Entregada a un implacable líder de la mafia para saldar las deudas de su padre, elena debe firmar un matrimonio por contrato de un año sin imaginar que el peligro real será enamorarse de su comprador.
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Capítulo 2: La jaula de cristal
El viaje hacia la residencia Vance fue un martirio silencioso.
Elena Sánchez permanecía encogida en el extremo derecho del asiento trasero del lujoso sedán negro, pegando la espalda a la portezuela tanto como le era posible. Sentía el cuerpo entumecido, azotado por un temblor incontrolable que no lograba sofocar ni siquiera apretando sus manos con fuerza sobre su regazo. A su lado, envuelto en una penumbra elegante y vistiendo la misma calma imperturbable que lo caracterizaba, Alexander Vance no le había dirigido la palabra desde que abandonaron el deplorable departamento de su padre.
A través del cristal tintado, empapado por las gruesas gotas de la tormenta, Elena veía pasar las luces de la ciudad. Edificios grises, callejones oscuros y, finalmente, las amplias avenidas del distrito más exclusivo y adinerado. Sabía que con cada kilómetro recorrido se alejaba más de la única vida que conocía, por muy miserable que esta hubiera sido. Su padre había cobrado su propia libertad a costa de la de ella. Lo había entregado todo en aquella mesa: su dignidad, su cuerpo y su futuro.
Alexander mantenía la mirada fija en la pantalla de su teléfono móvil, desplazando documentos y respondiendo mensajes de negocios con una frialdad casi mecánica. Sin embargo, su presencia llenaba por completo el habitáculo del vehículo. Su perfume —una mezcla de notas amaderadas, cuero costoso y un matiz sutil de tabaco fino— impregnaba el aire, volviendo la respiración de Elena cada vez más difusa y pesada.
—Vas a romperte los dedos si sigues apretándolos de esa manera —habló Alexander repentinamente, sin desviar la atención de la pantalla de su teléfono.
La voz profunda y vibrante resonó en el interior del automóvil, haciendo que Elena diera un brinco violento por el susto. El corazón le dio un vuelco contra el pecho y apresuradamente soltó sus propias manos, que lucían rojas y marcadas por la presión de sus uñas.
—Lo... lo siento —susurró ella, bajando aún más la cabeza. La timidez la ahogaba, y la presencia del hombre a su lado resultaba aplastante.
Alexander bloqueó la pantalla del teléfono, guardándolo en el bolsillo interior de su saco con un movimiento elegante. Luego, giró el rostro hacia ella. Sus ojos, oscuros como un pozo sin fondo, recorrieron la figura frágil de la joven. Llevaba el cabello ligeramente húmedo pegado a la frente, sus mejillas estaban pálidas y sus labios temblaban sin cesar. Lucía absurdamente pequeña, vulnerable y aterrorizada, como un cervatillo atrapado en las fauces de un depredador.
—En mi casa no me sirven las disculpas, Elena —dijo él con un tono grave y desprovisto de emoción—. Me sirve la eficiencia y la obediencia. A partir de esta noche, tus temores personales quedan fuera de mis propiedades. No eres una víctima; eres mi prometida ante la prensa y serás mi esposa ante la ley antes de que termine la semana. Comportate a la altura.
Elena tragó saliva con dificultad, sintiendo un nudo amargo en la garganta.
—Señor Vance... el contrato... —articuló ella apenas en un hilo de voz, armándose del escaso valor que le quedaba para mirar esos ojos penetrantes—. La cláusula sobre... sobre el heredero...
La comisura de los labios de Alexander se elevó apenas un milímetro en una mueca distante y fría.
—¿Tienes alguna duda sobre lo que firmaste? —preguntó él, inclinándose imperceptiblemente hacia su dirección.
Elena sintió que el aire dentro del auto se volvía denso. La proximidad del mafioso la paralizaba.
—¿Qué... qué pasará conmigo cuando... cuando yo le dé a ese niño? —logró preguntar, mientras una lágrima traicionera resbalaba por su mejilla pálida—. ¿Usted me quitará a mi bebé y me arrojará a la calle?
Alexander la observó durante varios segundos en un silencio sepulcral. La luz tenue de los faros de la calle iluminaba intermitentemente las facciones talladas de su rostro. No había calidez en su expresión, solo una lógica impecable y calculadora.
—Un trato es un trato, Elena —respondió con frialdad—. Te entregaré una cuenta bancaria con suficiente dinero para que jamás tengas que volver a preocuparte por trabajar o pasar necesidades por el resto de tu vida. Te otorgaré una propiedad a tu nombre y borraré la deuda de tu familia para siempre. A cambio, el niño llevará el apellido Vance, será criado como el único heredero del imperio y tú te marcharás en silencio sin reclamar la custodia.
Cada palabra de Alexander caía como una losa de hierro sobre el estómago de Elena. Pensar en engendrar una vida solo para tener que entregarla como si fuera un mero trámite comercial le helaba la sangre. Pero la mirada de Alexander no dejaba espacio para la negociación. Él no era un hombre con el que se pudiera discutir; era un monarca implacable acostumbrado a ordenar y ser obedecido.
Antes de que Elena pudiera articular otra palabra, el automóvil redujo la velocidad y atravesó unos portones monumentales de hierro forjado decorados con el emblema de la familia Vance.
La camioneta avanzó por un sendero adoquinado flanqueado por altos árboles y estatuas de mármol iluminadas suavemente. Al final del camino se erigía una mansión majestuosa de arquitectura clásica y líneas oscuras. La propiedad respiraba poder, riqueza y un aislamiento absoluto. Era una fortaleza de lujo y sombra.
El automóvil se detuvo frente a la entrada principal. Un chofer vestido de uniforme se apresuró a abrir la puerta del lado de Elena, mientras otro guardaespaldas abría la de Alexander.
