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Te Encontré En Mis Sueños

Te Encontré En Mis Sueños

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Malentendidos / Romance
Popularitas:599
Nilai: 5
nombre de autor: inkdreams

Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.

NovelToon tiene autorización de inkdreams para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: Fuego bajo la piel

Punto de vista: Alexander

Desde que la verdad salió a la luz en mi despacho, el aire que respiraba en la vida real había cambiado por completo. Ya no nos quedaba la excusa del misterio ni el pretexto de que éramos una simple fantasía nocturna. Alana estaba ahí, real, de carne y hueso, rozándome los codos en las reuniones y dejando un rastro de aroma a flores silvestres cada vez que caminaba por los pasillos.

Decidí que la conquistaría como se merecía: sin escondernos en la penumbra de un sueño, sino demostrándole a la luz del día que ella era mi única prioridad.

Comenzamos a escaparnos.

Citas discretas al atardecer, alejados de los lugares donde los Sterling o la prensa corporativa pudieran acecharnos. La llevé a un pequeño mirador privado en las colinas de Santa Mónica, donde el océano se teñía de violeta y oro. Cenamos en rincones escondidos con luces tenues, compartiendo risas reales, confesiones de la infancia y miradas cargadas de una electricidad tan violenta que amenazaba con incinerar cualquier barrera.

La deseaba con una desesperación salvaje. Cada vez que le tomaba la mano en el auto, cada vez que le ajustaba el abrigo sobre los hombros o le robaba un beso tras la puerta de su departamento, mi cuerpo entero reaccionaba con una urgencia brutal. Podía sentir el calor entre sus piernas, la respiración entrecortada con la que respondía a mis roces y la forma en que se aferraba a mi saco.

Pero me contuve. Me obligué a frenar.

Quería respetarla. Necesitaba que Alana entendiera que no la buscaba por un capricho del momento o una simple aventura ejecutiva para escapar de mi compromiso; quería demostrarle que la tomaba en serio, que cada milímetro de su alma y de su cuerpo me importaba demasiado como para apresurarme en el asiento trasero de un auto o en un encuentro clandestino.

Aquella noche, tras dejarla en la puerta de su edificio, la despedida fue una dulce tortura.

Me la pegué al cuerpo contra la pared del pasillo, devorándole la boca en un beso voraz, denso y profundo. Alana gimió contra mis labios, enredando sus dedos en mi cabello, presionando sus caderas contra las mías de una forma tan provocativa que sentí el pulso rugirme en las venas.

—Si no te suelto ahora, no me voy a ir, Alana... —le susurré contra la piel caliente de su cuello, respirando agitado, luchando contra mis propios instintos.

—Entonces no te vayas... —murmuró ella con los ojos nublados por la tentación.

Me costó cada gramo de fuerza de voluntad dar un paso atrás. Le acaricié la mejilla con ternura, le besé la frente y me obligué a caminar de vuelta a mi camioneta antes de perder por completo el control.

El trayecto de regreso a la mansión fue un infierno en combustión lenta.

En cuanto crucé la puerta de mi suite, ni siquiera encendí las luces. Me deshice de la corbata tirándola al suelo, me desabroché la camisa a tirones y caminé directo al baño. Tenía la piel ardiendo, el pulso desbocado y la sangre ardiendo en mis venas por el deseo reprimido.

Me apoyé contra el mármol del lavabo, mirando mi reflejo en las sombras del espejo. Estaba fuera de mí. La excusa del respeto no servía de nada cuando mi mente y mi cuerpo estaban completamente tomados por la imagen de Alana.

Cerré los ojos de golpe, dejando que el instinto tomara el control en la soledad de la noche.

—Maldita sea, Alana... —se me escapó un gruñido ronco y profundo que resonó en las paredes.

La imagen de ella invadió mi cabeza como una ola de fuego: sus labios entreabiertos en la despedida, el calor de sus manos en mi cuello, la forma en que sus ojos color ámbar se oscurecían cuando la tocaba y la calidez de su cuerpo rindiéndose ante mí.

La necesidad de sentirla se volvió una fiebre incontrolable que aceleró mi respiración, apretando los puños, entregándome por completo a la tormenta de poseerla en mis pensamientos.

Imaginé su voz pronunciando mi nombre, sus caricias guiándome al límite, su cuerpo arqueándose bajo el mío en mi propia cama mientras nos consumíamos en una sola llama.

—Alana... mi amor... —jadeé con la voz quebrada, con las piernas temblándome por la tensión acumulada.

El calor se concentró en mi pecho, una marea ardiente e imparable que me hizo contener el aliento hasta que el placer estalló con una fuerza salvaje. Un gemido grave y ahogado se me escapó en la oscuridad mientras la tensión acumulada finalmente se liberaba, dejándome exhausto.

Quedé apoyado sobre el mármol, con la cabeza gacha, el pecho subiendo y bajando furiosamente y la piel cubierta por una fina capa de sudor. El calor de la pasión me dejó sin aliento, pero en medio de la penumbra, me quedó algo dolorosamente claro:

Ninguna sombra, ningún freno y ninguna regla de la vida real iban a impedirme hacerla completamente mía muy pronto.

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