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La Mirada Del Destino

La Mirada Del Destino

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / CEO / Completas
Popularitas:12.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Crisbella

Una mirada puede cambiarlo todo; la de él es un enigma indescifrable. Ella tiene apenas veinte años, una vida por delante y unos ojos azules llenos de inocencia. Él, diez años mayor, lleva marcada en el rostro la severidad de un pasado intransigente y en sus ojos oscuros una frialdad capaz de intimidar a cualquiera. Sus caminos no debían cruzarse, pero el destino no pide permiso. Entre el misterio de un secreto silenciado y la tensión innegable que surge cada vez que sus miradas se encuentran, ambos se verán arrastrados a un juego donde las barreras de la razón colapsan. Él intentará mantener la distancia para protegerla de sus propios demonios, pero la determinación de ella romperá cada una de sus defensas. ¿Es posible encontrar el amor en la mirada más fría? Una apasionante historia de tensión, secretos inconfesables y una atracción inevitable que te mantendrá en suspenso desde el principio.

NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Sombras en la oscuridad

La noche cayó sobre la avenida con la rapidez de un telón pesado. Para Isabela, el cansancio acumulado tras doce horas continuas de trabajo se traducía en un ardor sordo en la planta de los pies y una tensión constante en los hombros. Al salir de la repostería, el aire húmedo de la ciudad la envolvió como una manta densa. Ajustó la correa de su bolso gastado, guardó celosamente la pequeña paga del día y apresuró la marcha hacia la parada de autobuses. La zona, a esa hora, se tornaba desierta y peligrosa; las luces de los postes parpadeaban con intermitencia, proyectando sombras largas e inciertas sobre el pavimento picado.

Caminaba a paso firme por la acera de una calle lateral, buscando acortar camino hacia la vía principal. El silencio de la noche solo era roto por el murmullo lejano del tráfico y el eco de sus propios pasos. Sin embargo, al aproximarse a una esquina empedrada flanqueada por viejos muros de concreto, un ruido anómalo alteró la calma: el chirrido violento de frenos de disco, seguido de un impacto seco contra el borde de la acera.

Isabela se detuvo en seco, ocultándose instintivamente tras la columna de un negocio cerrado.

A pocos metros, un automóvil sedán de alta gama y vidrios oscuros, el mismo vehículo que había llamado su atención horas antes se encontraba cruzado en medio de la vía. Dos motocicletas sin placas se detuvieron abruptamente tapando la salida. Los tripulantes, con los rostros cubiertos por cascos oscuros, iluminaron el parabrisas del vehículo con potentes linternas mientras uno de ellos desenfundaba una pieza metálica que brilló bajo la tenue luz de la calle. Era una emboscada ejecutada con mucha precisión.

El corazón de Isabela comenzó a martillar con fuerza contra sus costillas. La prudencia le exigía dar media vuelta y correr en dirección opuesta, pero el pánico la dejó inmovilizada durante un segundo eterno.

De repente, la puerta del conductor del automóvil se abrió de golpe. Con una maniobra rápida e imprevista, un hombre descendió del vehículo. Vestía un saco gris oscuro y mantenía una postura imponente, sin un solo rasgo de vacilación en sus movimientos. Antes de que los ocupantes de las motocicletas pudieran reaccionar o cerrar el cerco, el hombre proyectó su peso contra el primer agresor, derribándolo junto con su vehículo en un movimiento seco y certero.

Un disparo sordo retumbó en la noche, impactando contra el metal de la carrocería y provocando un chispazo que iluminó la penumbra.

El hombre del saco gris reaccionó al instante. Consciente de que la posición era indefendible y de que un segundo vehículo se aproximaba a gran velocidad por la avenida, abandonó el coche y se replegó hacia el callejón donde Isabela permanecía petrificada.

Al internarse en la penumbra del callejón, sus pasos se cruzaron. Isabela ahogó un grito, dando un paso atrás.

En ese instante, la luz de un faro rasgó la oscuridad y dejó al descubierto el rostro del desconocido.

Era un hombre de treinta años, de facciones marcadas y mandíbula firme cubierta por una barba corta y cuidada. Pero lo que detuvo el aliento de Isabela no fue la situación límite, sino sus ojos: una mirada de una severidad absoluta, oscura y penetrante, desprovista de cualquier rastro de pánico. Era la mirada de alguien acostumbrado a calcular riesgos en medio del caos.

—No te muevas —ordenó él con una voz grave, baja y tajante, sosteniendo la presión contra su propio costado, donde una mancha oscura comenzaba a extenderse sobre la tela de su camisa.

A pesar del peligro inminente y del tono imperativo del hombre, la determinación de Isabela se sobrepuso al miedo. Escuchó los motores de las motocicletas rugir a la entrada del callejón. Sabía perfectamente que esa vía era un callejón sin salida para quien no conociera la zona, una trampa mortal de paredes altas.

—Por ahí lo van a acorralar —murmuró ella con firmeza rápida, señalando con la mano una pequeña portezuela metálica, casi invisible entre la maleza de una vivienda abandonada—. Es el pasadizo hacia la avenida comercial. Si entramos ahí, perderán el rastro entre la gente y los puestos nocturnos.

El hombre la evaluó en una fracción de segundo. Sus ojos negros recorrieron el rostro pálido de la joven, fijándose en la intensidad de sus ojos azules, donde no había histeria, sino una resolución precisa. Sin perder tiempo en preguntas, asintió brevemente.

—Abre —indicó.

