La noche en que su novio la humilló delante de todo un restaurante, Rosária Ferreira creyó que ya no le quedaba nada que perder. Gorda, pobre y con el corazón hecho pedazos, bebió hasta olvidar hasta su propio nombre… y terminó llamando a la puerta equivocada del hotel más lujoso de São Paulo.
Del otro lado estaba Gerson Bittencourt, heredero de un imperio y hombre convencido de que el amor es veneno. Harto de mujeres que lo querían por su apellido, encontró en aquella desconocida, que ni sabía quién era él ni quiso saberlo, la única noche verdadera de su vida. Y por la mañana, ella había desaparecido sin dejar más que un fajo de billetes… y una pregunta que jamás lo dejaría en paz.
Cinco años después, una ejecutiva brillante y blindada cruza la puerta de su empresa con una hija de la mano y un secreto que podría destruirlo todo. Ya no es la mujer que se encogía para caber en el mundo. Y él, el chairman al que nadie se atreve a decirle que no, está a punto de descubrir lo que significa perseguir a alguien que no está en venta.
Pero hay una familia poderosa que pagó muy caro para que esa noche no existiera nunca, y una verdad que, cuando salga a la luz, los obligará a elegir entre el miedo y el amor.
¿Se puede amar a quien se esconde de ti? ¿Y a quien ya no cree merecer ser amada?
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Capítulo 3
POV: Gerson
Me llamo Gerson Bittencourt, tengo veintiséis años y soy heredero de un apellido que pesa más de lo que vale. Crecí en una mansión de Jardins y aprendí temprano una sola cosa: el amor es veneno. Mi madre murió enseñándomelo. Nunca olvidé la lección.
Esa noche estaba en la suite presidencial del Hotel Lumière porque ya no soportaba dormir en mi propia casa. Caio, mi asistente, había dejado una carpeta de contratos sobre la mesa y una pregunta flotando en el aire.
—El contrato de los Monteiro está ahí —dijo, señalando la carpeta—. Su padre quiere que lo firme antes del jueves.
—Mi padre quiere muchas cosas.
—¿Le hago subir a alguien? —Cambió de tema con la habilidad de quien me conoce—. Hay gente preguntando por usted allá abajo. Está la chica de la otra vez, la modelo, y dos amigas suyas.
—No.
—Es la tercera vez este mes que lo rechaza. —Me miró con cautela profesional—. Si me permite, lo noto distinto.
—¿Distinto cómo?
—Aburrido. —Se encogió de hombros—. Siempre lo estuvo, pero ahora está peor.
Tenía razón, y yo no iba a darle la satisfacción de reconocerlo.
—Buenas noches, Caio.
Volvió a encogerse de hombros y salió. Caio trabaja conmigo desde hace tres años y aprendió a no insistir. Aquellas chicas se me acercaban por interés propio. Tiempo atrás eso me irritaba. Ahora solo me aburría.
El celular vibró. Era mi padre.
—Otávio —contesté. Nunca lo llamé papá.
—La reunión con los Monteiro es el jueves. Vas a ir. —Su voz nunca preguntaba, ordenaba—. Y vas de traje, no vayas a aparecer con esa cara de quien se pasó la noche bebiendo.
—Qué bueno oírte a ti también.
—No me vengas con ironías. Eres un Bittencourt. Compórtate como tal.
—Soy un Bittencourt a medias —dije—. Tú te encargas de recordármelo cuando te conviene.
Del otro lado hubo un silencio, y en ese silencio cabía mi madre entera: el dinero suyo que levantó la constructora, el nombre suyo que nadie más pronunciaba en esa casa. Otávio colgó sin responder. Siempre colgaba cuando yo me acercaba a la herida.
Guardé el celular y me quedé mirando mi propio reflejo en el ventanal, encimado sobre la ciudad. A los seis años tenía una madre que reía. A los ocho, una casa llena de desconocidos, cuchicheos detrás de las puertas, mi padre de traje negro y un ataúd que no pude abrir.
Nadie me lo explicó nunca bien. Con el tiempo solo entendí que ella había descubierto algo sobre mi padre, y que el descubrimiento la había matado, de una forma u otra. Ahí aprendí, a los ocho años, una ecuación sencilla: quien ama le entrega un arma al otro. Y el otro siempre termina usándola.
Por eso yo no amaba a nadie.
Abajo, en el lounge, debía de estar lleno. Gente riendo fuerte, brindando, cerrando negocios, consiguiendo amantes. Todos queriendo algo de alguien. Yo conocía ese juego desde los dieciocho años y ya había ganado todas las partidas que valía la pena ganar. El problema de ganar demasiado pronto es que te queda una vida entera sin nada que desear. Tenía dinero que no gastaba, poder que todavía no me pertenecía por derecho y una cama grande donde nunca nadie se quedaba hasta la mañana, porque yo no lo permitía.
La modelo de abajo era bonita. Sabía exactamente cómo sería la noche si le pedía a Caio que la subiera. Sabía cada palabra que diría, cada halago calculado, y sabía que al día siguiente no recordaría su nombre. Justamente por saberlo todo de antemano no bajé. No por virtud. Por aburrimiento.
Tamborileé con los dedos sobre la mesa. El tedio pesaba como una manta mojada. Tenía veintiséis años, una empresa que todavía no era mía, un padre que me trataba como a un competidor y unas ganas casi físicas de desaparecer de São Paulo por un tiempo, de irme a cualquier lugar donde nadie conociera mi apellido.
Fue entonces cuando llamaron a la puerta.
Pasaba de la medianoche. No había pedido servicio a la habitación y Caio no volvería a esa hora. Pensé en ignorarlo. Llamaron otra vez, tres golpes débiles, sin ritmo, como si la mano que golpeaba apenas se sostuviera. Luego una patada y una voz de mujer, enredada.
—Abre ya, caramba.
Crucé la suite por curiosidad y abrí.
Del otro lado había una mujer apoyada en el marco, con un abrigo oscuro sobre un vestido ajustado, el pelo cayéndole sobre la cara, los ojos entrecerrados. Olía a vino.
—Tercera puerta —murmuró—. Es la tercera puerta a la izquierda.
Y antes de que yo dijera algo, su cuerpo cedió hacia adelante, sin aviso, y cayó contra mi pecho.