Al bajar del auto, el aire frío de la noche golpeó a Elena, haciéndola tiritar violentamente. Alexander descendió con serenidad, acomodándose los puños de la camisa. Sin decir una sola palabra, caminó hacia la escalinata de mármol. Al notar que Elena no se movía y permanecía paralizada junto a la puerta del vehículo, él se detuvo en el primer escalón y volvió el rostro.
—Si pretendes quedarte congelándote bajo la lluvia, hazlo. Pero el tiempo es algo que no me gusta perder —sentenció con dureza.
Elena apretó los puños, recogió la falda de su vestido humedecido y subió apresuradamente las escaleras tras de él, manteniendo siempre una distancia prudencial.
Al cruzar las puertas principales de madera de roble, el contraste fue inmediato. El gran vestíbulo de la mansión era grandioso, con pisos de mármol blanco deslumbrante, candelabros de cristal que proyectaban luces cálidas y paredes decoradas con pinturas de época extremadamente costosas. Sin embargo, a pesar de la opulencia, la casa se sentía vacía, helada y carente de vida.
Una mujer de mediana edad, vestida de manera sumamente elegante y austera, avanzó con pasos firmes para recibir al dueño de la propiedad.
—Bienvenido a casa, señor Vance —dijo inclinando levemente la cabeza con profundo respeto. Luego, sus ojos se posaron en Elena, evaluando la apariencia empapada, sencilla y asustada de la joven.
—Señora Martha —habló Alexander, quitándose el saco ajustado y entregándoselo a un sirviente que aguardaba a un costado—. Ella es Elena Sánchez. A partir de hoy vivirá aquí. Prepárela. Mañana por la mañana llegarán los abogados con los papeles oficiales del matrimonio y los sastres para renovar su guardarropa completo.
—Entendido, señor Vance —respondió la gobernanta sin mostrar la menor sorpresa. En el mundo de Alexander Vance, las órdenes no se cuestionaban.
Alexander giró sobre sus talones y caminó hacia la gran escalera helicoidal que conducía a la planta alta. Antes de subir el primer escalón, se detuvo y miró a Elena sobre su hombro.
—Esta noche descansarás en la suite de huéspedes del ala oeste —dijo, su tono bajo y terminante ressonando en el vestíbulo monumental—. Mañana te realizarán un chequeo médico completo con mi equipo privado para certificar tu estado de salud. Una vez que el contrato matrimonial esté firmado por el juez, te mudarás a mi habitación. Que descanses, Elena.
Sin esperar respuesta, Alexander comenzó a subir las escaleras con pasos firmes e imponentes, dejando a la joven sola en el centro de aquel palacio de mármol.
Elena sintió que las piernas le fallaban. La mención del "chequeo médico" y la orden de mudarse a su habitación tan pronto se firmaran los papeles le recordaron con brutalidad la realidad de su situación. No era una huésped, ni una prometida amada; era una inversión, una incubadora contratada para asegurar el poder de un imperio criminal.
—Señorita Sánchez —la voz severa de la señora Martha la trajo de vuelta a la realidad—. Acompáñeme, por favor. Le mostraré su habitación y le prepararé un baño caliente antes de que pille una neumonía.
Elena asintió débilmente, incapaz de articular palabra. Siguió a la gobernanta a través de larguísimos pasillos adornados con espejos dorados y finas alfombras persas. El silencio de la mansión era abrumador; solo se escuchaba el suave eco de sus pasos y el lejano crujir de la tormenta contra los ventanales.
Al llegar al ala oeste, Martha abrió las puertas dobles de una suite espaciosa decorada en tonos crema y dorado. Había una cama enorme de dos plazas con doseles de seda, una chimenea encendida que aportaba un calor reconfortante y un baño contiguo iluminado con luces tenues.
—En el armario encontrará ropa de descanso limpia y una bata —explicó la señora Martha mientras preparaba la tina—. Cenará algo ligero si lo desea. Si necesita cualquier cosa, utilice el intercomunicador de la mesa de noche. Los guardias patrullan los pasillos del exterior las veinticuatro horas del día, así que le sugiero no salir de la suite por la noche.
—Gracias... —murmuró Elena, abrazándose a sí misma mientras contemplaba el lujo que la rodeaba.
La gobernanta inclinó la cabeza y, antes de retirarse, se detuvo un segundo en el marco de la puerta. Miró a Elena con una pizca de compasión oculta bajo su rígida postura.
—Un consejo, señorita Sánchez —dijo en voz baja—. El señor Vance es un hombre poderoso e implacable. No intente desafiarlo ni intente huir. En esta ciudad, su palabra es la ley. Cumpla con lo que él pide y estará a salvo.
La puerta se cerró con un suave chasquido metálico, dejando a Elena en completa soledad.
Agotada física y emocionalmente, la joven caminó hacia la enorme ventana de la habitación. Apoyó la frente contra el cristal frío y observó la inmensidad del parque privado que rodeaba la propiedad. A lo lejos, las luces de la entrada y las siluetas de los hombres armados de Alexander patrullando los jardines le recordaron la absoluta verdad de sus circunstancias.
Estaba atrapada. La mansión Vance no era más que una jaula de cristal y oro, y Alexander Vance era el carcelero más peligroso que el destino le pudo haber asignado.
Elena se llevó una mano al vientre, temblando al pensar en los días que vendrían, en la firma de los documentos y en la inevitable noche en que tendría que entregarse por completo a ese hombre frío y distante. Rompió a llorar en silencio, permitiendo que las lágrimas fluyeran libremente en la oscuridad de la noche, sabiendo que a partir de la mañana siguiente, no podría permitirse el lujo de mostrar debilidad jamás.