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Ámame, Esposo Mío

Ámame, Esposo Mío

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Aventura de una noche / Embarazo no planeado / Reencuentro / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: ErKa

Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.

Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.

Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.

Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.

¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?

NovelToon tiene autorización de ErKa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap. 13 - Una pequeña preocupación

Max tenía la vista clavada en la pantalla del celular. Lo volteaba una y otra vez entre las manos. En realidad, esa mañana había querido ir a la casa grande. Quería ver cómo estaba aquella mujer y, de paso, convencer a su madre. Pero al recordar lo mucho que ella le temía y lo odiaba, terminó por desistir. Lo único que pudo hacer fue mandar a su asistente a la casa para que le entregara la tarjeta del cajero.

Nicolás le había avisado que su madre estaba dispuesta a recibir a la mujer en la casa grande por un tiempo. Max sintió un alivio enorme al oírlo. Solo esperaba que su madre la tratara bien.

Como en esa casa el único que parecía estar de su lado era Nicolás, al final decidió llamar a su segundo hermano.

—¿Qué pasó, Max?

—Nico, quería preguntarte cómo está ella.

—Si tanto te preocupa, ve a verla tú mismo. ¿Para qué me preguntas a mí? ¿Crees que no tengo nada que hacer?

—Pero si me tiene miedo. ¿Cómo voy a ir a verla?

—Ese es tu problema. Ya, tengo un montón de trabajo. Si tan preocupado estás, háblales a tus cuñadas. Ellas están en la casa; puedes pedirles que te cuiden a tu esposa…

—¿Cuál esposa, Nico? Siempre dices puras tonterías.

—Pues es que te preocupas muchísimo por esa muchacha. Pareces un marido angustiado por su mujer…

—Porque está embarazada de mi hijo. Por eso me tiene preocupado. Estoy pensando en mi hijo, no en ella.

—Ajá, sí, pura excusa. Bueno, me regreso al trabajo.

Y Nicolás colgó sin más, dejando a Max todavía más confundido. Al final decidió llamar a Gerardo a su oficina.

—¿En qué puedo ayudarle, señor?

—¿Cómo está ella?

—La señorita Camila está bien, señor.

—¿Y qué cara tenía?

—¿A qué se refiere, señor?

—¿Triste? ¿Contenta? Lo que sea. ¡¿Por qué tengo que explicártelo todo con lujo de detalles?! ¡¿No entiendes lo que te estoy preguntando?!

—Se veía desconcertada, señor. Pero sí aceptó la tarjeta que usted le mandó.

—Ah, ya. ¿Y ya se bañó? ¿Qué ropa traía puesta? —preguntó Max sin pensarlo, y Gerardo se quedó perplejo ante semejante interrogatorio.

—Eh, mmm… No sabría decirle, señor. Pero en cuanto a la ropa, creo que era la misma de anoche, señor…

—¡Bah! Debí tirar todas sus cosas a la basura. ¿Por qué se pone esos trapos tan feos? —masculló Max para sí, y a Gerardo le dio por pensar: si a su jefe le intrigaba y le preocupaba tanto la muchacha, ¿por qué no iba a verla en persona?

—Bueno, ya puedes retirarte.

—Sí, señor.

En cuanto Gerardo salió, Max se quedó enredado en sus propios pensamientos. La aparición de esa mujer y de su bebé no lo dejaba concentrarse en el trabajo. Los pendientes se le acumulaban. Tenía la cabeza dividida y ya no lograba enfocarse en nada. Aunque había conseguido que ella se quedara en la casa grande, por alguna razón no estaba tranquilo. Le inquietaba que la gente de allá la tratara mal.

Mamá la va a tratar bien, ¿no? Lleva a su nieto en el vientre; no puede ser injusta con ella. Max soltó un resoplido pesado. No sabía qué actitud tomar. Primero se había empeñado en que ella viviera en la casa grande y, ahora que lo había logrado, resultaba que estaba preocupado por cómo la estaría pasando. ¿Por qué de pronto era tan veleta?

Lo cierto era que llamar a cualquiera de sus cuñadas le costaba un poco de orgullo. Siempre se había mostrado frío con ellas. Al parecer, eso estaba a punto de dejar de ser así. A regañadientes, marcó el número de Catalina, la esposa de Nicolás, con quien le parecía más fácil hablar que con Regina, la esposa de Enrique.

Tras un par de cortesías un tanto rígidas, se tragó el orgullo y le pidió a Catalina que cuidara de Camila. Aunque ella se sorprendió un poco, terminó aceptando. Al colgar, Max le escribió un mensaje a Camila, quien todavía no le había respondido el de la noche anterior.

Camila se acercó a Tere y a Aurelia, que estaban sentadas no muy lejos de ella. Iba a vivir en esa casa los próximos meses, así que al menos tenía que llevarse bien con la gente de ahí. Si los señores no podían aceptarla, por lo menos podía ganarse a sus empleados, ¿no?

—Disculpe, ya terminé con esto. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudar? —le preguntó a Aurelia, que parecía la de carácter más fuerte de las dos.

Tere y Aurelia se miraron. Se quedaron calladas un buen rato, dudando. Luego Tere le susurró algo a Aurelia al oído, y esta asintió varias veces, de acuerdo.

—¿De veras quieres hacer más cosas?

—Sí. ¿Hay algo más que pueda hacer?

—Bueno, si tanto insistes… En el fregadero hay un montón de trastes sin lavar. Cuando acabes, vas por la ropa sucia de las habitaciones. Luego limpias cada cuarto. Después te digo qué más. Primero termina lo que te acabo de decir.

—Muy bien.

Camila se puso con la primera tarea. Con cuidado lavó la pila de ollas y sartenes. Al cabo de un rato, por fin terminó.

—Disculpe, todavía no me sé bien la casa. ¿Podría enseñarme dónde están las habitaciones? —preguntó con timidez. Las dos empleadas lo discutieron entre ellas y, al final, decidieron que Tere la llevaría a dar la vuelta.

Tere la guio por la casa. Camila trataba de memorizar cada espacio por el que pasaban.

—La casa tiene diez habitaciones, sin contar los cuartos del servicio. Cinco están abajo y cinco arriba. La de la señora y la del primer joven señor están en la planta baja; las del segundo y el tercer joven señor, en el piso de arriba. Lo que tienes que hacer es recoger la ropa sucia y limpiar sus habitaciones. ¿Entendiste?

—E-en realidad, ¿cuántas personas de la familia viven aquí?

—Nada más la señora, los dos jóvenes señores y sus esposas. En total son cinco patrones a los que tenemos que obedecer. Antes eran seis, pero luego el joven señor Max decidió irse a vivir aparte. Oye, hay algo que me tiene con curiosidad. ¿Qué eres tú del joven señor Max? Oímos el chisme de que estás esperando un hijo suyo. ¿Es cierto? —preguntó Tere, sin poder contener las ganas.

El chisme que corría entre el servicio era que la noche anterior el joven señor Max había llegado a la casa grande con una muchacha que, según decían, estaba embarazada de él. El joven señor había obligado a su familia a aceptarla en la casa. Pero a la mañana siguiente la señora la había sacado de la habitación de su hijo y la había mandado a un cuarto del servicio, igual que ellas. Tere y las demás se morían de curiosidad por saber si la historia era cierta, así que aprovechó la ocasión para preguntárselo directamente.

Camila asintió con tristeza. No tenía ningunas ganas de hablar de algo que le dolía tanto. Tere notó la pena en su rostro y tuvo la consideración de quedarse callada y no seguir preguntando.

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Alcenia Acosta
La ponen demasiado gafa
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