Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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CAPÍTULO 21
La mañana transcurría con normalidad en la hacienda Dávila. Lara había terminado de revisar a una yegua que llevaba varios días recuperándose de una lesión y ahora se dirigía hacia los potreros para comprobar que los trabajadores hubieran terminado de distribuir el alimento.
Canela caminaba tranquilamente bajo ella, avanzando por el sendero que bordeaba los terrenos de la propiedad. Lara disfrutaba de aquellos momentos a solas, cuando podía organizar mentalmente las tareas del día sin que nadie la interrumpiera.
Sin embargo, al aproximarse a la cerca que separaba ambos terrenos cerca del arroyo, distinguió a varios hombres trabajando al otro lado.
Disminuyó el paso.
Estaban sustituyendo varios postes deteriorados y reforzando las secciones de madera que habían cedido con el tiempo. No había nada extraño en aquella labor; las cercas cercanas al arroyo necesitaban mantenimiento y era razonable que ambas propiedades cuidaran sus respectivos lados.
Lo que Lara no esperaba era encontrar a Izan entre ellos.
El hombre estaba junto a uno de sus trabajadores, ayudándolo a colocar un poste nuevo. Llevaba una camisa oscura con las mangas recogidas hasta los codos, pantalones de trabajo y botas cubiertas de polvo. Su cabello estaba ligeramente despeinado y tenía las manos manchadas de tierra.
Lara intentó continuar su camino sin llamar la atención, pero fue demasiado tarde.
Izan levantó la cabeza y la vio.
Una sonrisa apareció en su rostro, tan espontánea que Lara sintió la necesidad inmediata de fruncir el ceño. Él le dijo algo a uno de los trabajadores y se acercó a la cerca.
—Buenos días, Lara.
Ella detuvo a Canela a una distancia prudente.
—Buenos días —respondió con frialdad.
Izan no pareció desanimarse.
—Me alegra verte.
—No puedo decir lo mismo.
La sonrisa de Izan se debilitó, pero no desapareció por completo.
—Al menos me has respondido. Empiezo a considerar eso un avance.
—No te emociones. Solo te he saludado por educación.
—Lo tendré presente.
Lara hizo un movimiento con las riendas, dispuesta a seguir su camino, pero él volvió a hablar.
—¿Podrías concederme unos minutos?
—No.
La respuesta fue tan inmediata que Izan tuvo que contener una sonrisa.
—Ni siquiera sabes qué voy a decirte.
—No necesito saberlo. Ya te dije que no quiero tener nada contigo.
—Lo sé. He respetado tu decisión y no he vuelto a acercarme desde que me lo pediste.
Lara lo miró con desconfianza.
Era cierto. Y, aunque ella había agradecido tener un poco de tranquilidad, también se había sorprendido de que hasta ese momento lo cumpliera?
Por supuesto, no pensaba confesarlo.
—Entonces continúa así y déjame pasar.
Izan apoyó una mano sobre uno de los postes recién colocados.
—Solo quiero pedirte una oportunidad.
Lara soltó una risa incrédula.
—¿Una oportunidad para qué? ¿Para demostrarme que puedes ser todavía más insoportable?
—Para que me conozcas.
—Ya te conozco lo suficiente.
—No, Lara. Conoces al hombre que cometió el error de espiarte y besarte sin tu permiso. Y tienes todo el derecho a estar enfadada por eso. Pero no sabes cómo soy cuando intento hacer las cosas bien.
La expresión de Lara se endureció.
—¿Y crees que unas cuantas palabras van a cambiar lo que ocurrió?
—No. Sé que tengo que demostrarlo con hechos.
Por primera vez desde que se habían encontrado, Lara no tuvo una respuesta inmediata. No porque estuviera dispuesta a concederle aquella oportunidad, sino porque la seriedad con la que hablaba la tomó desprevenida.
Izan aprovechó el silencio para continuar.
—No te estoy pidiendo que olvides lo sucedido. Solo quiero que me permitas acercarme a ti sin que me cierres la puerta antes de conocerme.
—¿Y qué te hace pensar que quiero acercarme a ti?
Él la miró directamente a los ojos.
—Nada. Por eso te lo estoy preguntando.
La respuesta la desconcertó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Lara apartó la mirada hacia los trabajadores, que continuaban ocupados con la reparación de la cerca. No quería mantener aquella conversación delante de ellos, pero tampoco iba a bajarse de Canela para facilitarle las cosas.
