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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:317
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

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Las calles que empiezan a toser

Al tercer día después de tapiar el ala este, Fray Alonso ya no podía ocultar el temblor de su mano derecha. La mancha negra le cubría la palma por completo y trepaba por el dorso hacia los nudillos. El grano debajo de la lengua había crecido hasta impedirle cerrar la boca sin dolor. Cuando hablaba, la voz le salía pastosa y cada cierta sílaba se interrumpía por una tos seca que dejaba polvo en el paño.

El hermano enfermero entró en su celda al amanecer, con el rostro cubierto y los ojos entrecerrados por el miedo. Traía un listado escrito con letra temblorosa.

—Prior… en el convento somos ya once con el sabor. Tres del dormitorio oeste. Dos de la cocina. Uno del coro. Y cuatro más que no quieren decirlo pero se les ve en la forma de tragar. En la ciudad… el regidor ha enviado otro mensajero. Hay diecisiete casas con la tos. Cinco muertos. Todos con el polvo negro en la boca. Han empezado a quemar colchones en las plazas. El humo no se dispersa. Sube recto.

Fray Alonso escuchó sin interrumpir. Cuando el enfermero terminó, solo dijo:

—Que nadie más entre en esta celda. Y que se cierre el convento por dentro. Puertas atrancadas. Ningún hermano sale. Ningún seglar entra. Si el regidor insiste, que hable a través de la puerta.

El enfermero asintió y se retiró. Al cerrar, Fray Alonso oyó la tos del hombre resonar en el corredor. Ya no era solo el ala este. El círculo había encontrado el resto del edificio.

Esa misma mañana el regidor mayor se presentó ante las puertas del convento con seis hombres armados y un escribano. Golpeó con el pomo de la espada. Fray Alonso salió al locutorio exterior, manteniendo la distancia, con el paño subido hasta los ojos.

—Prior

dijo el regidor sin saludar.

— la ciudad exige respuestas. Hay niños muertos. Hay mujeres que gritan que oyen a sus muertos toser desde las fosas. El humo de las hogueras no se va. Y todos señalan a este convento. ¿Qué trajeron vuestros frailes del valle de Albarracín?

Fray Alonso sostuvo la mirada del hombre.

—Una tierra que no debía tocarse. Un cuaderno de un inquisidor que perdió la razón. Ya tomamos medidas. El valle está cerrado. El horno de la calera está sellado. Este convento se aísla. Si la ciudad quema y reza, tal vez baste.

El regidor escupió al suelo. El escupitajo era claro, todavía. Pero su mano derecha, la que sostenía el pomo de la espada, tenía un leve temblor.

—Si no basta, prior, yo mismo ordenaré que este edificio se queme con vosotros dentro. El pueblo ya habla de brujería. De un círculo que se come los nombres. No puedo contenerlos mucho más.

Se fue sin esperar respuesta. Fray Alonso regresó al interior. En el claustro se encontró con tres frailes que tosían contra la pared. Uno de ellos levantó la cara. Tenía los labios negros y una sonrisa que no le pertenecía.

—El nombre… ya lo sé entero

murmuró.

—Me lo dijo la pared.

Fray Alonso lo hizo llevar a una celda vacía del ala oeste. Ordenó que se le ataran las manos para que no escribiera más signos. Después se encerró en su propia celda y se miró la lengua en un trozo de metal. El grano era del tamaño de una avellana. Gris. Latiendo. Al tocarlo sintió que algo se movía más abajo, en la garganta, como una raíz que empezaba a buscar apoyo. Por la tarde el hermano enfermero regresó con más noticias. El muro de la calera se había derrumbado en un tramo. El calor que salía era tan intenso que nadie podía acercarse a menos de veinte pasos. Dos de los hombres que intentaron apuntalarlo habían caído de rodillas tosiendo polvo. Uno no se levantó. Su cuerpo se vació en menos de una hora. Solo quedó un montículo negro que el viento no se llevó.

En las calles cercanas la gente había empezado a formar grupos. No gritaban. Solo se reunían en silencio alrededor de las hogueras donde quemaban ropa y colchones. El humo negro subía en columnas rectas. Algunos miraban esas columnas como si esperaran ver caras dentro. Al anochecer Fray Alonso ya no pudo sostenerse en pie. Se sentó en el jergón y se arremangó hasta el hombro. La raíz negra le cruzaba el antebrazo y se dirigía hacia la axila. El latido era el mismo que había descrito Fray Tomás en su cuaderno. Lento. Profundo. Como de algo que respira bajo tierra.

Intentó rezar el Confiteor. Las palabras salieron mezcladas con el nombre. Cada vez que lo pronunciaba sin querer, el grano bajo la lengua se movía con más fuerza. Al final dejó de intentarlo. Se quedó escuchando el murmullo que venía de las paredes del convento. Ya no era solo el ala este. Era todo el edificio. Voces bajas, secas, repitiendo sílabas rotas.

A la hora en que debían sonar las campanas de completas, alguien las tocó igual. El sonido fue débil, irregular. Después se oyó un grito en el coro. Después silencio. Después el ruido de alguien arrastrándose por el suelo de piedra.

Fray Alonso cerró los ojos. El sabor a hierro quemado le llenó la boca por completo. Escupió. El polvo cayó sobre su regazo y formó un círculo perfecto. Esta vez no lo apartó. Lo contempló mientras el latido de su pecho se sincronizaba con el de la raíz. Fuera, en la plaza más cercana a la calera, una mujer se detuvo frente a una de las columnas de humo. Abrió la boca. De ella salió un hilo de polvo negro que se elevó y se unió a la columna. La mujer se quedó quieta, mirando el cielo, mientras su cuerpo empezaba a inclinarse hacia delante con una lentitud casi ceremonial.

El círculo ya no necesitaba valles remotos. Había encontrado una ciudad. Y las bocas, una tras otra, empezaban a aprender el nombre.

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GENESIS YEPES
.BUSANDO HISTORIA
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