Noelia Pérez es una mujer mayor de 89 años que muere de un ataque al corazón, pero inexplicablemente despierta en otra realidad. No se ha convertido en ninguna preciosa jovencita, sigue siendo una mujer mayor, pero esta vez tiene unos 50 años, un gato tuerto, una casa desvencijada y un nieto delicado que viene a vivir por ser rechazado por su preferencia sexual. ¿Qué hará Noelia con esta nueva vida? Acompáñame y verás como solo hay que desear vivir con mucha fuerza para brillar desde la miseria más absoluta.
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La mujer que recordaba el hielo
La vida en el valle continuó su curso con aquella calma engañosa que parecía ser una de sus leyes naturales. Noelia había encontrado, finalmente, una manera de pertenecer a dos mundos sin sentir que traicionaba a ninguno. Los lunes y los miércoles bajaba de la montaña para dar sus clases de patinaje. El resto de la semana, salvo alguna necesidad puntual, permanecía en la cueva con Capitán esperando la llegada de sus chicos, atendiendo el pequeño universo que había construido alrededor de ellos. Para facilitarle los viajes, Carlos Santiesteban había aparecido un día con una solución que Noelia, por más que intentó rechazar, terminó aceptando. Un vehículo todoterreno ligero, compacto y extraordinariamente resistente, con tracción integral y neumáticos diseñados para caminos de montaña.
-No puedo aceptar esto, Carlos. -él se había limitado a mirarla con aquella paciencia que parecía ser una característica familiar de los Santiesteban.
-Noelia, sí puedes. -Carlos era el único que le decía su nombre siempre que estaban solos. Ella protestó.
-Es demasiado. No puedo aceptarlo.
-No.
-Carlos, este carro es muy caro.
-Estás utilizando dinero que ya era tuyo. -ella había guardado silencio. -Toda tu herencia de aquella vida terminó en manos de Elena. -continuó él. -Lo que hiciste fue entregárselo. No lo perdiste de vuelta y ahora, simplemente, estoy devolviendo una parte.
Noelia había querido discutir, pero no encontró argumentos. Así que aceptó. Desde entonces, los habitantes del valle comenzaron a acostumbrarse a una imagen que habría parecido imposible apenas unas semanas antes. Noelia descendiendo por los serpenteantes caminos de la montaña, al volante de aquel vehículo y lo hacía con una seguridad desconcertante. Ni demasiado rápido ni demasiado lento. Dominaba las curvas cerradas, calculaba perfectamente los desniveles y sabía exactamente cuándo reducir la velocidad antes de una pendiente. Lían y Mateo la observaban fascinados.
-¿Dónde aprendiste a conducir así? -preguntó Mateo una mañana. -Noelia ni siquiera apartó la mirada del camino.
-Practicando.
-¿Cuándo?
-Cuando era joven.
Los dos jóvenes intercambiaron una mirada. Aquello les pareció suficiente. Después de todo, eran adolescentes. Tenían asuntos mucho más importantes en la cabeza que preguntarse cómo una mujer que, según ellos, apenas había tocado una bicicleta de pedal durante toda su vida y además había pasado los últimos siete años prácticamente encerrada, podía manejar un vehículo todoterreno con aquella precisión. No obstante, concluyeron con desenfado juvenil, Lía era Lía y eso a sus ojos parecía explicar muchas cosas. La idolatraban como a una santa. Lo mismo ocurrió una semana después con las motos. Fátima había sido todavía más generosa. Dos modernas todoterreno aparecieron en la montaña, una para Lían y otra para Mateo. Los muchachos casi perdieron la razón.
-¡¿Son nuestras?!
-Sí. -respondió Noelia.
-¿De verdad?
-De verdad.
