Trilogía: Pecados de Élite
Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar
Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.
Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.
El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.
Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.
Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.
¿Qué podría salir mal?
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Capítulo 10: Ecos de culpa
Victoria Morgan.
Nunca en mi maldita vida creí que sería capaz de admitir algo semejante, ni siquiera en el silencio más oscuro de mi propia mente. Me dolía en el alma lo que le había pasado a Dante; la simple idea de que pudiera morir me contraía el pecho con una garra helada de puro terror. Pero, al mismo tiempo, una frustración oscura, animal y egoísta me consumía por dentro, me devoraban las ganas rabiosas de estar a solas en una habitación con su hermano, de dejar de fingir y de saciar de una vez por todas esta maldita obsesión que me quemaba la sangre.
Sentía que me volvía completamente loca. Alec había aparecido en mi vida solo para joderme la existencia por completo.
¿Por qué demonios no se había quedado en Washington? ¿Por qué la F.E.E.M. tenía que enviar precisamente a él tras la tragedia? ¿Por qué el pecado andante de metro noventa y dos que me había evitado durante cuatro largos años tenía que plantarse de pronto frente a mi puerta, con esa mirada de zafiro y los brazos cruzados, desafiando cada átomo de mi voluntad?
Mientras intentaba poner orden en el caos de mis pensamientos, mis ojos no podían evitar desviarse hacia los tatuajes oscuros que asomaban por las mangas arremangadas de su camisa, recordando la textura de su piel y su cabello revuelto. Tenía que parar. Era mi cuñado, el hermano del hombre al que le había jurado fidelidad. Era un problema con patas y debía mantenerme a kilómetros de distancia. Pero, por supuesto.
¿cómo diablos se suponía que iba a lograrlo si teníamos que trabajar mano a mano en la misma operación clasificada?
Por otro lado, las horas en el hospital avanzaban con una lentitud desesperante. Habían pasado casi siete horas eternas desde que el sargento Vance nos había dado la terrible noticia, y los médicos seguían sin salir a darnos un parte médico definitivo sobre el estado de Dante. Los nervios, la frustración, la rabia y una migraña punzante me martillaban las sienes. Sentía que en cualquier momento iba a sufrir un colapso nervioso absoluto o que me rebotarían los viejos ataques de pánico que tanto me había costado enterrar; y lo último que podía permitirme era desmoronarme allí, bajo la mirada afilada de ese maldito dios griego que parecía analizar cada uno de mis parpadeos desde la esquina contraria de la sala de espera.
—Vicky... mira nada más el estado en el que estás, hija —la voz dulce y cansada de mi suegra me sacó de golpe de mi cavilación —toma, por favor. No te he visto probar bocado en todo la noche.
Me ofreció un vaso de cartón humeante con café y una pequeña charola con comida ligera.
—Gracias, señora... pero de verdad no tengo hambre, el estómago se me ha cerrado por completo —le contesté con un hilo de voz, apartando la mirada.
Ella suspiró con profunda resignación, dio unos pasos y se sentó pacientemente a mi lado en los asientos de plástico frío.
—¿Te puedo hacer una pregunta muy directa, Victoria? —me dijo con una seriedad que me hizo tensar todos los músculos del cuerpo. Asentí despacio, sin atreverme a hablar —¿Pasa algo entre Alec y tú?
Sentí que el corazón se me subía a la garganta y amenazaba con reventarme en las costillas. La simple mención de su nombre en los labios de la madre de ambos hizo que el aire se volviera irrespirable, convenciéndome de que era imposible ocultar lo evidente, de que mi culpa debía estar escrita a fuego en mi rostro.
—¿Pasar?... ¿De qué habla? —solté con una falsa ligereza que sonó patética y temblorosa incluso para mí.
