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La Muda Del Serrallo

La Muda Del Serrallo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Venganza / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.

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Capítulo 3

El primer día completo en el harén empezó antes de que el sol tocara las cúpulas.

Sahra entró al dormitorio común dando palmadas fuertes. No gritó. No hacía falta. Las seis mujeres se levantaron en silencio. Ayla fue la tercera en ponerse de pie. El colchón delgado todavía guardaba el calor de su cuerpo. El aire olía a sudor seco y a aceite rancio de la lámpara que se había apagado hacía horas.

Les dieron túnicas limpias, del mismo gris áspero. Ayla se cambió sin mirar a nadie. Lina, la muchacha de catorce años, tenía los ojos hinchados. Se le había olvidado el nombre de su propio pueblo la noche anterior, entre sueños. Ayla se lo recordó con un gesto de la mano cuando nadie miraba.

El desayuno fue un cuenco de gachas tibias y un trozo de pan que crujía entre los dientes. Comieron de pie en el pasillo estrecho que daba a las cocinas. Nadie hablaba más de lo necesario. Las que llevaban más tiempo allí ya sabían que las palabras sobraban por la mañana.

Sahra repartió las tareas con la misma cara de siempre.

—Tú, la muda. Suelos del corredor largo y el patio de los naranjos. Y que brillen.

Ayla tomó el cubo. El agua estaba fría. El trapo, ya gris de tanto uso. Se arrodilló en el primer tramo del corredor y empezó a fregar en círculos lentos. Cada vez que el trapo pasaba, el mármol devolvía un poco de luz. Ella no miraba el brillo. Miraba los pies que pasaban.

Primero fueron las esclavas de cocina, con delantales manchados y manos rojas. Después dos eunucos jóvenes que discutían en voz baja sobre un envío de seda que no había llegado. Luego una concubina de rango medio, vestida de azul pálido, rodeada de dos sirvientas que le sostenían la cola del vestido para que no tocara el suelo mojado. Ayla bajó la cabeza a tiempo. Sintió la mirada de la mujer detenerse un segundo sobre su nuca y después seguir de largo.

El patio de los naranjos era más pequeño de lo que parecía desde el pasillo. Cuatro árboles bajos, una fuente redonda con peces rojos y un banco de piedra donde nadie se sentaba. Ayla fregó las losas una por una. El sol empezaba a calentar. El olor de las flores de azahar se mezclaba con el del vinagre del cubo. Se le abrieron grietas en los nudillos. No se detuvo.

A media mañana Lina apareció con otro cubo. La habían mandado a ayudar. Se arrodilló a su lado sin decir nada. Trabajaron juntas en silencio. De vez en cuando Lina le pasaba el trapo limpio cuando el de Ayla ya no daba más. Ayla le devolvía el gesto con un leve movimiento de cabeza. Era suficiente.

Cuando el sol estuvo alto las llamaron para comer. Arroz otra vez, esta vez con un puñado de garbanzos y un hueso de cordero que ya no tenía carne. Se sentaron en el suelo del comedor común, espalda contra la pared. Había unas treinta mujeres. Algunas hablaban entre ellas en idiomas que Ayla no conocía. Otras comían mirando al vacío.

Una mujer mayor, de pelo completamente blanco, se sentó cerca. Tenía la boca torcida de un lado, como si alguien le hubiera pegado hace años y el golpe se hubiera quedado.

—Tú eres la muda del este —dijo sin mirarla directamente—. La que trajo el ejército la semana pasada.

Ayla asintió una vez.

—Bien. Quédate muda. Aquí las que hablan demasiado terminan en el pozo o en la cama de alguien que no quieres. —La mujer masticó despacio—. Yo me llamo Yasmin. Llevo once inviernos aquí. Si necesitas saber algo, pregunta con los ojos. Yo entiendo.

Ayla guardó el nombre.

Por la tarde la mandaron al lavadero. El calor del agua grande le subía por los brazos. Las sábanas pesaban cuando estaban mojadas. Retorcerlas le dejaba las manos temblando. Dos esclavas mayores discutían sobre el príncipe Zahir.

—Dicen que quiere casarse con la hija del visir de la frontera norte.

—Y que el sultán no vuelve. Que la herida de la última campaña fue peor de lo que cuentan.

—Calla. Las paredes oyen.

Ayla fingió no escuchar. Pero escuchó. Cada palabra se guardaba sola, sin que ella hiciera esfuerzo.

Al atardecer hubo un pequeño incidente. Una concubina joven, de pelo teñido de rojo henna, pasó por el corredor que Ayla acababa de fregar. Resbaló. No se cayó, pero el vestido se le manchó de agua sucia en el bajo. Gritó como si le hubieran clavado un cuchillo.

Sahra apareció en segundos. La concubina señaló a Ayla con el dedo temblando de rabia.

—Esta idiota no sabe trabajar. Quiero que la castiguen.

Sahra miró el suelo. Estaba limpio. Miró a Ayla. Ayla tenía la cabeza baja, las manos cruzadas delante del cuerpo, la postura exacta de alguien que no entiende nada y no se defiende.

—Fue un accidente, señora —dijo Sahra con voz plana—. Ya se secará.

La concubina insistió. Quería latigazos. Sahra no se movió. Al final la mujer se fue bufando, dejando un rastro de perfume dulce y amenaza.

Cuando se quedaron solas, Sahra le habló a Ayla sin mirarla.

—Suerte que no hablas. Si hubieras intentado explicarte, te hubiera partido la cara yo misma. Aquí las explicaciones sobran.

Ayla inclinó la cabeza. Por dentro sonrió apenas. Había aprendido algo nuevo: Sahra no era cruel por gusto. Era práctica.

Esa noche, después del baño frío obligatorio, las seis del dormitorio se acostaron. Lina se pegó a la pared otra vez. Ayla se quedó un rato sentada en su colchón, con la espalda contra el muro frío. Contó los días desde que había salido de su reino. Siete. Solo siete. Parecían meses.

Cerró los ojos y repitió el mapa que llevaba en la cabeza: corredor largo, patio de los naranjos, lavadero, puerta de las cocinas, escalera que bajaba a los almacenes, llave de Sahra colgando del cuello con un cordón de cuero oscuro. Mañana miraría más cerca esa llave.

El viento entraba por la ventana alta y movía un poco el aire viciado. Ayla escuchó a Lina respirar. Escuchó a Yasmin toser en el otro extremo del cuarto. Escuchó sus propios latidos, lentos y constantes.

Todavía no tenía cuchillo.

Todavía no tenía nombre entre ellas.

Todavía no había visto al sultán ni al príncipe.

Pero ya conocía el olor del lugar.

Ya sabía quién mandaba en las sombras.

Y ya había empezado a contar los días que faltaban para que alguien de los que mataron a su familia cruzara el mismo pasillo que ella fregaba cada mañana.

Se acostó de lado. Las rodillas le dolían. Las manos le ardían. Estaba bien.

El cuerpo se acostumbraría.

La paciencia, no hacía falta que se acostumbrara. Ya la tenía.

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