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Cuando Rezábamos Bajito

Cuando Rezábamos Bajito

Status: Terminada
Genre:Yuri / Amor prohibido / Época / Completas
Popularitas:409
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.

En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.

Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.

Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 12 - DOÑA ROSARIO

Lola no nos llevó a un médico. En Triana, en 1957, una mujer embarazada sin marido y sin papeles no iba al médico. Iba a Doña Rosario.

- Los médicos del centro preguntan mucho y cobran más - nos dijo Lola una mañana, mientras cerraba la tienda a mediodía -. Rosario no pregunta. Cobra con huevos si no tienes dinero y tiene más manos que todos los médicos de Sevilla juntos. Es gitana. La respetan hasta los guardias.

Yo tenía siete meses y medio y ya no podía agacharme a recoger los alfileres del suelo. Lucía se movía todo el rato, pero me dolía todo. La espalda, los pies hinchados, y me mareaba cada vez que me levantaba rápido. Zoe decía que estaba muy pálida.

Salimos las tres con velo, como decía Lola que había que salir. Yo con el vestido ancho de flores, Zoe con su falda gris ya gastada y Lola con su cigarro siempre encendido. Caminamos por Triana, que era un laberinto de calles chicas con ropa colgada, niños descalzos y olor a fritura.

La casa de Doña Rosario estaba al final de la calle Pagés del Corro, detrás de una cortina de cuentas de colores. No tenía letrero. Solo olía a romero y a puchero.

Dentro era una sola pieza oscura, con una mesa de madera grande, una palangana de zinc y estampitas de vírgenes morenas pegadas en la pared con chinchetas. Olía a ajo y a lavanda.

Doña Rosario era una mujer de unos sesenta años, bajita, muy ancha, con el pelo blanco recogido en un moño y las manos más grandes que había visto en mi vida. Tenía anillos de oro en todos los dedos.

Nos miró a las tres. Me miró la barriga.

- Tú eres la de Olvera - me dijo a mí. No me preguntó cómo lo sabía.

- Sí. Ana Vidal.

- Túmbate ahí - dijo señalando la mesa -. Y tú, la flaca de las uñas comidas, agárrale la mano. Que estas niñas se marean cuando les toco.

Zoe me agarró la mano fuerte. Lola se quedó en la puerta fumando.

Doña Rosario no usó aparatos. Me levantó el vestido de flores sin vergüenza, como si fuera mi madre, y me puso las dos manos enormes sobre la barriga. Las tenía calientes. Muy calientes.

Me tocó por todos lados. Arriba, abajo, a los lados. Apretó un poco donde Lucía tenía la cabeza.

- Cabeza abajo. Ya está colocada. Es lista esta niña. Va a salir rápido - dijo -. ¿Cuándo fue tu última regla?

- En... en marzo - dije.

- Pues pare para la Purísima. Para el 8 de diciembre. Como todas las niñas que traen luz.

Me puso el oído en la barriga. Escuchó. Zoe me apretaba la mano más fuerte.

- Corazón fuerte. Como tambor de Semana Santa. Pero tú estás floja, niña. ¿Comes?

- Sí.

- Mentira. Estás blanca como la cal de Olvera. No comes. Y esta niña te está comiendo a ti por dentro.

Se levantó y fue a un armario viejo. Sacó un frasco de cristal con un líquido negro que olía a óxido.

- Hierro. Te tomas una cucharada cada mañana con agua. Sabe a clavo y a sangre, pero si no te lo tomas, te vas a caer redonda el día del parto y me dejas a la niña a medias.

Me dio el frasco. Después sacó de otro cajón un pañito bordado con una cruz.

- Y esto es para la niña. Para cuando nazca. Se lo atas en la muñeca para que no le entre el mal de ojo. Que aquí en Triana hay muchas envidiosas.

Zoe, que no había hablado en todo el rato, preguntó:

- ¿Va a estar bien? ¿Mi... mi prima va a estar bien?

Doña Rosario la miró. Miró cómo me agarraba la mano. Miró cómo Lola nos miraba desde la puerta.

No era tonta. Llevaba cuarenta años trayendo niños al mundo en Triana. Había visto de todo.

- Tu prima va a estar bien si tú no le sueltas la mano el día que le toque empujar - le dijo a Zoe -. Porque esta niña no va a salir sola. Va a necesitar dos madres empujando. Una por dentro y otra por fuera.

A Zoe se le llenaron los ojos de lágrimas. A mí también.

- ¿Cuánto le debemos? - dijo Lola desde la puerta.

- Esta vez nada. Que me traigan un corte de tela roja para mi nieta que se casa en enero. Y que la niña me la traigan a los ocho días para verle los pies. Que por los pies se sabe si va a ser bailaora o maestra.

Nos reímos. Hasta Doña Rosario se rió, y se le movieron todos los anillos.

Salimos de allí con el frasco de hierro negro y el pañito bordado. En la calle ya era de noche y Triana olía a jazmín.

De vuelta a la tienda, Zoe me llevaba del brazo porque me mareaba un poco. Yo llevaba una mano en el frasco y otra en la barriga.

- ¿Escuchaste? - me dijo Zoe bajito -. Dijo dos madres.

- Sí.

- ¿Te da miedo diciembre?

- Mucho - le dije -. Nunca vi un parto.

- Yo tampoco. Pero Lola dice que Rosario ha traído a medio Triana. Y que no se le ha muerto ninguna niña nunca.

Nos paramos en el puente de Triana para mirar el río Guadalquivir. Al otro lado se veía Sevilla iluminada. Con sus torres y sus luces que en Olvera nunca había.

- Ana - me dijo Zoe.

- ¿Qué?

- Cuando nazca Lucía, yo quiero estar adentro. No afuera esperando. Quiero estar contigo agarrándote la mano como hoy. Como dijo Rosario. Una por dentro y otra por fuera.

Le apreté el brazo.

- Una por dentro y otra por fuera - repetí.

Esa noche, en el cuarto del fondo de Telas Lola, me tomé la primera cucharada de hierro. Sabía horrible, a sangre y a clavo, como dijo Rosario. Pero me la tomé toda, porque era la primera medicina que tomaba en mi vida que no era para olvidar, sino para tener fuerza.

Zoe me miró hacer arcadas y se rió.

- Por Lucía de la Purísima - dijo.

- Por Lucía - dije yo.

Y Lucía, adentro, pateó tan fuerte que tiró el frasco de la mesa. Como diciendo que ya estaba allí, aunque todavía no hubiera nacido.

No sabíamos que tres días después iba a llegar la primera carta de Sor Inés. Y que no iba a traer buenas noticias de Olvera.

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