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Hasta Encontrarte Otra Vez

Hasta Encontrarte Otra Vez

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Nath O.

Él la rechazó el mismo día que descubrió que era su compañera destinada. Años después, convertido en Alfa, comprende que perderla fue el peor error de su vida. Pero ella ya no vive en la manada… y un humano ocupa el lugar que él dejó vacío. Ahora tendrá que demostrar que algunas promesas merecen una segunda oportunidad.

NovelToon tiene autorización de Nath O. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Ya no somos niños

Trece años después…

El sonido del acero atravesó el campo de entrenamiento.

Las espadas chocaban una y otra vez bajo el sol de la mañana, levantando pequeñas nubes de polvo con cada movimiento. Decenas de guerreros rodeaban el círculo de combate, observando en absoluto silencio.

En el centro estaba Kaleb.

Alto.

Más de un metro noventa de estatura.

Su espalda ancha y los años de entrenamiento hacían que incluso la ropa sencilla que usaba pareciera hecha para un guerrero. El cabello negro caía ligeramente sobre su frente, húmedo por el sudor, mientras unos intensos ojos azules permanecían concentrados en cada movimiento de su adversario.

Era un hombre difícil de ignorar.

No solo por su apariencia.

Había algo en su forma de caminar, de mantenerse erguido, de mirar a los demás, que imponía respeto incluso antes de hablar.

Muchos decían que había heredado la presencia de su padre.

Otros aseguraban que la superaría.

—Otra vez —ordenó el Alfa.

Kaleb giró la espada de entrenamiento entre los dedos.

Frente a él había tres guerreros.

No era un combate justo.

Nunca lo era.

Desde hacía meses, su padre había decidido que ya no entrenaría contra un solo oponente.

—Empiecen.

Los tres atacaron al mismo tiempo.

El primero lanzó un golpe directo al pecho.

Kaleb dio apenas medio paso hacia un lado.

El segundo intentó alcanzarle las piernas.

Saltó.

Mientras aún estaba en el aire, bloqueó el ataque del tercero.

El choque del acero resonó con fuerza.

Giró sobre sí mismo.

Desarmó al primero.

Empujó al segundo con el hombro.

Y colocó la punta de la espada sobre el cuello del último.

Todo ocurrió en cuestión de segundos.

El silencio fue absoluto.

Después comenzaron los aplausos.

No eran aplausos de sorpresa.

Eran de reconocimiento.

Aquello empezaba a convertirse en una costumbre.

—Basta.

La voz del Alfa hizo que todos retrocedieran.

Kaleb bajó inmediatamente la espada.

Respiraba con fuerza.

No por el esfuerzo.

Sino porque sabía que los verdaderos comentarios llegaban después del combate.

Su padre caminó lentamente hasta quedar frente a él.

Lo observó unos segundos.

—Tu velocidad mejoró.

Kaleb esperó.

Siempre había un “pero”.

—Pero sigues confiando demasiado en tu fuerza.

El joven sonrió.

—Lo estaba esperando.

Una leve sonrisa apareció también en el rostro del Alfa.

—Y yo esperaba que esta vez me sorprendieras.

Los guerreros comenzaron a dispersarse.

Muchos saludaban a Kaleb con respeto.

Otros le daban una palmada en el hombro.

Era evidente que ya no lo trataban como al hijo del Alfa.

Lo trataban como al hombre que, tarde o temprano, ocuparía su lugar.

—Aún no entiendo cómo lo haces.

Kaleb levantó la vista.

Ethan caminaba hacia él con dos botellas de agua.

Había cambiado tanto como él.

Seguía siendo el más bromista del grupo.

Pero ahora era un guerrero formidable.

Le lanzó una botella.

Kaleb la atrapó sin esfuerzo.

—¿Hacer qué?

—Fingir que no sabes que acabas de humillar a tres guerreros.

—Solo entrenábamos.

Ethan soltó una carcajada.

—Eso mismo dices siempre.

Se apoyó en la cerca de madera.

Después bajó un poco la voz.

—¿Tu lobo dijo algo?

Kaleb negó lentamente.

—Nada.

Ethan suspiró.

No hacía falta explicar el tema.

Toda la manada sabía de qué hablaban.

