Prólogo
El olor a antiséptico y café frío solía ser el refugio de Elena. En el hospital, el mundo se dividía en constantes vitales, diagnósticos precisos y la satisfacción de devolverle el tiempo a quien creía haberlo perdido. Allí, ella tenía el control. Allí, la vida era un rompecabezas que siempre sabía cómo armar.
Pero esa noche, el control se le escapó entre los dedos con una sola llamada.
—Elena… por favor… no preguntes, solo ven.
La voz de Sofía no era la de la profesora alegre que siempre encontraba una lección de vida en cada tragedia. Era un susurro roto, ahogado por un dolor que Elena no podía identificar a través del teléfono. Y luego, el sonido de una respiración profunda, masculina y extraña, antes de que la comunicación se cortara.
El trayecto hacia la dirección en enviada por mensaje de texto no la llevó a una clínica de urgencias, sino a una de esas fortalezas de mármol y hierro que se escondían en las afueras de la ciudad. Un lugar donde el lujo gritaba tanto como el silencio.
Al bajar del auto, el aire se sintió más pesado, cargado con el olor de la lluvia reciente y algo metálico que le erizó la piel. Antes de llegar a la puerta, una figura se materializó desde las sombras de los robles.
No era el hombre que Sofía le había descrito meses atrás con ojos soñadores. Este hombre era más alto, de hombros imposibles y una mirada que no parecía humana, sino de acero pulido. No llevaba un traje italiano hecho a medida; vestía de negro, como si fuera parte de la misma oscuridad que lo rodeaba.
—¿La doctora? —preguntó él. Su voz era un trueno bajo, con un acento rudo que arrastraba las consonantes. Ruso.
Elena apretó su maletín médico, sintiendo que sus nudillos perdían el color.
—¿Dónde está mi amiga? ¿Qué le han hecho?
El hombre no respondió de inmediato. La escaneó con una lentitud que la hizo sentir vulnerable, analizando no solo su miedo, sino su determinación. Viktor Volkov no solía tratar con personas que salvaran vidas; su mundo se dedicaba a terminarlas. Pero por un segundo, algo en la postura firme de aquella mujer de bata blanca lo obligó a bajar ligeramente la guardia.
—Está viva —dijo él, dándose la vuelta para guiarla hacia el interior—. Pero si quieres que siga así, olvida todo lo que crees saber sobre el bien y el mal. Aquí dentro, doctora, las reglas las ponemos nosotros.
Elena cruzó el umbral, dejando atrás la luz de la calle y entrando en un reino de terciopelo y sangre. Sabía que, después de esa noche, el pulso de su propia vida nunca volvería a ser el mismo.
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La autoridad del silencio
Lorenzo permanecía en silencio, todavía de rodillas, procesando las palabras de Sofía. El hombre que podía negociar con los clanes más peligrosos de Europa no sabía cómo responder a la lógica aplastante de la mujer que tenía enfrente. La Sofía que él conocía —la que reía por tonterías y se maravillaba con sus regalos— se había desvanecido con el primer disparo de la noche anterior. En su lugar, había una mujer de mirada gélida y voz pausada, una Sofía que irradiaba una autoridad que él nunca esperó encontrar en un aula de primaria.
—Me quedaré hoy —continuó ella, rompiendo el pesado silencio—. Solo porque mi cuerpo aún no responde como debería y Elena me pidió que no hiciera esfuerzos. Pero mañana, Lorenzo, me iré a mi casa.
—Sofía, tu casa no es segura ahora —logró articular él, poniéndose de pie con torpeza—. Después de lo de anoche, mis enemigos saben quién eres. Mi mansión tiene seguridad, hombres armados las veinticuatro horas...
—Tus enemigos saben quién soy porque tú me pusiste en su radar —lo cortó ella con una calma que lo descolocó—. Y si estar contigo significa vivir rodeada de hombres armados, entonces esa no es una vida que yo quiera. Mañana me voy. No es una petición, Lorenzo. Es una decisión.
Lorenzo abrió la boca para protestar, pero la expresión de Sofía, seria e inamovible, lo detuvo. Era la misma mirada que usaba con sus alumnos cuando la disciplina no era negociable, pero cargada con el peso de una decepción profunda.
—Necesito un teléfono —añadió ella, extendiendo la mano—. No el mío, el tuyo o uno que no esté intervenido. Tengo que llamar a Elena; ella se fue angustiada y necesita saber que sigo estable.
Lorenzo sacó un dispositivo encriptado de su bolsillo y se lo entregó sin rechistar.
—También tengo que hablar con el rector del colegio —siguió Sofía, marcando números con dedos firmes—. Tengo que inventar una excusa creíble de por qué no iré a trabajar estos días. No puedo decirles que una bala de la mafia italiana me rozó el costado, ¿verdad? Y después… después llamaré a mi madre. Ella no puede saber nada de esto, Lorenzo. Si se entera de que su hija está metida en una casa de criminales, se moriría del disgusto.
—Puedo encargarme de la llamada al colegio, tengo gente que... —intentó intervenir Lorenzo, buscando desesperadamente ser útil.
—No —lo frenó ella de golpe—. Ya has hecho suficiente "encargándote" de las cosas a mis espaldas. A partir de ahora, yo gestiono mi vida. Tú quédate con tus negocios y tus guerras. Yo tengo que salvar los restos de mi normalidad.
Lorenzo asintió con la cabeza baja, sintiéndose pequeño en su propia fortaleza. Se dio la vuelta para salir, pero antes de cruzar la puerta, escuchó la voz de Sofía una vez más, esta vez más suave, pero igual de firme.
—Lorenzo… gracias por salvarme anoche. Pero salvar mi vida no te da derecho a poseerla.
Él no respondió. Salió al pasillo donde Viktor lo esperaba, apoyado contra la pared opuesta con los brazos cruzados. El ruso había escuchado suficiente para saber que su amigo acababa de perder la batalla más importante de su vida.
—Es más inteligente de lo que creías, ¿verdad? —comentó Viktor mientras caminaban hacia las escaleras.
—Es otra persona, Viktor —susurró Lorenzo, frotándose la cara con frustración—. No sé quién es esta mujer.
—Es la mujer que siempre fue, solo que ahora ha tenido que sacar las garras para sobrevivir a tu mundo —respondió Viktor, pensando por un segundo en la llamada que Sofía le haría a Elena—. Y sospecho que su amiga la doctora es exactamente igual.
Mientras tanto, en la habitación, Sofía marcó el número de Elena. Al escuchar la voz cansada de su amiga al otro lado de la línea, Sofía cerró los ojos y, por primera vez en toda la mañana, dejó que una lágrima de verdadera soledad rodara por su mejilla. Sabía que el camino de regreso a su vida anterior sería largo, y que Lorenzo Moretti no se rendiría tan fácilmente.