Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
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Capítulo 24
Capítulo 24
La película que no era romántica
—Muy bien —dije—. Vamos a ver si sobrevives a palomitas y niños.
Sebastián miró los boletos en su celular con una seriedad que no merecía una película animada sobre un ajolote que quería ser astronauta.
—Tiene noventa y dos por ciento de reseñas positivas.
—Te estás defendiendo demasiado.
—Estoy justificando una decisión cultural.
—Estás evitando besos en pantalla.
No respondió.
Eso fue respuesta suficiente.
El cine estaba lleno de familias. Niños con sudaderas de personajes, papás cargando charolas imposibles, mamás negociando refrescos como si fueran tratados internacionales. Yo, con vestido verde y saco de Sebastián sobre los hombros, parecía haber entrado al lugar equivocado.
Sebastián, en traje y con nudo Eldredge impecable, parecía el dueño del lugar equivocado.
—Podemos irnos —dije.
—No.
—Hay niños gritando.
—Lo noté.
—Un niño acaba de usar una palomita como proyectil.
Sebastián miró hacia la fila de dulces.
—Estrategia deficiente. La palomita pierde potencia a larga distancia.
Me reí.
Compramos palomitas, nachos y dos aguas porque, según Sebastián, "después de vino, hidratación". Yo lo acusé de traumado. Él no lo negó.
En la sala, una niña de unos seis años nos miró fijamente mientras buscábamos nuestros asientos.
—Mamá, esa señora parece princesa.
Me quedé helada.
La mamá le susurró una disculpa.
Sofía habría aprobado el comentario.
Sebastián se inclinó apenas hacia la niña.
—Tiene zapatos peligrosos, no de princesa.
La niña abrió los ojos.
—¿Pelea contra dragones?
—Peor. Contra reuniones de inversionistas.
La mamá soltó una risa. Yo lo miré sin saber si besarlo o empujarlo.
—No uses mi trauma de cena como cuento infantil —murmuré cuando nos sentamos.
—Perdón.
—No pareces arrepentido.
—No lo estoy.
La película empezó con colores brillantes, música exagerada y un ajolote dibujando cohetes en una libreta. A los diez minutos, todos los niños estaban callados. A los veinte, yo también.
El ajolote quería ir al espacio, pero su familia insistía en que se quedara en el lago porque "afuera el cielo era demasiado grande". Era una película infantil. Yo sabía eso. Aun así, cuando el personaje escondió sus dibujos debajo de una piedra para que nadie los criticara, me quedé demasiado quieta.
Sebastián lo notó.
No dijo nada.
Solo empujó las palomitas hacia mí.
Tomé una.
Luego otra.
Luego su mano quedó cerca de la mía dentro del mismo bote.
No fue accidental.
O sí.
No quise investigar.
Nuestros dedos se tocaron entre sal y mantequilla. La primera vez, los dos seguimos mirando la pantalla. La segunda, Sebastián dejó su mano ahí, quieta, esperando. La tercera, entrelacé mis dedos con los suyos debajo del borde del bote.
El ajolote llegó a la Luna en una nave hecha con basura reciclada.
Yo estaba más pendiente del pulgar de Sebastián moviéndose despacio sobre mi nudillo.
—Elegiste esta película para evitar romance —susurré.
—Claramente fallé.
Tuve que morderme la sonrisa.
En la fila de enfrente, un niño le preguntó a su papá si los ajolotes podían enamorarse en el espacio. El papá, sin perder de vista la pantalla, respondió:
—Con casco, supongo.
Sebastián agachó la cabeza.
—No te rías —susurré.
—Estoy reflexionando sobre biología aeroespacial.
—Eres imposible.
—Y tú me trajiste aquí.
—Tú compraste los boletos.
—Para evitar una película romántica.
—Y terminaste en una discusión sobre ajolotes enamorados.
Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de los míos.
—Hay peores destinos.
En una escena, la mamá del ajolote le decía: "No quería que te fueras porque pensé que el mundo iba a romperte. Pero tal vez yo estaba rompiéndote primero al no dejarte salir."
El cine entero siguió comiendo palomitas.
Yo dejé de hacerlo.