-¡No puede ser! -Mateo prácticamente abrazó a Noelia. Lían, intentando conservar algo de dignidad, se limitó a rodear su nueva y flameante moto con una expresión de absoluta felicidad y Capitán con evidente envidia gatuna primero estiró todo lo que pudo sus garras y encontró muy satisfactorio afilarlas en la goma trasera de una de las motos y después con evidente dignidad herida por no ser mimado, tomó absoluta posesión del asiento de la otra. Mientras los chicos se burlaban del enfadado Capitán, poco sospechaban de la verdad detrás de aquel obsequio. Fátima había impuesto una condición.
-No les digas que vienen de nosotros. -Noelia había fruncido el ceño.
-¿Por qué?
-Porque quiero que crean que se las diste tú.
-Fátima, no me gusta ocultarle cosas a los chicos. Me estás pidiendo casi que les deje creer una mentira.
-Déjalos disfrutarlo. Es mi forma de disculparme por lo que hizo Andrés. Además ellos lo necesitan. Sí un día se enteran yo asumiré las consecuencias. Al final son chicos buenos y educados.
Y así fue. Para Lían y Mateo, las motos eran un regalo de Lía, cuestión que hizo que fueran para ellos todavía más especiales. De pronto tenían independencia. Podían bajar al pueblo cuando quisieran, recorrer los senderos del valle y visitar a sus amigos sin depender de nadie. El valle, por su parte, se organizó alrededor del nuevo horario de Noelia. Los lunes y miércoles nadie subía a la montaña. No porque alguien lo hubiera prohibido. Simplemente, todos sabían que eran los días en que Noelia bajaba al pueblo, pero los martes, jueves y viernes aquello era otra historia. El camino hacia la montaña se convertía en un desfile constante. Una mujer llegaba con un problema familiar. Un hombre aparecía preocupado por sus negocios. Una anciana buscaba consejo. Una pareja necesitaba hablar. Un adolescente llegaba con el corazón roto y siempre terminaba ocurriendo lo mismo. Las soluciones aparecían.
-Ya fuiste con Lía. -Noelia había pasado de ser una mujer misteriosa a convertirse en una especie de consejera informal del valle. Santa, psicóloga, gurú. Todo al mismo tiempo, sin que ella dijera una palabra, pero había una persona que no subía. Amparo y aquello comenzó a preocupar a todos. Desde aquel domingo lejano en que Noelia había bailado sobre el hielo con la gracia imposible de un hada de las nieves, Amparo no había vuelto a la montaña. Al principio nadie le dio importancia. Después pasaron dos semanas. Luego tres y finalmente el pueblo entero empezó a hablar. Porque Amparo jamás había sido silenciosa. Era una mujer de carácter fuerte, lengua rápida y opiniones perfectamente formadas. Ahora, en cambio, parecía llevar un secreto enterrado detrás de los ojos y clavado en el alma.
-Habla con Lía. Sube a la montaña. Te hará bien. No puedes seguir así. -aconsejaba medio valle y Amparo siempre respondía lo mismo.
-Estoy bien.
Pero no estaba bien. Porque había descubierto algo. O creía haberlo descubierto y aquello era mucho peor. Desde niña había escapado de casa algunas noches para llegar hasta el lago. Se escondía entre los árboles y contemplaba, fascinada, aquella figura que aparecía sobre el hielo. Noelia. Su hada del invierno. La joven que bailaba como si el hielo no fuera una superficie, sino una prolongación de su cuerpo. Amparo había crecido con aquella imagen grabada en la memoria. Hasta que un día el lago pareció reclamar a su hada.
Lloró mucho, pero nunca olvidó a Noelia y ahora cuando volvió a verla sobre el hielo en un cuerpo diferente algo se desconfiguró en su realidad. Sintió algo imposible y sin embargo, todo era exacto a como recordaba. La mirada. El gesto. La forma de inclinar la cabeza. La manera de mover las manos. El modo en que el silencio parecía rodearla. Todo le resultaba conocido. Demasiado conocido. Lía. Noelia. Noelia. Lía. Dos nombres. Un mismo rostro. Una misma alma. Aquella idea la perseguía incluso mientras dormía, pero había otra posibilidad. Que estuviera loca y esa era la que más miedo le daba. Por eso no subía. Porque si se equivocaba, si preguntaba y Noelia simplemente la miraba como quien observa a una mujer perturbada... ¿Qué haría entonces? El viernes, finalmente, el pueblo perdió la paciencia. La preocupación llegó hasta el alcalde Santos y también hasta el sheriff. Ambos escucharon el informe con expresión grave.
