Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Mansión Parisi 2
El debate de Aria con el niño en el jardin duró varios minutos.
Aria defendió la hipótesis del conejo.
El niño insistió en que debía tratarse de un zorro.
Después consideraron la posibilidad de que fuera un gato.
Finalmente, el pequeño propuso que quizá el animal era una criatura desconocida, perteneciente a una especie que todavía no había sido descubierta por los grandes estudiosos del reino de Vagur.
Aria lo miró con admiración.
—¡Eso significa que podríamos ponerle un nombre!
El niño abrió mucho los ojos.
—¿Un nombre?
—¡Sí! Podríamos llamarlo... ¿Señor Galletoso?
El pequeño la miró horrorizado.
—¡Ese nombre es horrible!
Aria fingió escandalizarse.
—¡¿Horrible?! ¡Es un nombre magnífico!
—¡No lo es!
—¡Tiene dignidad!
—¡Es una galleta!
Aria se quedó en silencio.
Después comenzó a reír.
Y, para su enorme satisfacción, el pequeño también se echó a reír.
Su risa era suave y un poco tímida, pero ya no había lágrimas en sus mejillas.
Aria sintió que el corazón se le llenaba de una calidez que conocía muy bien.
Era la misma sensación que experimentaba cuando los niños del hospital dejaban de llorar y comenzaban a sonreír.
No podía curar todas las heridas del mundo.
Pero quizá podía ayudar a que alguien se sintiera un poco mejor.
Y eso era suficiente.
—Se me ocurre algo
El niño la miró con curiosidad.
—¿Qué?
—¿Y si hacemos nuestras propias galletas?
Él parpadeó.
—¿Nosotros?
—¡Sí! Podemos hacer galletas con la forma que queramos. Conejos, zorros, gatos, dragones... ¡Incluso podemos inventar animales nuevos!
El niño se quedó pensativo.
Aria continuó, cada vez más entusiasmada.
—Podríamos hacer una galleta con alas, otra con tres colas y otra con orejas tan largas que lleguen hasta el suelo.
El pequeño abrió los ojos.
—¡Eso sería ridículo!
—¡Exactamente! ¡Sería una galleta extraordinaria!
El niño soltó otra carcajada.
Después miró su galleta y asintió con absoluta seriedad.
—Está bien. Pero yo elegiré las formas.
Aria le tendió la mano.
—Trato hecho.
El pequeño la estrechó.
Y, por un instante, ambos parecieron dos socios que acababan de cerrar un acuerdo comercial de enorme importancia.
Ninguno de los dos sabía que aquella pequeña promesa, nacida de una discusión sobre una galleta, acabaría convirtiéndose en uno de los recuerdos más entrañables de sus vidas.
Fue entonces cuando escucharon pasos.
Un guardia apareció al final del sendero.
Al ver al niño sentado junto a Aria, soltó un suspiro tan profundo que pareció haber estado conteniendo la respiración durante varios minutos.
—¡Joven Sartori!
El pequeño dejó de sonreír.
Aria giró la cabeza.
El guardia se acercó apresuradamente, aunque se detuvo a una distancia prudente.
—¡Lo hemos estado buscando por todas partes!
El niño apretó su galleta entre los dedos.
Su expresión cambió de inmediato.
La tranquilidad que había conseguido recuperar comenzó a desaparecer.
—Dígale a mi tío Niccolo que no voy a ir con él.
El guardia parpadeó.
—Joven Sartori, por favor...
—¡No voy a ir!
El niño se levantó de golpe.
Era pequeño, pero su indignación parecía suficiente para enfrentarse a un ejército entero.
—¡Si ya terminó de bailar con esa mujer, que me deje en paz!
El guardia abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
Parecía no saber qué responder.
Aria, por su parte, se quedó mirándolo durante unos segundos.
Después se llevó una mano a los labios.
[¡Oh, no!].
Intentó contenerse.
De verdad lo intentó.
Pero la imagen de aquel pequeño caballero, con su galleta en la mano y una expresión de profunda indignación, resultaba demasiado divertida.
Se le escapó una risita.
El niño giró la cabeza hacia ella.
Aria se apresuró a fingir que estaba tosiendo.
—Disculpa...
El guardia parecía cada vez más desesperado.
—Joven Sartori, su tío me ha pedido que lo acompañe.
—Pues dígale que no quiero ir.
