Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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Tiempo Después.
Una semana después de la bodega, Isabella ya no vivía en Via della Fortezza 3.
Vivía en la villa Valero.
No fue una decisión hablada. Fue una mudanza silenciosa, de a pocos. Primero se quedó una noche porque nevaba mucho y Pietro dijo "no te vas con la nieve, te resbalas y te matas, duerme acá". Luego se quedó dos noches porque Carlo había llevado leña a su casita pero se le había olvidado llevar fósforos y ella no sabía prender la chimenea.
A la tercera noche, Pietro ya no preguntó. Le dejó un cajón vacío en su cómoda. De roble viejo. Olía a lavanda.
A la cuarta noche, Isabella llevó su maleta. La misma maleta con la que había llegado el 5 de enero. La puso al lado del armario de él. No la desempacó toda. Solo lo necesario: sus suéteres, sus libros, su cuaderno donde escribía la novela.
Ahora era 25 de enero. Siete días después del encierro.
Montalcino ya no hablaba de otra cosa. En el bar, en la panadería, en la misa del domingo, solo se escuchaba:
—La peruviana vive con Valero.
—Duerme en su cuarto.
—La vi con su abrigo.
—Él le compró botas nuevas en Siena.
Y era verdad. Él le había comprado botas nuevas. Botas de cuero marrón, altas, de montaña, de 400 euros. Isabella las usaba para caminar por el viñedo nevado, agarrada de su mano.
Te escribo ese momento, pero como lo escribiría Isabella en su novela. Con amor, no con morbo. Porque su amor es peligroso y adicto, pero también es sagrado.
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Esa noche no hubo nieve. Hubo calor.
Habían tomado el Brunello 79 en la alfombra, frente a la chimenea de la villa. Sin copas. De la misma botella. Pasándosela boca a boca, riéndose, mareados por el dulzor del vino que ya conocían de la bodega.
La chimenea crepitaba. Afuera, Montalcino dormía bajo cero.
Pietro la miró como la miraba desde el primer día, con esa mirada inquietante que atemorizaba a todos, menos a ella.
—Isabella — dijo, en voz baja —. ¿Quieres?
Isabella no contestó con palabras. Se quitó el suéter beige. Lentamente. Con vergüenza y con ganas. Con esa contradicción de mujer recia que por fin se deja querer.
Pietro se quitó la camisa. La de él primero. Luego la ayudó con lo demás, con manos que temblaban, él que nunca temblaba, él que era dueño de todo y que en ese momento no era dueño de nada, solo de su amor por ella.
Se amaron por primera vez bajo el dulzor del vino y el calor de la chimenea.
Las manos de Pietro recorrían cada centímetro, bajo sus labios hasta llegar a su monte de venus, fue delicado, ella gemia, mientras lo sostenía de sus cabellos, su lengua succiona cada pliegue de su feminidad, para luego entrar en ella, la pxnxtro y ambos sentían el placer. Hicieron el amor tres veces esa noche-madrugada.
No hubo prisa. No hubo posesión ruda como en la bodega. Hubo ternura. Por primera vez, Pietro Valero no poseyó. Amó. Con cuidado, como se toca una uva que no se quiere romper. Le besó cada lunar, cada rizo negro, cada parte fría de su cuerpo hasta calentarla.
Isabella lo abrazó piel con piel. Sintió su pecho contra el suyo, su calor contra su frío, su barba contra su cuello. Mareada por el vino, por el fuego, por él.
Y se volvieron uno solo. No dos cuerpos. Uno. Como el vino y la barrica. Como la nieve y el viñedo. Como el invierno y la casa caliente.
Cuando terminaron, se quedaron abrazados en la alfombra, frente al fuego, con la botella vacía al lado, con la manta de lana gorda a medias sobre ellos.
Pietro le susurró al oído, con voz rota:
—Ahora sí eres mía. Mía de verdad.
Isabella, con los ojos cerrados, con la cabeza en su pecho, escuchando su corazón que latía fuerte por primera vez en cuatro años, contestó:
—Y tú eres mío. Aunque digas que no sabes amar. Ya sabes.
Y se durmieron así, piel con piel, uno solo, hasta las seis de la mañana, cuando Carlo tocó la puerta de la bodega otra vez, pero esta vez nadie bajó a abrir.