La Primera Luna era el acontecimiento que marcaba el inicio de la vida adulta de todo hombre lobo.

No ocurría exactamente al cumplir dieciocho años.

Sino durante la primera luna llena después de cumplirlos.

Aquella noche, la manada se reunía en el Bosque de la Luna.

No había música.

Ni celebraciones.

Solo silencio.

Porque nadie podía predecir cómo reaccionaría un lobo al despertar.

El dolor era inevitable.

Los huesos se alargaban.

Los músculos cambiaban.

La piel ardía como si el fuego corriera por debajo de ella.

Algunos gritaban durante minutos.

Otros durante horas.

Y cuando finalmente la transformación terminaba…

Nunca volvían a estar solos.

El lobo despertaba.

Desde entonces compartían la misma mente.

No eran dos seres diferentes.

Eran uno.

El humano podía sentir los instintos del lobo.

El lobo percibía las emociones del humano.

No hablaban constantemente.

Al principio apenas eran sensaciones.

Con el tiempo llegaban pensamientos.

Impulsos.

Opiniones.

Y había algo que todos los ancianos enseñaban desde niños.

Todos los lobos nacían incompletos.

Vivían envueltos en un extraño silencio.

Como si esperaran a alguien.

Solo cuando aparecía el compañero destinado…

Ese silencio desaparecía.

Era entonces cuando el lobo despertaba por completo.

Cuando comenzaba a expresarse con claridad.

Cuando dejaba de sentirse incompleto.

Kaleb había vivido su Primera Luna tres años atrás.

Desde entonces se había transformado decenas de veces.

En patrullas.

Entrenamientos.

Misiones de vigilancia.

Su lobo era uno de los más grandes de Luna de Plata.

Pelaje negro.

Ojos azules.

Fuerte.

Paciente.

Pero…

Extraordinariamente silencioso.

Nunca había pronunciado un solo pensamiento claro.

Y aquello solo significaba una cosa.

Su compañera destinada aún no había aparecido.

—Empiezan a preocuparse.

Kaleb volvió a mirar a Ethan.

—¿Quiénes?

—Todos.

Los ancianos.

Mi madre.

La sanadora.

Hasta mi abuela pregunta cuándo vas a encontrar a tu compañera.

Kaleb soltó una risa cansada.

—Como si pudiera decidirlo.

—Lo sé.

Ethan bebió un poco de agua.

—Pero eres el futuro Alfa.

Muchos creen que debería haber ocurrido hace tiempo.

Kaleb permaneció en silencio.

No era algo que le quitara el sueño.

O al menos…

Eso intentaba convencerse.

Porque había una verdad que jamás había confesado.

Ni siquiera a Ethan.

Cada luna llena…

Una parte de él esperaba sentir algo.

Una señal.

Una voz.

Un cambio.

Nunca ocurría.

Y, en el fondo de su corazón, había una razón por la que deseaba tanto que llegara ese día.

Una razón que tenía nombre.

Alyssa.

Alyssa.

Kaleb bajó la vista hacia la botella que sostenía entre las manos.

Durante años se había repetido que era natural pensar en ella.

Habían crecido juntos.

Había sido su responsabilidad desde que la encontró con cinco años, escondida entre las raíces de un roble, temblando y sin recordar de dónde venía.

Era lógico que quisiera protegerla.

Lógico que supiera reconocer sus pasos antes de verla.

Lógico que pudiera encontrarla en cualquier rincón del territorio sin necesidad de preguntar.

Lógico que la buscara con la mirada cada vez que entraba a un lugar.

Al menos, eso se decía.

—Ahí viene tu problema —murmuró Ethan.

Kaleb levantó la cabeza.

—¿Qué problema?

Ethan señaló con la barbilla hacia el sendero que conducía al río.

—Ese.

Alyssa caminaba junto a Nora con una cesta apoyada contra la cadera.

La distancia no impedía reconocerla.

Kaleb habría podido hacerlo entre cien personas.

Le faltaban menos de dos meses para cumplir dieciocho años. Ya no quedaba casi nada de la pequeña niña que había caminado detrás de él por todo el bosque, con el cabello enredado y las mangas demasiado largas.

Había crecido.

