Nunca planeé enamorarme de mi profesor.
Simplemente ocurrió.
Una clase fue suficiente para que dejara de verlo como un hombre cualquiera y empezara a convertirlo en el centro de todos mis pensamientos.
Desde entonces, cada excusa era perfecta para estar cerca de él.
Cada mirada alimentaba mi esperanza. Cada rechazo solo aumentaba mis ganas de conquistarlo.
Dicen que hay amores imposibles.
Yo no creo en lo imposible y si el destino insiste en poner reglas entre nosotros...
Me encargaré de romperlas una por una.
Porque él todavía no lo sabe... Pero algún día será solo MIO.
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Todo el mundo hablaba de él
Siempre he creído que las universidades son como las familias.
Tienen chismes.
Favoritos.
Villanos.
Y esa persona de la que todo el mundo habla, aunque tú todavía no tengas la menor idea de quién es.
Descubrí que mi teoría era cierta exactamente a las ocho y doce de la mañana, mientras intentaba encontrar el edificio de Psicología con un café en una mano, el celular en la otra y una mochila que parecía haber decidido declararme la guerra.
—¡Ay!
Escuché el golpe antes de entender lo que había pasado.
No se cayó una cosa.
Se cayó absolutamente todo.
Mi agenda.
Un resaltador.
Cinco esferos.
Un paquete de galletas y por supuesto, el café terminó salpicando mis tenis blancos.
Cerré los ojos y suspiré hacia el cielo.
—Universo... ¿podrías disimular un poco que me odias?
—¿Siempre haces entradas tan dramáticas?
Levanté la cabeza.
Frente a mí había una chica de cabello castaño y rizado, con unos enormes lentes redondos. Estaba agachada recogiendo mis cosas y sonreía como si verme hacer el ridículo hubiera sido el mejor espectáculo de la mañana.
—Solo los martes.
Me entregó uno de mis esferos.
—Hoy es lunes.
—Entonces hice una excepción.
Ella soltó una carcajada.
—Me caes bien.
—¿Porque soy simpática?
—No.
Porque eres un desastre.
Le arrebaté la agenda fingiendo indignación.
—Qué manera tan elegante de insultar a alguien que acabas de conocer.
—Lo digo con cariño.
Nos quedamos observándonos unos segundos hasta que estiró la mano.
—Soy Emma.
La estreché.
—Julieta.
—Mucho gusto, Julieta.
—El gusto dependerá de si logras ayudarme a encontrar el edificio de Psicología.
Emma arqueó una ceja.
—¿Eres nueva?
—¿Se nota tanto?
—Acabas de preguntarle la dirección a una estatua.
Parpadeé confundida.
Giré lentamente la cabeza.
Sí.
Había estado hablándole al busto de un señor con expresión de muy pocos amigos.
Emma comenzó a reír tan fuerte que terminó inclinándose hacia adelante yo solo pude cubrirme la cara.
—Quiero renunciar.
—¿El primer día?
—Ni siquiera llevo una hora aquí.
—Vas rompiendo récords.
Y, contra todo pronóstico, terminé riéndome con ella.
Resultó que Emma también acababa de empezar la carrera. En menos de quince minutos ya conocía media historia de su vida.
Vivía con su abuela.
Hablaba demasiado cuando estaba nerviosa. Coleccionaba separadores de libros y era incapaz de preparar arroz sin quemarlo.
A cambio, ella descubrió que yo cocinaba igual de mal, que tenía una ligera adicción al chocolate y que era perfectamente capaz de perder las llaves mientras las llevaba en la mano.
—Vamos a llevarnos muy bien.
—¿Porque tenemos muchas cosas en común?
—No.
Porque ninguna sobreviviría sola.
Me eché a reír.
No podía discutirle.
Tenía toda la razón.
Mientras caminábamos por el campus observé a los estudiantes que iban y venían. Algunos corrían con libros bajo el brazo, otros estudiaban sentados bajo los árboles y había parejas caminando de la mano como si el resto del mundo no existiera.
Por un instante sentí una mezcla extraña de emoción y miedo.
Todo era nuevo.
Las personas.
Las clases.
La universidad.
Y yo nunca había sido especialmente buena enfrentándome a los cambios.
—¿En qué piensas?
La voz de Emma me sacó de mis pensamientos.
—En que espero no ser la más torpe del grupo.
Ella me miró con una sonrisa divertida.
—Llegaste hablándole a una estatua.
No prometo nada.
Le di un pequeño empujón en el hombro.
—Empiezo a arrepentirme de haberte conocido.
—Mentira.
Ya me quieres.
Rodé los ojos.
Tal vez sí. Un poquito.
Cuando llegamos al edificio de Psicología, el pasillo estaba lleno de estudiantes.
Un grupo conversaba con tanta emoción que era imposible no escucharlos.
—¿También les tocó Psicología de la Conducta?
—Sí.
—Qué mala suerte.
—¿Por qué?
—Porque la dicta Ferrer.
Emma me lanzó una mirada de reojo.
—Ya empezaron...
—¿Quién es Ferrer?
Ella abrió la boca para responder, pero otro estudiante habló primero.
—El profesor más difícil de la facultad.
—También dicen que es el mejor.
—Y el más exigente.
—Mi hermano estudió con él.
Todavía tiene pesadillas.
Las risas estallaron alrededor.
—¿Tan terrible es?
—Lo terrible es que siempre tiene razón.
Otro muchacho se acercó con una botella de agua en la mano.
—Si no estudias, te hace una sola pregunta y descubres que no sabes absolutamente nada.
—Pero jamás humilla a nadie.
Simplemente te hace pensar hasta que tú mismo encuentras la respuesta.
Emma negó con la cabeza.
—No les hagas caso.
Todos los semestres hablan de él como si fuera una leyenda.
Asentí, divertida.
La gente exageraba demasiado.
Después de todo... ¿Qué podía tener de especial un profesor?
Consulté mi horario por tercera vez.
Salón 304.
Miré el reloj.
—No puede ser...
Emma sonrió.
—¿Llegamos tarde?
—No.
Pero faltan dos minutos.
—Julieta...
—¿Sí?
—Respira.
Subimos las escaleras entre risas.
Cuando llegamos al tercer piso, el pasillo estaba completamente vacío.
Solo una puerta permanecía abierta.
304.
Me acomodé el cabello con la mano y respiré hondo.
—¿Lista?
Emma asintió.
Entré al salón y el corazón se me fue al estómago.
Todas las sillas estaban ocupadas.
Todas.
Excepto una.
La única silla libre estaba en la primera fila.
Justo frente al escritorio del profesor.
Solté el aire lentamente.
—Esto tiene que ser una broma...
Di un paso al frente.
Entonces una voz masculina, grave y completamente serena, rompió el silencio.
—¿Piensa quedarse de pie toda la clase, señorita...?
Sentí que todas las miradas del salón caían sobre mí al mismo tiempo.
Tragué saliva.
—Julieta.
Hubo un breve silencio.
—Bienvenida, Julieta.
Obligué a mis ojos a levantarse.
Y, por primera vez... Vi al profesor Ferrer.