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Entre Marea Y Silencio

Entre Marea Y Silencio

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencuentro / Completas
Popularitas:920
Nilai: 5
nombre de autor: Orozco

ella es bióloga marina volviendo a su pueblo costero para salvar el arrecife. el es el hijo del empresario que quiere construir el resort que lo destruiría. se odiaban en el colegio.diez años después la química no se fue

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epílogo

Dos meses después, Punta Negra seguía funcionando sin que Marina se despertara a las 5 AM.

Llegó al muelle 3 con café frío y la costumbre de mirar el mar antes que el teléfono. No había mensajes de emergencia. No había fotos de boyas cortadas. Solo el grupo de WhatsApp con un video de la nieta de Ricardo midiendo un fragmento y escribiendo: _29.4°C. Bien_.

Doña Lidia la vio llegar y le tiró una toalla desde la orilla.

“Llegas tarde”, dijo.

“Yo ya no firmo bitácora”, respondió Marina.

“Pues firmas café. Sirve”.

Bajaron juntas a revisar el vivero. No porque hiciera falta. Porque les daba la gana.

En la zona 4, los fragmentos de _Acropora_ habían crecido tres centímetros desde diciembre. Un pez loro juvenil pasó entre ellos sin asustarse. Ya no huía. Era de ahí.

Marina metió la mano al agua y tocó una colonia. No para medirla. Solo para sentir que seguía viva.

Mateo llegó con dos estudiantes nuevos de Quintana Roo. No le preguntó a Marina nada. Le preguntó a doña Lidia si podía usar la bomba del vivero.

“Usa lo que quieras”, dijo ella. “Pero si la rompes, la pagas”.

Mateo asintió y se fue a calibrar el medidor de pH.

No miró a Marina buscando aprobación. Ya no hacía falta.

Ricardo pasó con la lancha, saludó con la mano y siguió rumbo a la zona 2 con un grupo de ocho personas. Límite respetado. Dinero en la caja de la cooperativa.

Desde que dejó de ser enlace comunitario, se veía más relajado. Seguía llegando tarde a veces. Pero ahora traía pan dulce para todos.

Nadie la llamó “doctora”.

La llamaron por su nombre.

---

El mediodía trajo la reunión mensual de la cooperativa.

Se hizo en la plaza, bajo la palapa que ya no se caía con el viento.

Doña Lidia presidió. Llevaba una libreta nueva, sin manchas de tinta roja.

“Punto uno”, dijo. “Ingresos de noviembre y diciembre. Ricardo, explica tú”.

Ricardo se puso de pie. No usó notas.

“Entraron 87 mil pesos. 62 mil de buceo, 18 mil de talleres, 7 mil de la venta de fotos que tomaron los australianos. Gastos: 41 mil. Quedan 46 mil en el fondo”.

Nadie preguntó nada.

Todos habían visto los números en el pizarrón del centro de visitantes desde la semana pasada.

“Punto dos”, siguió doña Lidia. “Propuesta de Ricardo: bajar el límite de turistas en julio a seis personas por día por temporada de anidación”.

Hubo murmullos.

“Perdemos dinero”, dijo un guía.

“Ganamos tortugas”, respondió Ricardo. “Y el año pasado, cuando bajamos el límite, anidaron once. Este año quiero ver quince”.

Se votó.

Aprobado.

Marina levantó la mano también. No porque su voto valiera más. Porque era uno más.

Cuando terminó, doña Lidia cerró la libreta.

“Ya”, dijo. “A trabajar”.

Nadie aplaudió.

No hacía falta.

---

La tarde la pasó Marina en el centro de visitantes, con los dos estudiantes nuevos.

Uno era de Felipe Carrillo Puerto. Nunca había visto un coral de cerca.

El otro era de Mérida, hijo de un biólogo que le había dicho que esto no daba para vivir.

Marina no les dio una clase. Les dio una libreta, un medidor y los mandó con doña Lidia al vivero.