—Vicky, conozco a mis hijos mejor que nadie en este mundo. Sé perfectamente que en el fondo se quieren, pero llevan toda la vida compitiendo ferozmente entre ellos. No son como tú y tus hermanos, que se protegen y se apoyan, ellos rara vez pasan cinco minutos sin sacarse chispas. Y conozco demasiado bien a Alec —continuó explicando con un tono pausado y penetrante —Cuando algo o alguien le interesa de verdad —lo cual es rarísimo, porque él jamás mira más allá de su propia conveniencia —se nota en el aire. Te observa con una intensidad enfermiza, como si quisiera diseccionarte el alma. No te mira como un cuñado mira a la novia de su hermano... parece que a mi hijo mayor le....
—¡Familiares del capitán Dante Cross! —la voz seca y tajante del médico de guardia resonó por el pasillo, cortando las palabras de mi suegra de tajo.
Me levanté de un salto, agradeciendo en silencio a todos los santos haber esquivado esa bala por los pelos. Los padres de Dante corrieron hacia el doctor, y yo los seguí de cerca con las manos unidas con fuerza frente a mí.
—La cirugía fue un éxito, lograron extraer la ojiva y contener la hemorragia interna sin complicaciones mayores —nos informó el especialista, limpiándose las gafas con fatiga —Por ahora, el paciente se encuentra estable, pero fue trasladado directamente a la unidad de terapia intensiva. Las próximas diez horas son absolutamente cruciales para evaluar su respuesta neurológica y descartar infecciones.
—¿Podemos pasar a verlo aunque sea un minuto, doctor? —le suplicué, con la voz quebrada por la urgencia.
—Lo lamento profundamente, señorita. Por protocolo estricto de cuidados intensivos, las visitas quedan suspendidas por el resto de este día. Podrán verlo hasta mañana por la mañana, si todo marcha bien. Lo mejor que pueden hacer ahora es irse a descansar a sus casas y volver con energía —respondió el médico antes de dar media vuelta y perderse por el pasillo de urgencias.
Di un par de pasos hacia atrás y busqué con la mirada el rincón donde Alec había estado apostado hacía unos minutos, pero ya no estaba. Había desaparecido sin que me diera cuenta de en qué momento exacto se había marchado. Sin embargo, en ese instante, su ausencia era lo que menos me importaba, la única verdad inquebrantable que flotaba en mi mente era que Dante se estaba recuperando, y eso debía ser mi única prioridad en el mundo.
—Vic, hazle caso al doctor. Vete a descansar a tu casa, nosotros nos quedaremos aquí vigilando —me propuso el padre de Dante con una sonrisa comprensiva.
—No, de ninguna manera. Vayan ustedes a descansar, ya son horas de que duerman algo, yo me quedaré aquí en la sala de espera —insistí con firmeza, negándome a moverme —además, así aprovechan para traerle algo de ropa limpia a Dante de su alcoba, ya conocen lo maniático y especial que es su hijo con sus cosas personales...
—Tienes razón, hija... estarás bien aquí? —me preguntó mi suegra, mirándome con una mezcla de afecto y profunda preocupación.
—Sí, váyanse tranquilos, por favor. Yo les aviso cualquier novedad —les aseguré con una sonrisa forzada.
Me acerqué a ambos para envolverlos en un abrazo cálido y reconfortante antes de su partida. Fue en ese momento exacto, con los brazos de la madre de Dante rodeando mi espalda, cuando ella deslizó sus labios junto a mi oído y pronunció unas palabras que se clavaron en mi cerebro como un puñal envenenado...
—Si vas a cometer una locura y a encender un fuego que no vas a poder apagar, asegúrate al menos de no destruir a nadie más en el proceso, Victoria... Yo te quiero, admiro tu temple y me hace inmensamente feliz que formes parte de esta familia. Pero ten esto siempre muy presente... Dante te ama con una devoción ciega, mientras que Alec... Alec es un hombre roto que no sabe amar a nadie sin destruirlo todo a su paso —me susurró con una desgarradora tristeza antes de separarse y caminar hacia los elevadores del brazo de su esposo.
Aquella advertencia resonó en las paredes de mi mente como una sentencia de muerte anticipada, advirtiéndome con crudeza que ceder una sola vez más a los impulsos que Alec despertaba en mí significaba abrir una puerta sin retorno, un abismo del que jamás saldría limpia.