Esa mañana del 25, Isabella se despertó a las 11 en la cama grande de Pietro. Él ya no estaba. Él se despertaba para revisar la temperatura de las barricas. Pero le había dejado la chimenea prendida y un papel en la almohada escrito en italiano, con letra grande, fea, de hombre que no escribe mucho:
_Sei bellissima quando dormi. Ho fatto caffè. P._
Eres muy bella cuando duermes. Hice café.
Isabella bajó en medias, con un suéter enorme de él que le quedaba como vestido. Lo encontró en la cocina, sentado en la mesa de 4 metros, con dos tazas, mirando por la ventana el viñedo blanco.
—¿Desayunamos? — dijo ella.
Pietro la miró. Llevaba siete días viéndola bajar así, en medias, con su ropa, con el pelo rizado desordenado por dormir en su cama. Y todavía no se acostumbraba. Todavía la miraba como el primer día en la enoteca: con esa mirada inquietante que atemoriza a todos, pero que ahora solo quería decir "no te vayas nunca".
—Isabella — dijo —. Tenemos que hablar. Ven.
La sentó en sus rodillas. Así, como si fuera liviana, como si fuera suya. Porque ya era suya. Hace siete días que era suya, pero hoy ya lo era definitivamente, aunque ella todavía decía "yo no soy de nadie".
—Mañana viene mi familia — dijo —. Mis hermanos de Florencia. Vienen a ver la bodega. Y van a verte acá. Van a preguntar quién eres.
—¿Y qué les vas a decir? — preguntó ella, con un poco de miedo al fin.
Pietro le agarró la cara con las dos manos, como en la bodega.
—Les voy a decir la verdad — dijo —. Que te encontré con una maleta el 5 de enero, que te dejé dos botellas porque eras muy bella, que te encerré en mi bodega, que te besé, que el pueblo te dijo que te fueras porque soy peligroso, y que no te fuiste. Les voy a decir que vives acá. Que duermes en mi cama. Que escribes en mi mesa. Que te compré botas porque tenías frío. ¿Está bien?
Isabella se rió, con los ojos llenos de agua.
—Suena a novela — dijo.
—Es nuestra novela — dijo Pietro —. ¿Quieres vivir acá? No solo una semana. Quiero que te quedes hasta abril. Hasta que se vaya la nieve. Y si en abril te quieres ir, te vas. Pero quiero que estos tres meses vivas conmigo. Con mis reglas. Mis reglas son: duermes conmigo, comes conmigo, escribes acá, no sales sola de noche con la nieve, y no me dices que no eres mía, porque ya eres mía.
Isabella lo miró. Hacía siete días que era recia, que decía que no era de nadie. Pero esa mañana, con el suéter de él, con las botas nuevas al lado de la chimenea, con el papel que decía _sei bellissima quando dormi_, por fin reconoció lo que sentía desde el primer día que lo vio mirándola desde el otro lado de la mesa en la enoteca.
—Me gusta vivir acá — susurró —. Me gusta tu bodega, tu cocina, tu cama grande, tu vino dulce, tu mirada que me asusta y me gusta. Me gusta ser tuya, Pietro Valero. Aunque me dé vergüenza decirlo, porque soy recia y no me gusta reconocer que me gusta un hombre posesivo. Pero me gusta. Mucho.
Pietro la besó. Lento, en la cocina caliente, a las 7 de la mañana, con todo Montalcino nevado afuera, con la familia que vendría mañana, con la novela que todavía no terminaba de escribir, con la maleta ya vacía en el altillo porque ya no se iba.
—Entonces quédate — dijo —. Quédate a vivir conmigo.
Isabella se quedó.
Esa noche, por primera vez, no cerró la puerta de su antigua casita en Via della Fortezza 3. Dejó las llaves en el bar, como se hace en los pueblos, para que el próximo escritor que llegue tenga casa. Porque ella ya no era visitante. Ya era de Valero.
Durmió en la villa, con Pietro, con la chimenea prendida, con las botas nuevas al pie de la cama, con el cuaderno abierto en la mesa donde había escrito, en español, una sola línea nueva para su novela:
_Capítulo 7: Y por fin entendí que peligroso no era él. Peligroso era lo que sentía yo cuando él me miraba como si yo fuera suya._
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