—Escúchame bien, Izan. No soy una mujer que se deje convencer porque un hombre le diga que es hermosa o que no puede dejar de pensar en ella.
—Ya lo sé.
—Tampoco voy a olvidar que perteneces a la familia Orellana.
—Y yo sé que eres una Dávila. No necesito que me recuerdes nuestros apellidos cada vez que hablamos.
—Entonces deberías comprender que esto no tiene ningún futuro.
Izan guardó silencio durante unos segundos. La seguridad con la que Lara pronunciaba aquellas palabras le dolía más de lo que quería reconocer, pero no pretendía discutir con ella ni convertir aquel encuentro en otra confrontación.
—¿Y si nuestras familias no estuvieran enfrentadas? —preguntó finalmente—. ¿Me rechazarías de la misma manera?
Lara apretó las riendas.
Aquella pregunta había tocado un punto que prefería mantener oculto.
—Eso no viene al caso.
—Para mí sí.
—Pues deja de hacer preguntas absurdas.
—No me parecen absurdas. Quiero saber si realmente no sientes nada por mí o si estás convencida de que no puedes sentirlo porque soy un Orellana.
Lara sintió que el rostro se le calentaba de indignación.
—¡No te atrevas a decirme lo que siento!
Izan levantó las manos, reconociendo que había ido demasiado lejos.
—Está bien. No voy a hacerlo. Solo quería entenderte.
—Pues no pierdas el tiempo intentándolo.
Lara hizo girar a Canela, pero antes de alejarse escuchó nuevamente su voz.
—Lara, mírame un momento.
Ella volvió el rostro con evidente fastidio.
—¿Qué?
Izan sostuvo su mirada.
—Desde que te vi junto al arroyo, he sentido que hay algo entre nosotros que no puedo explicar. Puedes llamarme loco si quieres, pero a veces pienso que el destino nos puso en el camino del otro por alguna razón.
Lara abrió los ojos, incrédula.
—¿Otra vez con eso?
—No estoy diciendo que debas creerme.
—¡Pues deja de hablar como si estuviéramos destinados a estar juntos! ¡No somos los protagonistas de una historia romántica, Izan!
Él soltó una risa breve, incapaz de evitarlo.
—No sabía que tenías tanta imaginación para describir nuestra situación.
—¡Y yo no sabía que eras tan arrogante como para creer que el universo gira a tu alrededor!
—No creo que gire a mi alrededor. Pero sí creo que algunas personas aparecen en nuestra vida por una razón.
—Y yo creo que necesitas encontrar una afición que no consista en perseguir mujeres que no quieren saber nada de ti.
La sonrisa de Izan desapareció.
—No voy a perseguirte, Lara. Si me dices que me aleje, lo haré. Pero no voy a fingir que no me gustas solo para que te resulte más fácil ignorarme.
Ella lo observó durante unos segundos. Había algo desconcertante en la manera en que aquel hombre podía pasar de la provocación a la sinceridad sin perder la seguridad que lo caracterizaba.
Y lo peor era que una parte de ella quería seguir escuchándolo.
Pero no podía permitirse ese lujo.
—Entonces tendrás que aprender a vivir con lo que sientes —respondió finalmente—, porque yo no voy a corresponderte.
Izan asintió despacio.
—No puedo prometerte que dejarás de gustarme mañana, pero sí puedo prometerte que no voy a obligarte a nada.
—Más te vale.
Lara dio un ligero toque con las riendas y Canela comenzó a avanzar.
—Que tengas un buen día —dijo Izan a sus espaldas.
Ella no respondió.
Continuó cabalgando hasta que la cerca y los trabajadores quedaron atrás, pero las palabras de Izan siguieron acompañándola durante todo el camino.
*¿Realmente no siente nada por mí?*
Lara apretó los labios.
—No siento nada —murmuró, como si necesitara escucharse para creerlo—. Absolutamente nada.
Sin embargo, su corazón todavía latía más rápido de lo habitual.
Y eso la enfurecía.
Al otro lado de la cerca, Izan la observó alejarse antes de regresar al trabajo. No había conseguido la oportunidad que deseaba, pero tampoco se arrepentía de haber hablado con ella.
Sabía que conquistar a Lara Dávila sería mucho más difícil de lo que había imaginado.