-No habla con nadie. -dijo una vecina.
-Come poco. -añadió otra.
-Y lleva semanas mirando al lago como si esperara que apareciera alguien. -el alcalde intercambió una mirada con el sheriff. Aquella tarde fueron a buscarla.
-Amparo.
-No.
-Ni siquiera hemos dicho nada.
-Sé lo que van a decir. -el sheriff suspiró.
-Entonces sabes que tienes que subir.
-No estoy loca.
-Nadie ha dicho que lo estés.
-Todavía. -el alcalde se acercó.
-Amparo, medio pueblo está preocupado por ti.
-Pues dígales que estoy perfectamente.
-No lo estás. -ella lo miró. Durante unos segundos nadie dijo nada. Finalmente el sheriff tomó su abrigo.
-Vamos.
-¿Adónde?
-A la montaña.
-¡No! -pero ya era demasiado tarde. Entre ambos hombres prácticamente la escoltaron montaña arriba. Amparo protestó durante todo el camino. Hasta que finalmente llegaron. La cueva apareció frente a ellos. El sheriff señaló la entrada.
-Ahí está.
-No pienso entrar.
-No tienes que entrar.
-Entonces ¿por qué me trajeron? -el alcalde señaló la puerta.
-Porque quizá la persona que está ahí dentro pueda ayudarte a decir aquello que llevas semanas intentando decir. -Amparo tragó saliva.
-¿Y si estoy equivocada? -el alcalde la miró con una seriedad inesperada.
-Entonces Lía te lo dirá.
-¿Y si no lo estoy? -el hombre guardó silencio. Amparo comprendió que tampoco él sabía qué responder. Los dos hombres descendieron nuevamente. Ella quedó sola. Frente a la entrada de la cueva. El viento movió su cabello. Durante unos segundos no hizo nada. Después levantó la mano, pero antes de tocar la puerta se abrió. Noelia estaba allí. Llevaba un suéter grueso, el cabello recogido de manera descuidada y una taza humeante entre las manos. La miró. No sorprendida. No asustada. Como si hubiera sabido que tarde o temprano aquella visita ocurriría.
-Pasa Amparo. -la mujer sintió que se le aflojaban las piernas. Aquella voz era diferente, pero la manera de pronunciar era la misma que recordaba. No podía ser.
Amparo entró. La cueva estaba cálida. Aunque ya casi no parecía una cueva. Apenas si se veían vestigios de roca. Aquello era una residencia modesta, moderna y muy bonita. Había una pequeña mesa de madera, algunos libros, mantas, instrumentos de cocina y una tranquilidad casi sobrenatural. Mateo y Lían no estaban. Probablemente habían bajado al pueblo. Amparo permaneció de pie. Noelia dejó la taza sobre la mesa.
-Siéntate. -Amparo obedeció. Durante un largo momento ninguna habló. Finalmente Noelia tomó asiento frente a ella.
-¿Qué sucede? -Amparo levantó los ojos.
-Quiero preguntarte algo.
-Pregúntame.
-Y necesito que no te rías.
-No voy a reírme.
-Ni que pienses que estoy loca. -Noelia sostuvo su mirada.
-Tampoco. -Amparo respiró profundamente.
-Cuando era niña iba al lago. -Noelia no se movió. -Me escapaba de casa.
-Lo sé. -Amparo se quedó inmóvil.
-¿Cómo que lo sabes? -Noelia bajó la mirada hacia sus manos.
