ADVERTENCIA
Esta historia contiene escenas fuertes en algunas partes: crueldad emocional, celos posesivos, discusiones, furia, manipulación
un alfa y un omega
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Lo perdí todo
Las sirenas comenzaron a escucharse alrededor de la mansión.
Varios vehículos militares llegaron a la entrada, mientras numerosos soldados descendían y entraban rápidamente en el edificio.
—¡Aseguren todas las salidas!
—¡Revisen cada habitación!
Los militares recorrieron los pasillos hasta llegar a la zona donde se encontraba el propietario de la mansión.
Al entrar, se quedaron paralizados.
El hombre yacía sin vida en el suelo.
Uno de los soldados se acercó para comprobar su estado, mientras otro observaba los alrededores en busca de alguna pista.
—Mi comandante, tenemos una víctima. Parece que alguien entró en la residencia y lo atacó.
—¿Y los guardias?
—Han desaparecido. Algunos aseguran haber visto algo aterrador, pero ninguno consigue explicar exactamente qué ocurrió.
El comandante frunció el ceño.
—Quiero que interroguen a todo el personal. Nadie abandonará esta residencia hasta que sepamos qué pasó.
Entonces, uno de los militares recordó que Eiden había estado asignado a la vigilancia.
—¿Dónde está el soldado encargado de proteger al propietario?
Eiden permanecía sentado en el suelo del despacho.
Todavía estaba pálido. Sus manos no dejaban de temblar y su mente seguía reproduciendo lo sucedido.
Cuando los militares finalmente lo encontraron, uno de ellos se agachó frente a él.
—Soldado, ¿puede escucharnos?
Eiden levantó lentamente la cabeza.
—S-sí…
—Necesitamos que nos explique qué ocurrió aquí.
Eiden tragó saliva y trató de ponerse de pie. Le costó hacerlo, pero finalmente consiguió levantarse.
—Un hombre entró en el despacho… —comenzó a explicar—. Dijo que venía de parte de alguien llamado Luka. Después sacó un arma y apuntó al propietario.
—¿Y usted qué hizo?
—Intenté detenerlo. Le disparé en el brazo, pero…
Eiden se quedó callado.
Recordar aquella escena le provocaba escalofríos.
—Pero las heridas desaparecieron. Las balas no le hacían nada. Después… cambió de apariencia.
Los militares intercambiaron miradas de incredulidad.
—¿Cambió de apariencia?
—¡Sí! ¡Su cuerpo estaba rodeado de sombras y sus ojos brillaban! ¡Los guardias huyeron y yo…!
La voz de Eiden se quebró.
—Yo no pude hacer nada.
El comandante lo observó durante unos segundos, sin responder.
Después le pidió que lo acompañara.
Una hora más tarde, Eiden se encontraba frente a su superior en el cuartel militar.
El jefe había escuchado el informe completo y parecía profundamente disgustado.
—Eiden, ¿eres consciente de la gravedad de lo sucedido?
—Sí, señor, pero yo intenté detenerlo. ¡Le disparé para proteger al hombre!
—Y aun así, el propietario terminó muerto.
Eiden bajó la mirada.
—No podía hacer nada contra él… No era una persona normal.
—¡Basta de excusas!
Eiden levantó la cabeza, sorprendido por el grito.
—Señor, por favor, escúcheme. ¡Ese hombre era peligroso! Yo también estuve en peligro. No sabe lo que vi…
El jefe se levantó de su silla y caminó hacia él.
—Has fracasado en la misión que se te encomendó.
—¡Pero yo cumplí con mi deber!
—Tu deber era proteger aquella residencia.
—¡Lo intenté!
El silencio que siguió fue insoportable.
Eiden sintió que los ojos volvían a llenársele de lágrimas.
Había pasado toda la noche trabajando, apenas había descansado y, cuando finalmente recibió una nueva misión, había hecho todo lo posible por cumplirla.
Pero nadie parecía dispuesto a escucharlo.
El jefe se detuvo frente a él.
—He tomado una decisión. Estás despedido.
Eiden se quedó inmóvil.
—¿Qué…?
—Ya no formas parte de esta unidad.
—No, señor… Por favor, no puede hacerme esto.
Su superior extendió la mano y le quitó la estrella militar que llevaba en el uniforme.
Eiden miró aquel pequeño distintivo, incapaz de creer lo que estaba sucediendo.
—Señor, se lo suplico. Esta es mi vida. He trabajado muy duro para llegar hasta aquí.
El jefe guardó la estrella en el bolsillo de su chaqueta.
—La decisión está tomada. Entrega tu equipo y no vuelvas a presentarte aquí.
—¡Pero yo no tuve la culpa!
—Se acabó, Eiden.
El hombre se dio la vuelta y regresó a su oficina, cerrando la puerta sin decir nada más.
Eiden permaneció solo en el pasillo.
Miró su uniforme, después el lugar donde antes llevaba su estrella.
Ya no tenía su puesto.
Ya no tenía permiso para regresar a sus guardias.
Todo aquello por lo que había trabajado parecía haberse derrumbado en cuestión de minutos.
Se sentó lentamente en una banca y se cubrió el rostro con las manos.
—¿Por qué…? —susurró—. Yo solo intentaba hacer lo correcto…
Las lágrimas comenzaron a caer.
No sabía adónde ir ni qué haría al día siguiente. Tampoco sabía cómo explicárselo a sus amigos.
Había perdido su trabajo y, con él, la vida que había construido con tanto esfuerzo.
Y todo había comenzado cuando aquel extraño de cabello negro entró en la mansión.
Eiden apretó los puños.
—¿Quién eres realmente…?
Muy lejos de allí, en la guarida, el número 69B entregaba su informe al jefe Luka.
—La misión está terminada —dijo con indiferencia.
Luka sonrió satisfecho.
—Sabía que podía confiar en ti.
El alfa no respondió.
Mientras Luka revisaba los documentos, el número 69B permaneció inmóvil, ocultando sus manos bajo los guantes negros.
Sin embargo, algo lo inquietaba.
Recordaba el rostro de Eiden, sus lágrimas y el miedo que había visto en sus ojos.
Por primera vez, la idea de haber arruinado la vida de alguien no le resultaba tan fácil de ignorar.
—¿Sucede algo, 69B? —preguntó Luka.
El alfa levantó la cabeza.
—No. Nada.
Pero, mientras abandonaba la oficina, una pregunta comenzó a perseguirlo.
¿Qué habrá sido de Eiden después de lo ocurrido?