Scarlett Padro Castello es una mujer empoderada, CEO de su propia firma de maquillaje y presidenta de una potencia automotriz. Ha construido un imperio desafiando los prejuicios de género, demostrando que su intelecto es tan afilado como su sentido de los negocios. Sin embargo, su mundo perfectamente controlado se tambalea cuando su padre le impone un proyecto junto al gigante tecnológico de la familia Robles Di Bianco. El problema tiene nombre y apellido: Rodrigo Robles Di Bianco.Rodrigo, el frío y calculador dueño del imperio tecnológico, no quiere tenerla cerca "ni en pintura". Su rechazo es visceral; ambos comparten un pasado marcado por escándalos y una competitividad feroz que los llevó a detestarse públicamente. Para Rodrigo, Scarlett es una distracción peligrosa; para Scarlett, Rodrigo es el único hombre que ha logrado herir su orgullo.Lejos de amedrentarse, Scarlett decide utilizar toda su astucia y elegancia para infiltrarse en el mundo del multimillonario.
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Capítulo 23
...SCARLETT:...
El ascensor se detuvo con un chasquido suave y las puertas se abrieron al piso ejecutivo.
Ajusté el cuello de mi blazer negro hasta la última costura.
No era cómodo, nunca lo es disfrazarse de secretaria cuando uno está acostumbrada a ser el centro de atención, pero era necesario.
La tela gruesa cubría cada centímetro de piel, esas marcas que no quería que fueran mostradas.
Miré mi reflejo en el acero inoxidable de las puertas.
Impecable.
Impenetrable.
Una versión de mí misma que ni yo reconocía del todo.
¿Realmente puedo mirarlo a los ojos después de lo que pasó? me pregunté mientras salía del ascensor.
La respuesta fue inmediata: sí.
Porque si no podía, significaba que él había ganado.
Caminé por el pasillo con pasos firmes, ignorando los susurros de los asistentes que me veían pasar.
Llevaba una carpeta bajo el brazo con los datos financieros del proyecto y, más importante aún, llevaba una actitud blindada contra cualquiera que intentara manipularme.
Incluso hombres que sabían exactamente cómo tocar mis puntos débiles.
“Una mujer no es buena para manejar una empresa"
Yo les demostraría lo contrario.
La sala de juntas ya estaba llena cuando empujé la puerta.
Diez personas sentadas alrededor de una mesa rectangular de madera oscura.
Monitores encendidos.
Proyector funcionando.
Cafés recién servidos.
Todo listo para una presentación corporativa estándar.
Todo, excepto la electricidad que saltó entre nosotros apenas cruzamos el umbral.
Rodrigo estaba al fondo, sentado en su lugar habitual, el extremo derecho, como siempre.
Vestido de negro, corbata negra, expresión impenetrable.
Como si llevara puesta una armadura diseñada específicamente para exiliarme de su vida otra vez.
No me miró.
Ni siquiera parpadeó cuando entré.
Fue deliberado.
Obvio.
Me senté en la silla opuesta, lejos de él, y abrí mi carpeta con un movimiento exagerado que hizo crujir el papel interno.
Mis dedos temblaron ligeramente.
No por nerviosismo.
Por rabia contenida.
Porque sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Ignorarme era su táctica favorita desde siempre.
Cuando no sabía qué decir, cuándo ceder, o simplemente no quería enfrentarse a la verdad… se hacía invisible.
Se convertía en estatua.
En hielo puro.
Y funcionaba.
Siempre había funcionado.
Pero esta vez no iba a funcionar.
— Bien, vamos a empezar — dijo Andrés, su asistente, buscando romper el hielo —. Gracias a todos por estar aquí. Hoy presentaremos el nuevo sistema tecnológico para optimizar la cadena logística de distribución en Sudamérica.
Asentí mecánicamente mientras tomaba notas.
Todo sonaba bien en teoría.
Optimización logística.
Reducción de tiempos de entrega.
Ahorro operativo significativo.
Hasta que Rodrigo habló.
— Creo que hay un error en las proyecciones finales — dijo sin levantar la vista de sus propios papeles, con esa voz grave y monótona que solía usar para imponer autoridad —. Los números no cuadran con la inflación actual del mercado argentino.
Lo vi moverse lentamente hacia mí.
Solo un giro mínimo.
Pero fue suficiente para confirmar que sí, me estaba hablando.
Aunque fingiera que no existía.
Levanté la mirada despacio.
Lo estudié de arriba abajo.
Su camisa blanca impecable.
Su corbata ajustada.
Sus ojos oscuros.
El desafío brillaba en ellos.
— ¿Error? — repetí, dejando caer la palabra como si fuera veneno —. Interesante que lo menciones ahora, cuando llevamos dos días trabajando en estas cifras.
Un murmullo recorrió la sala.
Algunos intercambiaron miradas incómodas.
Otros bajaron la cabeza rápidamente, fingiendo interés repentino en sus laptops.
Rodrigo finalmente me miró.
De verdad me miró.
Con esos ojos verdes que fueron tormenta y ahora parecían pantallas apagadas.
— No es un comentario personal, Scarlett — respondió con calma fría —. Simplemente estoy señalando una inconsistencia matemática. Si no te gusta la crítica constructiva, puedes tomarla o dejarla.
Crítica constructiva.