Renata apareció en mi cabeza sin pedir permiso. Su caja de madera. Su forma de decir "come algo" como si fuera un abrazo mutilado. Su negativa a ir a la boda. Su advertencia sobre abogados.
Sebastián apretó mi mano apenas.
—¿Quieres salir? —susurró.
Negué.
—Estoy bien.
Y era verdad.
No porque no doliera.
Porque podía doler sin obligarme a esconderlo.
Al final, el ajolote regresaba al lago con una foto de la Luna para su familia. Los niños aplaudieron. Una señora lloró detrás de nosotros. Yo fingí que no tenía los ojos húmedos.
Sebastián me tendió una servilleta sin mirarme.
—No estoy llorando.
—Es para la mantequilla.
—Mentiroso.
—Prudente.
Cuando prendieron las luces, me di cuenta de que seguíamos tomados de la mano.
Soltarlo se sintió más íntimo que haberlo tomado.
Sebastián recogió el bote de palomitas con la otra mano y se levantó primero para dejarme pasar. En el pasillo, una niña chocó contra mi falda y levantó la cara.
—Perdón, señora.
Señora.
La palabra ya no me pinchó como algo prestado. Me dio risa.
—No pasa nada.
—Tu esposo parece serio —dijo la niña, muy convencida.
Sebastián parpadeó.
—Lo soy.
La niña negó.
—No. Mi papá pone esa cara cuando quiere comprar helado y mi mamá dice que no.
Yo solté una carcajada.
Sebastián miró al techo como si pidiera ayuda divina.
—La infancia es cruel —murmuró.
Salimos del cine casi a medianoche. La plaza estaba más vacía, las tiendas cerrando, el piso brillante por la limpieza reciente. Yo llevaba las palomitas sobrantes; Sebastián cargaba los nachos intactos porque, aparentemente, ninguno de los dos se atrevió a abrirlos.
—Fue buena —admití.
—Noventa y dos por ciento.
—No seas insoportable.
—Es difícil con datos a favor.
Guardé los boletos en mi bolso.
Sebastián lo notó.
—¿Los vas a conservar?
Me encogí de hombros.
—Tal vez.
—¿En la libreta negra?
—No revises mentalmente mis archivos.
—No reviso. Recuerdo.
Doblé los boletos con cuidado para que no se borrara el título de la película.
—Antes guardaba entradas de lugares donde esperaba que alguien me mirara —dije—. Esta vez quiero guardar una de un lugar donde sí me divertí.
Sebastián no contestó enseguida.
Cuando lo hizo, su voz salió baja.
—Entonces compraremos otra libreta si esa se llena.
En el estacionamiento, una familia caminaba delante de nosotros. El papá llevaba a una niña dormida en brazos; la mamá cargaba una mochila rosa y los boletos arrugados. La escena era común, cansada, doméstica.
Me sorprendió la punzada.
No de deseo de hijos. No todavía. Más bien de pertenecer a una vida donde alguien caminara a tu lado después de una película mala o buena, cargando sobras, sueño y silencio.
Sebastián abrió la puerta del coche.
—¿En qué piensas?
—En que sobreviviste a palomitas y niños.
—Con dificultad.
—Y a una película romántica disfrazada de ajolote.
—Eso fue una traición del marketing.
Subimos al auto.
Antes de que el chofer arrancara, Sebastián recibió una llamada. Era tarde; su expresión cambió al ver el nombre.
—¿Alemania? —pregunté, leyendo sin querer el prefijo.
—Un proveedor.
—¿De MBT?
—No exactamente.
Contestó en inglés durante menos de un minuto. Yo no entendí todo, pero sí palabras sueltas: delivery, installation, pink, tomorrow morning.
Cuando colgó, lo miré.
—¿Rosa?
Sebastián guardó el celular.
—Sorpresa.
—No me gustan las sorpresas que vienen de Alemania a medianoche.
—Esta te va a gustar.
—Eso suena peligroso.
Me acomodé el saco suyo sobre las rodillas, fingiendo una tranquilidad que no tenía ni un poco en realidad esa noche rara nuestra todavía.
Su sonrisa fue demasiado inocente para ser confiable.
—Solo un poco.