Me dejé caer pesadamente sobre la fría silla metálica de la sala de espera, reclinando la cabeza contra el respaldo y cerrando los ojos con fuerza. Fue una pésima idea. Bastó con un segundo de oscuridad para que mi mente traicionera me devolviera la imagen nítida del primer beso en la feria de The Quays, seguido de la brutal y hambrienta colisión de nuestros labios en mi alcoba hacía apenas unas horas. Mi cuerpo entero reaccionó al recuerdo con una sacudida eléctrica, un estremecimiento de calor que me recorrió desde la nuca hasta la punta de los dedos.
Abrí los ojos de golpe cuando el timbre metálico del elevador indicó la llegada de alguien al piso. Levanté la vista y vi al capitán Liam Kincaid y al sargento Christian Frost caminando hacia mí con paso apresurado por el pasillo estéril.
—Casi está amaneciendo, Victoria. ¿Se puede saber qué haces todavía aquí sentada congelándote los huesos y sin dormir? —me recriminó Liam con genuina preocupación, tomando asiento a mi lado.
—Me quedaré el tiempo que sea necesario hasta que me dejen verlo con mis propios ojos —les contesté cortante, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Toma, bebe esto, te va a ayudar a mantener los ojos abiertos un par de horas más —me ofreció Christian, tendiéndome un nuevo vaso de café humeante.
Tomé el vaso entre mis manos temblorosas y le di un sorbo largo. El ardor del líquido caliente me quemó la garganta, devolviéndome de golpe a la amarga realidad. En ese instante, el teléfono celular de Liam comenzó a vibrar con estridencia en el bolsillo de su chaqueta. Se levantó con fastidio para contestar la llamada, alejándose un par de metros hacia la ventana. Lo observé de reojo, su rostro se ensombreció, pasó una mano sudorosa por su cabello castaño despeinándolo por completo y colgó de inmediato, regresando a nosotros con una expresión de profunda incredulidad.
—¿Qué pasa, Liam? Habla de una vez —le exigí, sintiendo un nuevo vuelco en el estómago.
—Acaban de reportar un altercado en el estacionamiento del hospital... El sargento de guardia dice que Alec está completamente ebrio, encerrado en su auto y armando un escándalo del carajo con los guardias de seguridad —soltó Liam sin filtros.
Me quedé petrificada. Las palabras de mi suegra sobre la naturaleza destructiva de Alec volvieron a latir en mis sienes. Me di cuenta de que habían pasado varias horas desde que mis suegros se habían marchado y yo me había quedado flotando en mi propia miseria.
¿En qué maldito momento había perdido la noción del tiempo?
—Iré yo misma a buscarlo y lo arrastraré a su apartamento —sentencié, poniéndome de pie de un salto antes de que Liam pudiera moverse.
—Espera, Victoria, deja que vaya yo, es un asunto entre compañeros de armas... —intentó detener me Christian.
—No, déjalo, Christian. Quédense ustedes aquí por si hay noticias de Dante,yo me encargo de él, y de paso tomo un taxi directo a casa para cambiarme de ropa —les corté con una autoridad que no admitía réplica, y caminé deprisa hacia los elevadores.
Bajé al estacionamiento oscuro y húmedo, No tardé en localizar el Ferrari negro mate de Alec, estaba aparcado de manera desastrosa atravesando dos cajones. Varios guardias de seguridad intentaban calmar a gritos a un hombre que golpeaba el volante desde el interior. Me acerqué a zancadas, abrí la puerta del copiloto y me subí de golpe.
—¡Alec Cross! —le grité con toda la fuerza de mis pulmones, zarandeándolo del hombro hasta obligarlo a girar el rostro hacia mí —¿Se puede saber qué diablos te pasa por la cabeza? ¡Tu hermano está en este preciso momento luchando por su vida en terapia intensiva, y tú te pones a hacer el imbécil aquí abajo armando peleas con los guardias! ¡Madura de una vez!
