Un amor secreto
Esta historia habla de un amor secreto entre Ariel, hijo de Santiago, y Kiara Emelyn, hija de Nicole y Gabriel. Desde pequeños crecieron juntos porque sus padres son mejores amigos y siempre les hicieron creer que eran como primos. Al cumplir 15 años, ambos comienzan a descubrir que lo que sienten va mucho más allá de una amistad. Sin embargo, ninguno se atreve a confesarlo por miedo a la reacción de sus familias. Entre miradas escondidas, mensajes secretos y momentos compartidos, Ariel y Emelyn intentarán entender sus sentimientos mientras mantienen su amor en secreto. ¿Podrán algún día contar la verdad?
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Capítulo 22: Quiero estar solo
Cuando entré a la habitación, cerré la puerta detrás de mí y me quedé unos segundos parado, tratando de recuperar la calma. Todavía tenía la cabeza revuelta por la discusión con Lucía.
Me senté en la cama y agarré el teléfono.
Tenía varias notificaciones, pero una llamó inmediatamente mi atención.
Era un audio de Emely.
Me quedé mirando su nombre durante unos segundos antes de reproducirlo.
Su voz salió por el teléfono.
—¿Por qué nunca me dijiste que estabas comprometido? Yo, de pendeja, esperando que volviéramos a ser como cuando manteníamos una relación secreta. Ahora me enteré por tus padres que estás con otra...
Sentí un vacío en el pecho.
Apagué el audio.
—No puede ser... —murmuré.
Volví a reproducirlo.
Cada palabra me dolía más.
“Yo, de pendeja, esperando que volviéramos...”
Me levanté de la cama furioso.
—¡Parce!
Sentí una mezcla de rabia, culpa y desesperación.
—¿Por qué tenía que enterarse así?
Miré hacia la mesa de noche y, en medio del enojo, golpeé el jarro que estaba allí. Cayó al suelo y se rompió.
—¡Juepucha!
Respiré agitado.
No quería seguir pensando.
Pero era imposible.
Emely había estado esperando.
Había pensado que algún día podríamos volver a ser los mismos de antes.
Y yo estaba en España, comprometido con otra persona.
Escuché la puerta abrirse.
Lucía apareció corriendo.
—¡Ariel! ¿Qué ha pasado?
—Nada.
—¿Nada? ¡He escuchado el golpe!
Miró el suelo y luego me miró a mí.
—Ariel, cálmate.
—¡Estoy calmado!
—No lo estás.
Me acerqué a la ventana y me pasé las manos por la cara.
—No entendés, Lucía.
—Pues explícame.
—Es Emely.
Lucía se quedó quieta.
—¿Qué te ha dicho?
—Que se enteró por mis padres de que estoy comprometido.
Lucía bajó la mirada.
—¿Y qué esperabas que ocurriera?
La miré.
—No sé.
—Ariel, ella tiene derecho a sentirse dolida.
—¡Ya sé!
—Entonces no te enfades conmigo.
—No estoy enojado con vos.
—Pues parece que sí.
Negué con la cabeza.
—Estoy enojado conmigo mismo.
Lucía guardó silencio.
Yo miré el teléfono otra vez.
El nombre de Emely seguía en la pantalla.
—Ella estaba esperando que algún día volviéramos —dije con la voz más baja.
—Pero tú te fuiste.
—Ya sé.
—Y después empezaste una relación conmigo.
—También lo sé.
—Entonces tienes que aceptar que esto iba a pasar.
Me quedé callado.
Sus palabras tenían sentido, aunque no quería escucharlas.
—No quiero hablar de esto ahora.
—Tenemos que hablarlo.
—¡No, Lucía!
Ella se sobresaltó.
Respiré profundamente y bajé la voz.
—Perdón. Pero necesito estar solo.
—No quiero dejarte así.
—Por favor.
Lucía se quedó mirándome.
—Ariel...
—Quiero estar solo. Lárgate.
Ella abrió los ojos, dolida.
—¿Me estás echando?
—Sí.
—Vale...
Su voz cambió completamente.
—Si eso es lo que quieres, me voy.
Caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Pero mañana no puedes fingir que nada ha pasado.
No respondí.
La puerta se cerró.
Me quedé completamente solo.
Miré el suelo y luego el teléfono.
Volví a escuchar el audio de Emely.
Esta vez no sentí rabia.
Sentí tristeza.
Me senté lentamente en la cama.
—Emely...
Cerré los ojos.
—Yo nunca quise hacerte daño.
Pero sabía que eso ya no cambiaba nada.
Ella estaba en Manizales criando a nuestra hija.
Y yo estaba en España intentando construir una vida que, en el fondo, ni siquiera sabía si quería.
Miré la fotografía de Eimy que tenía como fondo de pantalla.
—Mi princesa...
Se me hizo un nudo en la garganta.
Había pasado tanto tiempo intentando convencerme de que podía vivir lejos de ellas.
Pero aquella noche entendí que la distancia no había solucionado nada.
Solo había escondido el problema.
Y ahora todo estaba saliendo de nuevo.
Me quedé sentado en silencio, mirando el teléfono.
Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué decisión tomar.
Solo sabía que había demasiadas personas heridas por decisiones que yo mismo había tomado.