“Ella les explica mejor que yo”, dijo.

“¿Y usted?” preguntó el de Mérida.

“Yo observo”, respondió ella. “Para acordarme por qué empezó todo esto”.

Se quedó mirándolos desde la puerta.

Doña Lidia les gritó en los primeros cinco minutos. Luego les enseñó a medir sin romper. Luego les dio un taco de cochinita.

Funcionaba igual que con ella en 2026.

---

Al atardecer, Marina caminó hasta el muelle 3 sola.

El agua estaba plana. El cielo se estaba poniendo naranja.

Mateo llegó cinco minutos después, con la máscara colgada del cuello y el pelo mojado.

“Se te olvidó entrar”, dijo.

“Se me olvidó que ya no tengo que entrar”, respondió ella.

Se sentaron en el borde.

No hablaron de datos. No hablaron de fondos.

Hablaron de la nieta de Ricardo, que ahora quería estudiar biología marina en la UNAM.

Hablaron de los dos estudiantes nuevos, que probablemente se quedarían.

Hablaron de que la bomba del vivero hacía un ruido raro y que había que revisarla antes de que se descompusiera de verdad.

“¿Te arrepientes?” preguntó Mateo.

“¿De qué?”

“De dejar de ser la que decide todo”.

Marina miró el mar.

“No. Me arrepiento de haber tardado tanto”.

Mateo asintió.

Se quedaron en silencio un rato.

El silencio ya no era incómodo. Era cómodo. Como el de dos personas que no necesitan llenarlo.

---

La noche trajo la cena en casa de doña Lidia.

Pescado frito, frijoles, tortillas hechas a mano.

Estaban todos. Los 20 guías, los dos estudiantes, Ricardo con su nieta, Mateo, Marina.

Nadie habló de trabajo.

Hablaron de fútbol, de la telenovela que nadie veía pero todos comentaban, de que el hijo de Ricardo quería abrir un puesto de tacos en la carretera.

A la mitad de la cena, la nieta de Ricardo se levantó y puso una libreta nueva frente a Marina.

“Para que escribas lo que sigue”, dijo.

Marina la abrió.

La primera página estaba en blanco.

No escribió nada.

La cerró y se la devolvió.

“Escríbela tú”, dijo. “Yo ya escribí mi parte”.

La niña asintió.

Guardó la libreta como si fuera un tesoro.

---

Más tarde, cuando todos se fueron, Marina se quedó en el muelle 3 con Mateo.

Arriba, las estrellas estaban claras. Abajo, el agua reflejaba la luna.

No había ruido de lanchas. No había ruido de gente.

Solo el mar.

“¿Sabes qué es lo más raro?” dijo Marina.

“¿Qué?”

“Que ya no tengo miedo de que se caiga”.

Mateo sonrió.

“Porque no depende de ti”.

“Porque depende de ellos”, corrigió ella. “Y ellos no me van a fallar”.

Mateo le tomó la mano.

No dijo nada.

No hacía falta.

---

A la mañana siguiente, Marina se levantó a las 8 AM.

No tenía alarma.

No tenía reunión.

Tenía café caliente, el sonido del mar y la certeza de que si algo pasaba, le llegaría un mensaje.

Y si no llegaba, era porque no pasaba nada.

Abrió la puerta de la cabaña y salió a la orilla.

Doña Lidia ya estaba en el vivero, gritándole a un estudiante por no cerrar bien la válvula.

Ricardo pasaba con la lancha, silbando.

La nieta de Ricardo corría con la libreta nueva bajo el brazo, rumbo al centro de visitantes.

Marina respiró profundo.

Olí a sal, a pescado, a vida.

Guardó la libreta vieja en el cajón.

No la tiró.

No hacía falta.

El manual ya estaba escrito.

No en papel.

En la gente.

Y el mar, cuando lo dejas, no se olvida.

Sigue Creciendo

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