Su cabello castaño le caía hasta la mitad de la espalda, recogido aquella mañana en una trenza floja de la que escapaban algunos mechones. Sus ojos conservaban el mismo color miel de la infancia y su rostro tenía facciones suaves, agradables, sin esa perfección exagerada que hacía girar todas las cabezas al mismo tiempo.

Alyssa era bonita.

Pero no de una forma que exigiera atención.

Era de esas mujeres cuya belleza se descubría poco a poco.

En la manera en que sonreía cuando alguien la llamaba.

En cómo inclinaba ligeramente la cabeza al escuchar.

En la calma que parecía acompañarla incluso en los días difíciles.

Algunos hombres tardaban en reparar en ella.

Kaleb nunca había tenido ese problema.

La había visto siempre.

—No es un problema —respondió, demasiado rápido.

Ethan sonrió.

—Claro que no.

—Cierra la boca.

—No dije nada.

—No hace falta.

Ethan soltó una carcajada y se apartó de la cerca justo cuando las dos jóvenes llegaron al campo de entrenamiento.

—¿Terminaste? —preguntó Alyssa.

Kaleb levantó una ceja.

—¿No parece?

Ella recorrió con la mirada su camisa húmeda, la arena adherida a sus brazos y la espada todavía apoyada contra la cerca.

—Parece que te arrojaron al suelo varias veces.

Ethan se llevó una mano al pecho, fingiendo escándalo.

—Alyssa, acabas de herir el orgullo del futuro Alfa.

—Sobrevivirá.

Kaleb sonrió.

—Derroté a tres guerreros.

—Entonces ellos también necesitan bañarse.

Nora soltó una risa.

Ethan señaló a Alyssa con satisfacción.

—Por esto sigue siendo mi favorita.

—Hace diez minutos dijiste que Nora era tu favorita —le recordó Liam al acercarse.

Ethan se encogió de hombros.

—Mis afectos son cambiantes.

—Tu lealtad también —replicó Nora.

Los cinco volvieron a reunirse como si no hubiera pasado un solo día desde su infancia.

Aunque sí había pasado.

Trece años.

Y cada uno llevaba ahora responsabilidades que entonces no existían.

Liam trabajaba junto al Consejo y participaba en la planificación de las patrullas. Ethan era guerrero y se preparaba para convertirse en uno de los hombres de confianza de Kaleb. Nora llevaba años formándose con la sanadora y ya era capaz de atender heridas menores sin supervisión.

Alyssa también había encontrado su lugar.

Mara le había enseñado todo lo que sabía sobre plantas, ungüentos y remedios. No poseía todavía la experiencia de Nora, pero tenía una sensibilidad especial para reconocer qué necesitaban los demás, incluso antes de que se lo pidieran.

Kaleb, por su parte, cargaba con el futuro de todos.

Ninguno lo mencionaba cuando estaban juntos.

Era una de las razones por las que buscaba tanto aquellos momentos.

Con ellos no era el heredero.

Solo Kaleb.

—Mara mandó esto para los que entrenaron —dijo Alyssa, levantando la cesta.

Ethan se acercó de inmediato.

—Sabía que te quería.

—No es para ti si sigues hablando así.

—Retiro lo dicho.

Dentro había pan, fruta, queso y pequeños frascos de agua con hierbas.

Alyssa repartió las porciones mientras los demás se acomodaban alrededor de una mesa cercana.

Cuando llegó frente a Kaleb, le entregó un trozo de pan y uno de los frascos.

—Bébelo.

Él examinó el líquido.

—¿Qué tiene?

—Algo para el dolor muscular.

—No me duele nada.

Alyssa lo miró directamente.

—Kaleb.

Él sostuvo su mirada durante un instante.

Después destapó el frasco y bebió.

Ethan soltó un silbido bajo.

—El hombre que derrota a tres guerreros, sometido por una sola mirada.

Kaleb le lanzó una manzana.

Ethan la atrapó, riendo.

Alyssa negó con la cabeza, pero Kaleb alcanzó a ver la sonrisa que intentaba ocultar.

Su lobo permaneció quieto.

No dijo nada.

Nunca decía nada.

Pero la inquietud que lo acompañaba durante los entrenamientos disminuyó en cuanto Alyssa estuvo cerca.