Isabela se descolgó el bolso y utilizó un alambre doblado que guardaba en el bolsillo exterior una maña aprendida tras años de lidiar con cerraduras viejas en su casa, para forzar el pasador oxidado de la portezuela. Con un chasquido seco, el metal cedió. Empujó la puerta y ambos se deslizaron hacia el interior justo cuando los pasos apresurados y las voces de los perseguidores resonaban en la entrada del callejón.

Avanzaron a través de un pasillo estrecho y húmedo que serpenteaba entre las estructuras de la manzana. Isabela guiaba el camino con agilidad, midiendo cada paso para evitar que el ruido delatara su posición. El hombre la seguía de cerca, manteniendo un paso constante a pesar de la herida, controlando la respiración con disciplina.

Tras sortear un par de tramos oscuros, salieron finalmente por el acceso trasero de una plaza concurrida, donde el flujo de peatones, puestos de comida y transporte público creaba un escudo natural de anonimato. El bullicio de la ciudad los envolvió de inmediato, diluyendo el peligro a sus espaldas.

Se detuvieron bajo la sombra de un alero de concreto. Isabela recuperó el aliento, apoyando las manos sobre sus rodillas mientras trataba de serenar el ritmo de su pulso. Al erguirse, notó que el hombre no se había movido. Permanecía de pie, recto, observándola fijamente.

—¿Está bien? —preguntó ella, mirando la mancha de sangre en su costado—. Debería ir a un hospital.

Él no respondió de inmediato. Sacó un pañuelo de su bolsillo y presionó la herida sin emitir un solo gesto de dolor. La severidad de su rostro continuaba intacta, envuelta en una frialdad casi intimidante.

—Un hospital genera preguntas que no me interesa responder —dijo él, con una voz helada pero pulida—. Sabes moverte bajo presión, niña.

—No soy una niña. Tengo veinte años —corrigió Isabela con el mentón elevado, sosteniéndole la mirada sin dar un paso atrás—. Y solo hice lo que cualquiera haría para no terminar atrapado en un tiroteo.

Un destello tenue de curiosidad cruzó la mirada oscura del hombre, aunque su expresión no se ablandó ni un solo milímetro. Sacó de su saco una billetera de cuero fino, extrajo un fajo de billetes de alta denominación y se lo extendió.

—Por la ayuda y por tu silencio —sentenció de manera directa, como si pagara por un servicio prestado.

Isabela miró el dinero y luego volvió a fijar sus ojos azules en los de él. La frialdad con la que él pretendía zanjar el momento le encendió un chispazo de orgullo en el pecho. Dio un paso hacia atrás, dejando las manos a los costados.

—No le ayudé por su dinero —respondió con voz serena y tajante—. Quédese con su pago. Buenas noches.

Sin esperar una réplica, dio media vuelta y se mezcló rápidamente entre la multitud que abordaba el autobús nocturno. El hombre permaneció inmóvil en la penumbra, observando cómo la joven de cabello negro desaparecía entre la gente, dejando tras de sí el eco de una mirada que, por primera vez en mucho tiempo, había logrado desconcertarlo.

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Rocio Raymundo
me fascino la novela muy buena de principio a fin por eso te mereces todas las estrellas 💫 ,éxitos escritora
Rocio Raymundo
medio tristeza por la mamá de Isabela 😢😢😢😢 vivió solo para su hija y murió 😢
Rocio Raymundo
no sé confíen por qué huele a esta herida en su orgullo y no creo que los deje en paz
Rocio Raymundo
defiende a tu familia Renzo
Rocio Raymundo
Ethan es la nueva generación Rossi Renzo solo le queda defender asu familia
Rocio Raymundo
primero la salud de tu hijo Isabel total si paga Renzo la cuenta es el papá del niño aunque tú no lo quieras admitir mujer
Rocio Raymundo
aunque lo niegues Isabela hay pruebas de ADN que se puede hacer Renzo con Ethan
Rocio Raymundo
hay Renzo hay está tu hijo espero que tus celos por un hombre que no hay , solo mira y ve al niño que es tu copia saca tus propias conclusiones hombre
Rocio Raymundo
en eso tiene razón solo quiere proteger a su hijo , Pero le está negando la posibilidad a Ethan de tener a su papá con el
Maria Mongelos
Elena nunca lo tuviste, eres un acuerdo
nelida ballesteros
me encantó la novela ATRAPANTE Bella y llena de amor y felicidad te felicito escritora bendiciones 🇦🇷😍👌👌😘
Helizahira Cohen
Excelente historia, buena trama, narración coherente, corta y directa
nelida ballesteros
qué falta de criterio ni siquiera se presentó ante la señora gracias, gracias pero no sabe ni quién es 🤬
Nerida Navas
Excelente historia, felicitaciones para ti...tuvo un gran final... escribes bellísimo autora... espero, sigas teniendo muchos éxitos en tu vida 🙏🌹💐
Maria Mongelos
Qué lindo capitulo
Maria Mongelos
Que casualidad tan linda encontrarse con la abuela
Rocio Raymundo
tal vez no lo ayudaste por dinero Pero si te estaba dando las gracias con algo de plata era una buena ayuda para pagar deudas o medicina
Rocio Raymundo
una mujer de mucho amor a su madre y esfuerzo
Nerida Navas
Me encanta la novela... está buenísima... felicitaciones
..🙏💐
Alicia Sciarrotta
QUE NOVELA TAN HERMOSÁ MIL FELICITACIONES AUTORA. MUY BIEÑ ESCRITA 👏👏👏👏👏 🙂🙂
Helizahira Cohen: No he comentado nada, la empecé hoy y no he parado, vi la autora y dije debe ser buena, Buenísima, excelente
total 1 replies
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