-Continúa. -aquello hizo que el corazón de Amparo golpeara con fuerza.
-Yo iba a verte... A ti. -Noelia levantó lentamente la mirada. -Te veía bailar sobre el hielo. -los ojos de Amparo comenzaron a llenarse de lágrimas. -No sabía quién eras. No sabía de dónde venías. Solo sabía que cuando bailabas todo parecía detenerse. Eras mi hada del hielo. -Noelia permaneció completamente quieta. -Yo tenía miedo de que un día desaparecieras si compartía mi secreto, pero quise saber... Pregunté tu nombre. Era una niña. Siempre he sido curiosa. -una lágrima recorrió la mejilla de Amparo. -Y desapareciste. -Noelia respiró profundamente.
-Amparo... No...
—No. -la mujer levantó una mano. -Déjame terminar. -Noelia asintió. -Volvía para verte aquel día. Iba feliz. Durante toda la semana no había podido escaparme de mi madre y ahora sabía el nombre de mi hada del hielo. -su voz comenzó a quebrarse. -Y entonces entendí algo que no quería entender. -Tú ya no estabas. Después me enteré que te habías ahogado en el lago. Un accidente decían. Yo siempre creí que fue un castigo para mí por hablar de mi hada. -miró fijamente a Noelia. -No sé cómo. Tú eres ella. -el silencio que siguió fue absoluto. Ni siquiera el viento parecía atreverse a entrar.-Noelia mi hada. -Noelia cerró los ojos durante un instante. Amparo se llevó ambas manos al rostro. -Dios mío... estoy loca.
-No. -la respuesta fue inmediata. Amparo levantó la cabeza.
-¿No? -Noelia la observó con una ternura profunda.
-No estás loca. -Amparo dejó escapar una respiración temblorosa.
-Entonces dime que estoy equivocada. -Noelia no respondió. Aquello fue suficiente. Los ojos de Amparo se abrieron.
-Eres tú de verdad. -Noelia bajó la mirada.
-Sí.
Amparo comenzó a llorar. No de miedo. No exactamente. Era algo mucho más antiguo. La niña que había corrido durante años hasta el lago seguía viviendo dentro de aquella mujer y acababa de descubrir que aquella figura que había convertido en un recuerdo imposible nunca había sido un sueño. Su hada había vuelto y esta vez no compartiría ese secreto con nadie.
-Sabía que eras tú. -susurró. -Noelia se levantó y se acercó a ella. Amparo no retrocedió.
-¿Por qué?
-Porque algunas cosas no se olvidan. ¿Por qué volviste? -Noelia suspiró.
-Porque algunas historias tampoco terminan cuando creemos que han terminado. -Amparo la miró a los ojos.
-¿Y por qué nunca dijiste nada? -Noelia sonrió con tristeza.
-Porque nadie necesitaba saber quién era yo.
-¿Y ahora?
-Ahora quizá sí. -Amparo tomó su mano. Fue un gesto pequeño, pero para ambas significó mucho.
-Entonces no estaba loca. -Noelia negó lentamente con la cabeza.
-Nunca lo estuviste. -Amparo soltó una risa entre lágrimas.
-El pueblo va a volverme loca cuando vuelva. -Noelia sonrió.
-No tienes que contarle a nadie si no quieres. -Amparo la miró.
-¿Quieres que guarde el secreto?
-Quiero que hagas lo que tú consideres correcto. -Amparo pensó unos segundos. Después sonrió.
-Entonces guardaré este. -Noelia arqueó una ceja.
-¿Por qué?
-Porque hay recuerdos que pertenecen a una persona. -miró hacia la ventana. -Y aquel lago... -volvió los ojos hacia ella. -Siempre fue mío.
Noelia sonrió de nuevo. Entendía perfectamente. Amparo sintió que aquella niña que corría hacia el lago podía descansar. Porque finalmente había encontrado a la mujer que había ido a buscar toda su vida. El hada del hielo. Su Noelia y ahora su Lía.