Eso también ocurría desde hacía años.

No podía ser una señal.

El vínculo entre compañeros destinados no se manifestaba hasta que ambos lobos habían despertado. Alyssa aún no había vivido su Primera Luna. Hasta entonces, seguía siendo imposible que Kaleb la reconociera, aunque el destino hubiera decidido unirlos.

Y quizá no lo había hecho.

Alyssa podía despertar y descubrir que su compañero pertenecía a otra manada.

Podía encontrarlo entre los guerreros de Luna de Plata.

Podía ser alguien que ninguno conocía todavía.

Cada vez que Kaleb pensaba en esa posibilidad, algo incómodo se instalaba detrás de sus costillas.

No eran celos.

No podía sentir celos de un hombre que ni siquiera existía.

—¿Cuánto falta exactamente? —preguntó Ethan con la boca llena.

Alyssa frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Para tu cumpleaños.

Nora respondió por ella.

—Siete semanas.

—Cincuenta días —precisó Liam.

Ethan lo miró.

—Por supuesto que los contaste.

—Alguien debe recordar las fechas importantes.

Alyssa bajó la vista hacia sus manos.

La conversación dejó de parecerle divertida.

Kaleb lo notó.

—¿Te preocupa?

Ella levantó la mirada.

—¿Qué cosa?

—Tu Primera Luna.

Todos guardaron silencio.

No era una pregunta ligera.

Habían hablado de aquella noche desde niños, pero cuanto más cerca estaba, menos parecía una ceremonia y más una frontera que Alyssa debía cruzar sola.

—Un poco —admitió.

Nora tomó su mano.

—Estaré cerca.

—Todos estaremos —añadió Liam.

Ethan asintió con una seriedad poco habitual en él.

—Y si tu loba intenta comernos, correré más rápido que Liam.

—Eso no ayuda —dijo Nora.

Alyssa sonrió, aunque la inquietud no desapareció por completo.

Kaleb la observó.

—No tienes que fingir que no te da miedo.

Ella pasó el pulgar por el borde del frasco vacío.

—He escuchado cómo gritan algunos durante la transformación.

—La primera es la peor.

—Eso dicen todos los que ya sobrevivieron.

Kaleb apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Duele. No voy a mentirte.

Alyssa esperó.

—Pero el dolor termina.

—¿Cuánto tarda?

—Es diferente para cada persona. En mi caso fueron varios minutos.

Ethan hizo una mueca.

—Parecieron horas desde afuera.

Kaleb ignoró el comentario.

—Al principio sientes que tu cuerpo está luchando contra sí mismo. Después dejas de resistirte. El lobo encuentra su forma y todo se vuelve más rápido.

—¿Y luego?

Él recordó aquella noche.

La tierra fría bajo sus patas.

Los sonidos del bosque multiplicados.

El aroma de cada miembro de la manada.

La presencia de su padre junto a él.

Y aquel silencio extraño dentro de su cabeza.

—Luego vuelves a respirar —respondió—. Pero ya no eres exactamente la misma persona.

Alyssa lo miró con atención.

—¿Porque aparece el lobo?

—Porque descubres que siempre estuvo ahí.

Ella bajó la vista.

—¿Tu lobo te habló aquella noche?

Kaleb negó.

—No con palabras.

Durante la Primera Luna, el lobo despertaba como una presencia instintiva. Al principio transmitía hambre, alerta, curiosidad o protección. Con los meses, esas sensaciones podían volverse pensamientos breves.

Pero la voz completa permanecía dormida.

Esperando.

—¿Nunca ha hablado con claridad? —preguntó Alyssa.

Kaleb sostuvo su mirada.

—No.

Todos sabían lo que significaba.

Su compañera destinada aún no había aparecido.

La expresión de Alyssa cambió apenas. Fue un movimiento tan pequeño que quizá nadie más lo habría advertido.

Kaleb sí.

—¿Te preocupa no encontrarla? —preguntó ella.

La pregunta parecía sencilla.

La respuesta no lo era.

—A veces.

—¿Y cómo sabrás que es ella?

Ethan abrió la boca, pero Nora le dio un codazo antes de que pudiera convertir aquello en una broma.