Él me miró fijamente. Sus ojos de zafiro estaban inyectados en sangre, oscurecidos por el alcohol, el agotamiento y una rabia sorda que parecía devorarlo por dentro. No opuso la menor resistencia cuando le arrebaté con furia las llaves de contacto de las manos. Me pasé al asiento del piloto, encendí el motor con un rugido y bajé la ventanilla para disculparme con los guardias estupefactos:
—Lo siento muchísimo, caballeros... Yo me lo llevo ahora mismo. Lamento de verdad el escándalo que ha provocado.
—No se preocupe, mi Teniente... Lléveselo con cuidado antes de que despierte al comandante general —respondió el guardia de seguridad, haciéndonos una seña para que saliéramos de ahí.
Pisé el acelerador a fondo, sacando el auto del estacionamiento a toda velocidad. Saqué mi teléfono y marqué con torpeza el número de Liam para que me dictara la dirección exacta del apartamento particular de Alec en la ciudad, anoté mentalmente las calles, colgué sin darle explicaciones y programé el GPS con manos temblorosas.
Diez minutos más tarde, frenaba bruscamente frente al edificio residencial de lujo donde vivía el coronel. Tuve que pedirle ayuda al vigilante de la entrada para poder subirlo, entre el guardia y su compañero logramos sostener el peso de Alec por los pasillos hasta la puerta de su departamento. Marqué el código de seguridad que Liam me había dado, lo arrastramos hasta la sala y lo dejamos desplomado sobre el amplio sofá de piel. Agradecí con la respiración agitada al personal de seguridad y los despedí en la puerta.
Justo cuando me disponía a marcharme, el sonido de unos pasos apresurados en el pasillo interior me hizo girar la cabeza. Una mujer alta, de cabello rubio platinado y envuelta en una bata de seda negra, apareció frente a mí con el rostro marcado por la genuina preocupación.
—¡Ay, por Dios santo!... ¿Qué le ha pasado? ¿Por qué huele así? —exclamó ella con la voz alterada, corriendo hacia el sofá donde Alec yacía con los ojos cerrados.
Me quedé congelada en medio de la sala, sintiendo una punzada extraña e incómoda en el pecho al ver a aquella mujer moverse con tanta familiaridad en el espacio privado de Alec.
—Su hermano menor fue herido de gravedad en una misión, y el brillante coronel decidió que la mejor forma de lidiar con su frustración era ahogarse en alcohol y buscar peleas en el estacionamiento —le solté con una mezcla de desprecio y amargura que no pude disimular. Dejé las llaves de su auto sobre la mesita de centro —ya lo traje a salvo, debo irme de inmediato al hospital.
La mujer se giró para mirarme de arriba abajo, deteniendo sus ojos en mi uniforme táctico y en mis facciones tensas.
—Eres su novia o algo así, ¿verdad? —me preguntó con curiosidad directa.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Negué con la cabeza de inmediato, sintiendo que la respuesta quemaba en mis labios.
—No... no soy su novia. Soy su... soy una teniente de la F.E.E.M. —le aclaré con rigidez castrense.
—Vaya... Como te llames, eres muy linda —me dijo ella con una sonrisa enigmática, cruzándose de brazos—. Ten cuidado con él, chica. Alec es un desastre cuando se lo propone.
—Me llamo Victoria... y ya me voy —sentencié con un hilo de voz.
Antes de cruzar el umbral de la puerta y escapar de aquel apartamento, eché un último vistazo hacia la sala. Vi a Alec tirado en el sofá, respirando de manera pesada, y por primera vez me asaltó una duda terrible que me dejó vacía por dentro
¿lo que le pasaba era genuina preocupación por la salud de su hermano, o era simplemente su maldito ego de macho alfa herido al no poder controlarlo todo?
Sin esperar la respuesta, cerré la puerta tras de mí y me tuve de marchar, sabiendo que ya no había marcha atrás.
Victoria Morgan