"—Nos vamos a casar y punto. No tienes opción.
Esa fue su 'propuesta'. Sin anillo, sin flores, sin un 'te amo'. Solo un arrebato de control cuando intenté dejarlo."
Valeria siempre fue la esposa abnegada, la que esperaba en casa, la que justificaba cada desplante de Adrián pensando que el trabajo era su única prioridad. Nunca imaginó que el engaño no era otra mujer, sino la mentira sobre la que construyó toda su vida: él jamás la amo.
Atrapada en una jaula de cristal donde su voz no cuenta, aparece Dorian, un hombre cuya sola presencia impone respeto y temor. Él ve el dolor detrás de los ojos de Valeria y decide intervenir.
Dorian no pide permiso; destruye las defensas de Valeria con una devoción obsesiva y protectora que la hará dudar de todo lo que conoce.
Un matrimonio por manipulación. Un deseo peligroso. ¿Qué pasa cuando el hombre equivocado decide que eres suya?
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Cruce de miradas
Si alguien me hubiera dicho hace unas semanas que mi noche terminaría sosteniendo una copa de champaña que ni siquiera quería, mientras mi esposo ardía en una rabia contenida a mí lado, les habría creído. Al fin y al cabo, ese era el guión de mi vida. Lo que no estaba en el mapa era que un hombre como Dorian Blackwood me mirara como si yo fuera la única persona real en una habitación llena de maniquíes.
Después del golpe seco con el que rechazó a Adrián, Dorian no se alejó del todo. Se quedó a un par de metros, rodeado por un círculo de magnates que buscaban su aprobación como si fuera el mismísimo aire. Sin embargo, su atención no estaba en ellos.
Para desgracia de la dignidad de mi esposo, Dorian no disimuló en absoluto.
Cada vez que Dorian daba un trago a su whisky o fingía escuchar a los ejecutivos que intentaban meter la cuchara sobre la licitación, su mirada regresaba a nuestro rincón. Yo mantenía la vista fija en el suelo, concentrada en el diseño del mármol o en las burbujas de mi copa, buscando desesperadamente cualquier distracción para no devolverle el contacto visual. Pero era inútil; sentía la densidad de su escrutinio quemándome la piel, una presencia helada y dominante que me obligaba a encogerme sutilmente sobre mí misma.
A mi lado, Adrián estaba a punto de colapsar. Sentía la tensión en su brazo, rígido como una piedra, y la forma en que apretaba la mandíbula mientras intentaba mantener una sonrisa forzada frente a dos de sus socios que se habían acercado.
—Vaya, Adrián... parece que al señor Blackwood le llamó la atención tú esposa—murmuró uno de los directivos con un tono entre divertido y malicioso.
—No seas iluso, Sterling —respondió una mujer que se sumó al grupo, bajando la voz con una falsa discreción que solo buscaba hincar el diente—. Todos en esta ciudad saben cómo funciona la mente de Dorian. Cuando a ese hombre le gusta algo, no hay nadie que pueda decirle que no.... y mucho menos otro hombre.
Un murmullo de risas contenidas flotó entre los invitados. Mantuve la cabeza gacha, creyendo que hablaban de la codiciada concesión de la bahía o de la arrogancia habitual de la élite.
—Y parece que esta noche no le están interesando los planos de arquitectura, sino tu acompañante —añadió Sterling con una sonrisa socarrona, lanzando un gesto con la cabeza en mi dirección antes de volver a ver a Adrián—. Si yo fuera tú, tendría mucho cuidado de dónde la dejas parada.
El veneno de la humillación le corrió a Adrián por las venas de golpe. Los nudillos de sus manos se pusieron completamente blancos alrededor de su copa. Que el hombre más poderoso de la ciudad lo hubiera ignorado era una herida grave; pero que el resto de los presentes estuviera comentando en su cara cómo Blackwood no me quitaba los ojos de encima era directamente una tortura para su ego.
En un intento desesperado por protegerme de la incomodidad, apreté los dedos alrededor de mi copa y di medio paso hacia atrás, ocultándome casi por completo detrás del hombro de Adrián. Sin embargo, al alzar la vista un milisegundo por puro instinto, cometí el error de cruzarme de nuevo con la mirada de Dorian.
Desde la distancia, él sostuvo mi mirada con una calma peligrosa, alzando su vaso en un gesto casi imperceptible antes de dar un sorbo. Un escalofrío me recorrió entera.
—Nos vamos. Ahora —masculló Adrián entre dientes, tomándome del brazo con una brusquedad que casi me hace tirar la bebida.
—Sí, Adrián —respondí de inmediato, bajando la cabeza y dejándome arrastrar hacia la salida.
Apreté los labios mientras caminábamos a paso rápido hacia el auto. Mi esposo caminaba rígido, echando chispas de rabia, sin sospechar que su desesperación por impresionar al hombre más peligroso de la ciudad acababa de abrir una puerta de la que ninguno de los dos saldría ileso.