La frase me golpeó como un puñetazo en el estómago.
Porque sabía que no lo decía en serio.
Y eso me enfureció más que cualquier insulto directo.
— Crítica constructiva — murmuré entre dientes —. Qué adorable.
Me incliné hacia adelante, apoyando ambos codos sobre la mesa.
Sentí la mirada de medio equipo pegada a mí.
— Déjame explicarte algo, Rodrigo. Estos números no vienen de una calculadora mágica. Vinieron de seis semanas de investigación de campo.
» De visitas a depósitos reales en zonas donde la inflación no es un concepto abstracto sino una realidad diaria que afecta a gente real.
Sus pupilas se dilataron imperceptiblemente.
Un microgesto que solo yo notaría.
Porque yo siempre lo había notado todo en él.
— Así que si me permites — continué, dejando que mi sonrisa se volviera afilada como cristal roto —, creo que mis "proyecciones finales" tienen mucho más fundamento que tu supuesta "inconsistencia matemática".
Silencio.
Total.
Absolutamente total.
Incluso el aire pareció contenerse.
Rodrigo me sostuvo la mirada durante dos segundos eternos.
Dos segundos en los que pude sentir el peso de lo que quedó sin decirse entre nosotros.
Lo que habíamos hecho anoche.
Lo que nos hicimos el uno al otro.
Las marcas que llevábamos ocultas bajo capas de ropa formal.
Luego apartó la vista.
— Continúa — murmuró, volviendo a sus papeles como si nada hubiera pasado.
Empezé a proyectar las diapositivas siguientes.
Gráficos.
Tablas.
Análisis comparativos.
Cada número respaldado por datos irrefutables.
Y entonces empezó el verdadero juego.
Cada vez que él levantaba una objeción, por pequeña que fuera, yo tenía preparada la respuesta.
Tres respuestas, en realidad.
Cuando sugirió que el costo inicial era demasiado alto, le mostré el retorno de inversión a quince meses.
Cuando cuestionó la viabilidad técnica del software propuesto, cité tres casos exitosos implementados en empresas similares.
Cuando insinuó que el cronograma era irrealista, desmonté cada fase con evidencia concreta.
No fui agresiva.
No necesité serlo.
Fui impecable.
Y cada vez que lo hacía, podía sentirlo.
Esa tensión eléctrica que crecía entre nosotros como una cuerda tensándose hasta el punto de ruptura.
Él lanzaba dardos velados.
Yo los devolvía multiplicados por diez.
— Me parece arriesgado depender exclusivamente de proveedores locales — comentó, tratando de mantener la compostura.
— Más riesgoso es ignorar las condiciones laborales de quienes fabrican nuestros productos — respondí, dejándolo sin salida.
— El presupuesto asignado no contempla contingencias suficientes ante fluctuaciones cambiarias.
— Ni el presupuesto contemplaba contingencias suficientes ante nuestra propia falta de visión global.
Sentí cómo algunos miembros del equipo se removían incómodos en sus sillas.
Otros intercambiaban miradas de incredulidad.
¿Estábamos teniendo una reunión ejecutiva o una pelea matrimonial?
Probablemente ambas.
Algo cambió en el ambiente justo cuando llegué a la última diapositiva.
Una pausa larga.
Demasiado larga.
Rodrigo dejó su bolígrafo sobre la mesa con un clic seco que resonó como un disparo silencioso.
— Excelente trabajo, Scarlett — dijo, dirigiéndose a la habitación entera, pero con los ojos clavados en los míos —. Muy detallado. Muy minucioso.
Las palabras sonaban halagadoras.
Pero el tono… el tono era diferente.
Era advertencia.
Era desafío.
Recordé sus palabras: “Eres mía todavía."
Y al parecer notó esa breve incomodidad en mí.
Sonrió.
Una sonrisa falsa, perfecta, helada.
— Gracias — respondí, manteniendo la compostura aunque por dentro todo ardía —. Siempre trato de dar lo mejor.
Hubo un segundo largo en el que pudimos habernos consumido el uno al otro allí mismo, frente a aquella audiencia inocente.
En cambio, nos limitamos a intercambiar miradas cargadas de todo lo que no podíamos decir.
Eso fue suficiente.
Después de cerrar la sesión con comentarios protocolarios de Andrés y el equipo dispersándose gradualmente, me quedé sola ordenando mis papeles.
Mis manos temblaban de nuevo.
No de miedo.
De adrenalina pura.
Había ganado la batalla.
Había demostrado valentía, carácter y determinación.
Había silenciado cada duda que él lanzó contra mí.
Pero había perdido algo más valioso: Mi tranquilidad.
Porque al mirar hacia atrás, lo vi parado junto a la ventana.
Observándome.
Sin parpadear.
Sin moverse.
Esperando.
Siempre esperando.
Y esa espera era peor que cualquier ataque frontal.
Porque significaba que él también recordaba cada caricia, cada suspiro, cada momento en que dejamos que el deseo nos dominara.
Que también sentía el peso de lo que dejamos inconcluso hace diez años.
Y que, probablemente, planeaba volver a terminarlo.
Salí de la sala con la cabeza alta y el corazón latiendo descontroladamente.
Esta guerra acababa de comenzar.
Y yo no pensaba rendirme tan fácilmente.
Pues quien se ceee este 🤭