Kaleb respondió sin apartar los ojos de Alyssa.

—Dicen que el lobo la reconoce antes que el hombre.

—¿Por el aroma?

—También. Pero no es solo eso.

El compañero destinado no era reconocido únicamente por una fragancia particular, como contaban algunas historias humanas. El vínculo se manifestaba en el cuerpo entero.

El pulso cambiaba.

Los sentidos se concentraban en una sola persona.

El lobo abandonaba el silencio.

Y por primera vez aparecía una certeza que no necesitaba demostraciones.

—Simplemente lo sabes —concluyó.

Alyssa jugueteó con una hebra suelta de su trenza.

—Debe ser extraño.

—Debe serlo.

—¿Y si no te gusta?

La pregunta sorprendió a todos.

Ethan dejó de masticar.

Liam levantó la vista.

Kaleb frunció ligeramente el ceño.

—¿Cómo que si no me gusta?

—La persona. Puedes reconocerla y no conocerla. Quizá sea desagradable. O egoísta. O quiera vivir en otro lugar. Tal vez no te ame.

Kaleb había pensado muchas veces en encontrar a su compañera.

Jamás había considerado que ella pudiera no elegirlo.

—El vínculo no obliga a nadie —dijo Liam—. Solo muestra compatibilidad.

Alyssa asintió.

—Lo sé. Por eso pregunto.

Kaleb se recostó contra el respaldo.

—Entonces tendría que ganarme su confianza.

—¿Y si no quiere dártela?

Él no supo por qué sintió que aquella conversación hablaba de algo más que una mujer desconocida.

—Lo respetaría.

Alyssa lo estudió unos segundos.

—¿Aunque sea tu compañera destinada?

—Especialmente si lo fuera.

El silencio que siguió fue breve, pero distinto.

Nora miró a Alyssa.

Después a Kaleb.

Ethan pareció a punto de decir algo, pero Liam negó discretamente con la cabeza.

Alyssa sonrió.

—Buena respuesta, futuro Alfa.

—Siempre doy buenas respuestas.

—No exageres.

La conversación se desvió hacia otros temas, pero Kaleb continuó pensando en lo que ella había preguntado.

¿Qué haría si su compañera destinada no lo quisiera?

No tenía respuesta.

Había crecido creyendo que la llegada de aquel vínculo resolvería una parte de su futuro. Que encontraría a alguien capaz de caminar a su lado cuando asumiera el liderazgo.

Nunca había considerado que el destino pudiera señalar a alguien cuyo corazón ya estuviera en otra parte.

Y tampoco quería preguntarse por qué, al imaginarlo, veía los ojos de Alyssa.

Horas después, los cinco caminaron hacia el Bosque de los Secretos.

La vieja casa del árbol seguía en pie, aunque ninguno se atrevía ya a subir. La madera estaba envejecida y algunas tablas se habían desprendido con los inviernos.

Ethan se detuvo frente al roble.

—Podríamos repararla.

—Ya no cabemos —dijo Nora.

—Podemos hacerla más grande.

Liam examinó las ramas.

—Tendríamos que reconstruir casi todo.

—Entonces la reconstruimos.

Alyssa se acercó al lugar donde habían enterrado la caja de su infancia.

La piedra que la cubría seguía allí.

Se agachó y apartó algunas hojas.

—¿Creen que siga intacta?

—Solo hay una manera de saberlo —respondió Ethan.

Kaleb negó.

—Prometimos abrirla cuando fuéramos adultos.

Ethan extendió los brazos.

—Míranos. Somos adultos.

—Alyssa todavía no —dijo Nora.

Alyssa le lanzó una hoja seca.

—Faltan menos de dos meses.

—Entonces esperaremos —decidió Kaleb.

Ethan protestó.

—Tú ya llevas tres años siendo adulto.

—Según tú, yo nací viejo.

—Es cierto.

Alyssa se sentó sobre una de las raíces del roble.

Kaleb ocupó el lugar a su lado.

Los demás continuaron discutiendo sobre cómo reparar la casa.

—¿Estás bien? —preguntó él en voz baja.

Ella asintió demasiado rápido.

—Sí.

—Sigues pensando en la transformación.

