando.

León Castellar pasó junto a ella.

—¿Necesitas otra olla?

—Necesito que el viento se deprima y se vaya.

—Avísame si lo convences.

Los aspirantes fueron entrando de cinco en cinco. León sostuvo su llama con una pantalla dorada flexible. Rafael Vega casi perdió la suya al estornudar, pero Miguel Vega colocó dos piedras laterales y le gritó que dejara de hacer teatro. Ambos pasaron por poco.

Adrián fue llamado en el tercer grupo.

Serena lo observó con el estómago apretado.

Él entró al círculo, miró las columnas y no levantó la mano hasta que la primera ráfaga llegó. Entonces formó una barrera tan débil que el examinador apenas la registró, una sombra de Éter común, grisácea, suficiente para desviar el viento sin llamar la atención.

Serena conocía ya lo bastante de él para notar la mentira.

No era debilidad.

Era control.

Pasó la prueba con la expresión de quien había esperado tres minutos por educación.

—Ese hombre es irritante incluso cuando respira —murmuró León.

—Mira quién habla —dijo Serena.

—Yo al menos soy entretenido.

—Eso lo debatiremos luego.

—Serena Mora —llamó la examinadora.

El debate murió.

Serena entró al círculo asignado. La lámpara de cristal estaba frente a ella, la llama azul temblando con una delicadeza ofensiva. A su alrededor había objetos simples: tres piedras planas, una bandeja de cobre, una tela húmeda y dos varillas de madera.

No podía cubrir la lámpara por completo.

No podía tocarla.

No tenía Éter.

La primera ráfaga llegó antes de que terminara de odiar la situación. Serena puso la bandeja de cobre frente a la columna más directa. El viento golpeó el metal, rebotó y casi le apagó la llama desde el otro lado.

—Mala idea —susurró.

Valentina Rojas, desde las gradas, se inclinó hacia adelante.

—¡Ángulo, Serena!

—¡Estoy ocupada fracasando!

Algunos aspirantes rieron.

La segunda ráfaga fue peor.

Serena movió la bandeja, no de frente sino inclinada, y colocó una piedra plana atrás para sostenerla. El viento cambió de dirección y pasó alrededor de la lámpara en vez de golpearla directo. La llama se inclinó, pero no murió.

—Bien —murmuró Tomás Calvo.

Serena no tenía manos suficientes para todo. Usó una varilla para empujar la segunda piedra sin salir del círculo, luego puso la tela húmeda en el suelo del lado donde el aire levantaba polvo. El polvo bajó. La llama dejó de chisporrotear.

Quedaba un minuto.

El viento aumentó.

La bandeja vibró.

Serena apretó los dientes y se arrodilló, usando su propio cuerpo como pared parcial, sin cubrir la lámpara por completo. El aire le golpeó el cabello, le metió polvo en los ojos y le hizo lagrimear. La llama azul se dobló tanto que pareció tocar el cristal.

—Aguanta —susurró.

No sabía si le hablaba a la llama o a ella misma.

El último golpe de viento entró por dos columnas a la vez.

Serena empujó la bandeja con la varilla y dejó que el aire se partiera contra el borde metálico. No lo bloqueó. Lo hizo rodear.

La llama siguió viva.

La campana sonó.

—Aprobada.

Serena se quedó de rodillas un segundo más, respirando como si hubiera corrido cuesta arriba. Luego se levantó con la dignidad que le quedaba, que era poca pero funcional.

Valentina aplaudió primero.

Rafael gritó:

—¡La llama también cree en los milagros!

Miguel murmuró una disculpa a quienes estaban cerca.

León se acercó con una sonrisa distinta.

—No tienes Don, pero haces trampa con el mundo.

—Se llama adaptarse.

—Se llama ser peligrosa de una manera muy incómoda.

Adrián, detrás de él, miraba la lámpara. Luego miró la bandeja inclinada, las piedras, la tela, el polvo asentado.

No dijo nada.

Pero esa vez Serena no necesitó que dijera "bien".

La examinadora reunió a los aprobados. Eran muchos menos que al inicio. Serena vio rostros frustrados salir por la puerta lateral, algunos llorando, otros furiosos. Por primera vez entendió que la Orden no era solo refugio. También era filtro.

Las campanas de cobre sonaron tres veces.

Todos los discípulos presentes se enderezaron.

Valentina dejó de sonreír.

Tomás bajó la voz:

—El Gran Maestro.

Un hombre descendió por la escalinata principal.

Gabriel Solís llevaba una túnica blanca con bordes plateados. No era viejo, pero tenía en el rostro ese cansancio de quien ha vivido demasiadas cosas sin poder contarlas. Su presencia hizo que el patio entero guardara silencio.

Serena lo reconoció por la novela.

Gran Maestro de la Orden de la Libertad.

Padre de Valentina.

Y el hombre que nunca había dejado de amar a Elena Solana.

Valentina se puso rígida a unos pasos. No dijo "padre". Solo inclinó la cabeza como todos los demás.

Gabriel revisó a los aprobados con mirada distante, formal. Se detuvo en León, en Rafael, en Miguel. Pasó por Adrián y frunció apenas el ceño, como si hubiera sentido una corriente fría.

Luego miró a Serena.

El mundo se le fue de la cara.

No fue una reacción grande. No gritó, no retrocedió. Pero la sangre pareció abandonarle los labios y sus dedos se cerraron sobre la manga.

Serena sintió que Lilo se quedaba inmóvil bajo su capa.

El silencio se volvió incómodo de inmediato. Los aspirantes que no sabían nada empezaron a mirarse entre sí, buscando una explicación en la postura de los maestros. Tomás dejó de acomodar las placas de cobre. Alicia apretó el frasco de ungüento contra el pecho.

Valentina fue la única que no miró a Gabriel. Miró a Serena.

Ese detalle le raspó la nuca.

En la novela, Elena Solana era una herida vieja dentro de la Orden: una mujer brillante, una traición nunca explicada del todo, un nombre que los mayores evitaban decir frente a Valentina. Serena lo había leído como drama de fondo. Ahora lo tenía enfrente, respirando a través de un hombre que acababa de olvidar que el patio entero lo observaba.

Adrián dio medio paso, tan leve que cualquiera lo habría tomado por cansancio. Serena lo notó porque su sombra cayó junto a la de ella, sin tocarla.

Gabriel bajó un escalón.

—Tu nombre —dijo.

El tono era formal, pero la voz salió más baja de lo que correspondía a un Gran Maestro.

Serena tragó saliva.

—Serena Mora.

Gabriel repitió el apellido en silencio.

Durante un segundo, sus ojos no vieron el patio. Vieron otro tiempo.

—Te pareces a alguien —murmuró.

Y Serena supo, por el frío que le subió por la espalda, que ese alguien se llamaba Elena.

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Yenireth Aular
me encanta está historia
Yenireth Aular
me encanta está historia ❤️❤️
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