Rosa es una joven humana que intenta reconstruir su vida en la moderna e imponente metrópolis de Silverwood tras la misteriosa muerte de su familia. Buscando un momento de escape, se entrega a una ardiente e intensa aventura de una noche con un desconocido de magnetismo animal en el club más exclusivo de la ciudad. Lo que ella cree que fue un encuentro pasajero se convierte en una obsesión cuando despierta con una extraña quemadura en su clavícula en forma de rosa marchita.
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Capítulo 11
Ethan apretó los dientes. Una mano pequeña, pero firme, buscó la de Rosa y la encontró, aferrándose con desesperación.
—Haz lo que debas —dijo—. Yo... si es lo que sea, hazlo.
Ella tragó saliva. ¿Qué haría? En los cuentos, en las leyendas que su abuela le murmuraba cuando aún conservaba el olor de la cocina en la ropa, la mujer marcada tenía poderes de sanación, sí, pero siempre a un precio. A menudo, un sacrificio. Era algo que Rosa había negado como una ficción romántica. Ahora, con la sangre caliente de Ethan tiñendo sus dedos, no había lugar para negar nada.
Comenzó a limpiar la herida con agua fría que recogió de una pequeña poza cercana, usando un trozo de tela para presionar en la entrada de la flecha. El contacto fue un latigazo. Ethan dejó escapar un alarido que partió la noche y luego se calló, jadeando. La plata ardía como si tuviera un fuego helado.
—Perdóname —musitó Rosa, y no supo si lo decía por él o por sí misma—. Prométeme que si te mueres... que si... no —se mordió el labio para que sus palabras no se desbordaran en un llanto que la humillaría—. Prométeme que lucharás.
Ethan la miró entonces con una claridad dolorosa que la atravesó.
—¿Qué me pasará si muero? —preguntó en voz baja—. ¿Lo entenderás? ¿Me guardarás?
La pregunta la golpeó con una violencia que la dejó sin aire. Ella pensó en la rosa marchita que había quedado sobre su cama, en la casa donde se despertó sola la primera vez, en la Torre Vance que se había transformado en campo de guerra. Pensó en su vida antes de llevar la marca: un mapa en blanco. Ahora ese mapa tenía nombres escritos en tinta indeleble: Ethan, manada, Vance, sangre...
—No te dejaré —dijo por fin, como si esa afirmación fuera un juramento ante la luna, los robles y la piedra—. Yo... yo no sé curar como las madres de las viejas historias, pero de alguna manera esto está dentro de mí. Lo siento. No sé lo que costará.
Él agarró su mano con más fuerza. Sus dedos eran fríos, pero había en su agarre una vida que antes, en la oficina, había apestado a poder absoluto y a un lujo insoportable. Ahora era fragilidad, esperanza, arrepentimiento.
—Me basta con eso —murmuró—. Con que intentes.
Se creó un silencio que no era vacío, sino lleno de cosas no dichas. Las ramas susurraban, los insectos hicoteaban una melodía monocorde, la luna seguía su circunferencia perfecta como un ojo atento.
Rosa respiró hondo y cerró los ojos. Hizo lo único que a su alcance parecía razonable: tocó la piel de Ethan alrededor de la flecha. Su marca ardía; lo notó como una reacción física, un calor que le subía por el hombro hasta la clavícula, donde la rosa de ceniza —o la marca que la representaba— brillaba con un tenue halo dorado. No era solo un símbolo. Era un conducto. Un viejo rumor de su sangre, una canción olvidada y, de repente, una luz.
La energía que fluyó fue extraña: líquida y viscosa, tibia y cortante. Rosa sintió que algo en su interior despertaba. No sabía pronunciarlo, no sabía contenerlo. La primera sensación fue de unión: la marca tiraba, como si una cuerda invisible la conectase a Ethan. El dolor en la herida se amplificó, pero no por la extracción; era como si la oscuridad incrustada en la plata se defendiese. La flecha había traído algo más que metal; había traído la intención de un enemigo.
—¿Lo sientes? —preguntó Ethan, con voz apagada—. Se siente como... como pezones de hielo.
Rosa tuvo que contener la risa y el llanto al mismo tiempo. Fue un efecto extraño. Sus manos comenzaron a brillar con una luz dorada, trémula al principio y luego más firme. Era como si un hilo de sol se hubiera enredado en sus venas. El musgo bajo sus rodillas humedeció su falda; la humedad no importaba, porque la verdad era que nada importaba salvo que aquella energía siguiera fluyendo.
—Te digo ahora la verdad —murmuró—. No tengo idea de cuánta de mi sangre queda intacta para estas cosas. Mi familia... no me dijo todo. Solo palabras: «cuando la luna nos reclame» y «no rompas el lazo antes de cerrarlo». Estaba cansada de esas frases. No pensé que harían falta.
Un gemido se escapó de la boca de Ethan. Había en su quejido una mezcla de pena y reconocimiento. Él también recordaba fragmentos de la historia de su gente: pactos antiguos entre alphas y linajes humanos que podían sostener o quebrar al líder. Muchos romances. Muchas tragedias. La Rosa de las Cenizas, alguna vez, había sido más que un mito: era la clave de la supervivencia de una estirpe.
—Qué ironía —dijo Ethan en voz baja—. El Alpha que lidera una manada de lobos necesita, más que cualquier otra cosa, la humanidad de alguien que lo ancle.
Rosa apretó la mandíbula. No quería que nadie la definiera como ancla. No quería ser solo eso. Pero la sensación de que algo en su interior expandía su presencia la hacía menos egoísta: la curación no era un regalo individual; era un intercambio en el que ambos se disolvían y se reconstruían.