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La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

Status: Terminada
Genre:Mundo mágico / Villana / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.

Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.

Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.

Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".

Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.

Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13 - La escuela de la capital

El lunes tomé el bus de las cinco y media con mi cuaderno en la mochila y el estetoscopio del abuelo de Kian envuelto en un trapo. Mi madre me acompañó a la parada y me dio un beso en la frente. Me dijo que no me olvidara de comer y que le escribiera si podía. Leo no vino porque tenía clases temprano, pero me había dejado una nota en el local que decía buena suerte, profe.

El viaje se me hizo más corto que la primera vez. Ya conocía el camino y sabía dónde se movía más el bus. Llegué a la capital a las ocho y media y caminé hasta la escuela de veterinaria con la carta en la mano. Había más gente que la vez de la entrevista. En el patio había chicos con guardapolvos blancos y con cajas de instrumentos que brillaban. Yo tenía mi guardapolvo viejo que me había prestado la señora Lía, con una mancha en el bolsillo que no se iba.

Entré al aula. Era grande, con mesas altas y con un pizarrón que ocupaba toda la pared. Adelante había un esqueleto de perro armado con alambres. La profesora era una señora de pelo corto y lentes finos. Se llama profesora Vidal y habla rápido. Nos dijo que en esta escuela no se aprende solo con libros, que se aprende tocando, mirando y escuchando. Eso me gustó.

El primer día vimos huesos. Nos dieron huesos de verdad para que los tocáramos y nos dijo que teníamos que saber de memoria cómo se llaman. Yo no sabía ninguno. Los otros chicos sí, porque venían de escuelas de la capital. Me sentí chica y con vergüenza. En el recreo me senté sola en un banco del patio y saqué mi cuaderno para repasar lo que había atendido en el pueblo. Una chica se sentó al lado mío y me preguntó qué leía. Le dije que era mi cuaderno de casos. Se llama Clara y viene de un pueblo más chico que el mío, donde cuidan cabras. Me mostró su cuaderno también, lleno de dibujos de pezuñas. Nos hicimos amigas rápido.

A la tarde tuvimos práctica de vendaje. Nos dieron muñecos con patas de trapo y nos dijeron que vendáramos como si fuera una pata real. Yo lo hice rápido porque lo había hecho muchas veces con la yegua de Silas y con los perros del pueblo. La profesora Vidal me miró y me dijo, tú ya hiciste esto antes, ¿verdad? Le dije que sí, que en mi refugio. Me dijo que lo había hecho bien y que le enseñara a Clara cómo se hace el nudo que no se suelta. Le enseñé el nudo que me enseñó Silas. Clara lo aprendió en dos intentos.

Volví al pueblo el miércoles en la noche. El bus de vuelta venía casi vacío. Cuando llegué, el local estaba cerrado pero con luz adentro. Mi madre y Leo estaban ahí, con Tizón y con tres perros nuevos que habían llegado el martes. Uno tenía sarna y los otros dos tenían hambre. Mi madre me contó que los había bañado con agua tibia y con el jabón que me dejó Silas y que les dio arroz. Me dijo que la gente ya sabía que yo volvía los jueves y que por eso el jueves siempre había fila.

El jueves atendí todo el día. Vinieron siete personas. Una trajo un gato con fiebre y lo medí con el termómetro que me prestó Silas. Tenía treinta y nueve y medio. En la escuela me habían enseñado que eso es fiebre en gatos. Le puse paños fríos y le dije a su dueña que le diera agua y que volviera mañana. En mi cabeza escuché, calor, no quiero comer. Le dije bajito, ya sé, descansa.

En la tarde vino don Ernesto con un perro grande que no era de él. Era de un vecino que se había ido del pueblo y lo dejó atado afuera. El perro estaba flaco y con miedo. Lo desaté y lo traje al local. Le di agua y pan. No quería comer al principio. Me senté a su lado en el suelo y le hablé bajito. En mi cabeza escuché, me dejaron, estoy solo. Le dije que acá no estaba solo. Se acostó y apoyó la cabeza en mi pierna. Don Ernesto me dijo que si quería, podía quedarse en el refugio hasta que alguien lo adoptara. Le dije que sí.

El viernes volví a la capital. Esta vez el viaje no me dio miedo. Ya sabía dónde bajarme y dónde comprar un té caliente que no era muy caro. En la clase vimos cómo escuchar el corazón con el estetoscopio. Yo saqué el que me dio Kian y lo usé. Escuché el corazón de un perro que trajo la profesora. Sonaba rápido y fuerte. La profesora me dijo que lo estaba haciendo bien y que ese estetoscopio era viejo pero bueno. Me dio orgullo porque era un regalo.

Clara me invitó a su casa el sábado, pero le dije que no podía porque tenía que volver a mi pueblo a abrir el local. Le conté lo del refugio y le mostré fotos que me había sacado Leo con su teléfono viejo. Le gustó mucho la foto donde se ve el cartel de El Susurro Salvaje con la luz chiquita. Me dijo que cuando terminemos el primer mes de clases, quiere venir a conocer mi pueblo.

El domingo no abrí el local. Me quedé en mi casa con mi madre y con Tizón. Mi madre me preguntó cómo me sentía en la escuela de la capital. Le dije que al principio me sentí chica, pero que ahora me sentía bien porque lo que me enseñan allá ya lo hice acá con las manos. Le dije que allá hablan con palabras difíciles, pero que yo entiendo lo mismo mirando al animal.

En la noche escribí en mi cuaderno, día cincuenta y uno, primera semana de escuela en la capital, aprendí nombres de huesos, vendé muñecos, escuché corazones, hice una amiga que se llama Clara, en mi pueblo atendí a siete animales y a un perro abandonado que ahora vive en el refugio. Abajo escribí, antes pensaba que tenía que perseguir a alguien para que me miraran. Ahora viajo tres días y vuelvo dos y en los dos lugares me esperan.

Cerré el cuaderno y lo puse al lado de mi mochila para mañana. Tizón se acostó sobre mi pecho y se quedó dormido. Afuera no nevaba. Se escuchaba el viento del cerro y, muy lejos, los perros de Silas ladrando una vez y después silencio. Me dormí pensando en el bus de las cinco y media que iba a tomar otra vez.

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bruja de la imaginación 👿😇
me gustó mucho está historia 🥰
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