—Un poco.

Kaleb miró el claro que tantos recuerdos guardaba.

—Mi padre estuvo conmigo durante la mía.

—Lo sé.

—Yo también estaré en la tuya.

Alyssa volvió la cabeza.

—Solo pueden quedarse cerca el Alfa, la sanadora y la familia.

—Soy el heredero.

—Eso no te convierte en Alfa todavía.

—Entonces encontraré otra forma.

Ella sonrió.

—No puedes romper las reglas solo porque estás preocupado.

—Puedo intentarlo.

—Sigues siendo el mismo niño mandón.

Kaleb soltó una risa baja.

—Y tú sigues metiéndote sola en el bosque.

—Tenía cinco años.

—Pudo volver a pasar.

—No volvió a pasar.

—Porque aprendí a vigilarte mejor.

Alyssa lo empujó con el hombro.

—No necesito que me vigiles.

—Lo sé.

La respuesta salió sin la burla habitual.

Ella lo miró.

Kaleb sostuvo sus ojos.

—Pero quiero estar allí.

Alyssa dejó de sonreír por un instante.

No parecía incómoda.

Solo sorprendida por la seriedad de su voz.

—Entonces estarás —dijo al final.

Era una promesa pequeña.

Una más entre las muchas que habían compartido.

Sin embargo, algo en el pecho de Kaleb se relajó.

Alyssa apoyó las manos sobre la raíz y levantó el rostro hacia las ramas.

—¿Alguna vez piensas en cómo será todo después?

—¿Después de qué?

—De mi Primera Luna. De que tú te conviertas en Alfa. De que todos encontremos compañeros y tengamos otras responsabilidades.

Kaleb miró a Ethan, Liam y Nora.

Después volvió a ella.

—No tiene que cambiar todo.

—Ya cambió.

Tenía razón.

Ethan ya no era el niño que construía puentes torcidos. Liam participaba en reuniones del Consejo. Nora atendía heridos. Alyssa estaba a punto de despertar a su loba.

Y Kaleb se acercaba cada día más al cargo que definiría toda su vida.

—Tal vez podamos conservar algunas cosas —dijo.

Alyssa bajó la vista hacia la caja enterrada.

—¿Como este lugar?

—Como nosotros.

Ella sonrió, pero había cierta tristeza en ella.

—Ya no somos niños, Kaleb.

Él la observó durante unos segundos.

No, ya no lo eran.

Y quizá por eso la cercanía de Alyssa comenzaba a sentirse distinta.

Por eso notaba el movimiento de sus labios cuando sonreía.

Por eso le costaba apartar la mirada cuando el viento soltaba mechones de su cabello.

Por eso la idea de que otro hombre pudiera ser su compañero destinado le provocaba una incomodidad que no sabía nombrar.

—No —admitió—. Ya no.

Desde el otro lado del claro, Ethan los llamó.

Alyssa se levantó primero.

Antes de alejarse, extendió una mano hacia Kaleb.

Era un gesto que había repetido cientos de veces durante su infancia.

Él la tomó.

Pero aquella vez, cuando sus dedos se cerraron alrededor de los de ella, sintió algo diferente.

No sobrenatural.

Su lobo continuó en silencio.

Fue algo completamente humano.

Una conciencia repentina del calor de su piel.

De lo fácil que resultaba acercarla.

De lo mucho que deseaba no soltarla todavía.

Alyssa pareció sentir también el cambio, porque sus ojos descendieron hacia las manos unidas.

Ninguno dijo nada.

Ella fue la primera en apartarse.

—Vamos —murmuró.

Kaleb la siguió.

Y mientras caminaba detrás de ella, comprendió que quizá llevaba demasiado tiempo esperando que la Luna le dijera algo que su propio corazón ya había empezado a entender.

El problema era que Alyssa aún no había cumplido dieciocho.

Su loba dormía.

El destino guardaba silencio.

Y hasta que llegara su Primera Luna, Kaleb no tendría manera de saber si aquella esperanza que había alimentado durante años era una promesa…

O el comienzo de la peor decepción de su vida.

1
Yadira Alvarez
hasta ahora me va gustando veremos
Yadira Alvarez
hasta ahora me va gustando veremos👌
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