—Pero...
—¡No quiero!
El pequeño cruzó los brazos.
Aria bajó la cabeza para ocultar su sonrisa.
[¡Qué carácter!].
El guardia miró al niño.
Después miró a Aria, como si esperara que la joven pudiera ofrecerle alguna solución.
Pero ella no tenía intención de intervenir en un asunto familiar que desconocía por completo.
El pequeño, por su parte, parecía decidido a no moverse.
Finalmente, el guardia suspiró.
—Está bien. Iré a informar al señor Niccolo.
Se inclinó ligeramente hacia el niño.
—Pero, por favor, no se mueva de aquí. Volveré en cuanto pueda.
—No me moveré.
El guardia no pareció convencido.
Miró una última vez al pequeño, luego a Aria y finalmente se retiró por el sendero.
En cuanto desapareció, el jardín volvió a quedar en silencio.
Aria miró al niño.
El niño miró su galleta.
Después, como si nada hubiera sucedido, volvió a sentarse junto a ella.
Aria tuvo que esforzarse para no reírse otra vez.
—Parece que tu tío está teniendo una noche ocupada.
El pequeño resopló.
—Siempre está ocupado.
—¿Ah, sí?
—Sí.
El niño mordió una esquina de su galleta.
—Y cuando no está ocupado, quiere que haga cosas aburridas.
Aria ladeó la cabeza.
—¿Como qué?
—Saludar a personas. Quedarme quieto. No correr. No tocar nada. No ensuciarme.
Enumeró cada una de las prohibiciones con una expresión de profundo sufrimiento.
—¡Es agotador!
Aria se llevó una mano al pecho.
—¡Qué vida tan difícil!
El pequeño asintió con solemnidad.
—Muy difícil.
Ella ya no pudo contener la risa.
Y esta vez, el niño también se rio.
Después de unos momentos, Aria decidió que había llegado el momento de presentarse correctamente.
Se acomodó el vestido, enderezó la espalda y adoptó la expresión más formal que pudo conseguir.
—Creo que todavía no nos hemos presentado.
El niño dejó de comer.
Aria extendió la mano.
—Mi nombre es Aria Vizconti. Es un placer conocerte, joven caballero.
El pequeño la observó con seriedad.
Durante un instante, Aria pensó que quizá se negaría a participar en aquella pequeña ceremonia.
Pero entonces el niño se limpió cuidadosamente los dedos, se puso de pie y tomó su mano.
—Mi nombre es Nino Sartori.
La estrechó con una formalidad sorprendente para alguien de su edad.
—Es un placer conocerla, señorita Vizconti.
Aria sonrió.
—El placer es mío, señor Sartori.
Se miraron durante un segundo.
Y entonces ambos comenzaron a reír.
Porque, a pesar de sus nombres importantes, de los vestidos elegantes y de las normas de etiqueta que regían aquella sociedad, seguían siendo simplemente una joven y un niño que habían decidido convertirse en amigos después de discutir sobre una galleta.
Nino volvió a sentarse en la hierba.
Aria hizo lo mismo.
—Entonces, señor Sartori ¿cuál será nuestra primera creación culinaria?
El pequeño se quedó pensativo.
Sus ojos oscuros brillaron de repente.
—¡Un dragón!
Aria abrió los ojos.
—¡Un dragón!
—¡Sí! Un dragón enorme, con alas y una cola larga.
—¿Y qué color tendrá?
Nino frunció el ceño, como si la pregunta fuera de una importancia extraordinaria.
—Rojo.
—¿Y por qué rojo?
—Porque los dragones rojos son los más fuertes.
Aria asintió con gravedad.
—Una decisión excelente.
El niño sonrió.
—Y también haremos un dragón negro.
—¿Negro?
—Sí. Será el más peligroso de todos.
Aria lo miró con una sonrisa.
[Qué imaginación tan maravillosa].
—Entonces tendremos que hacer muchos dragones. No podemos permitir que el dragón negro gane siempre.
Nino se echó a reír.
Y Aria, mientras lo escuchaba, sintió que algo muy especial estaba sucediendo.
No era una fiesta.
No era un banquete.
Ni siquiera era una conversación con alguna de las familias más influyentes de Vagur.
Era algo mucho más sencillo.
Había conocido a un niño que estaba triste y había conseguido que sonriera.
Y, para ella, aquello tenía un valor inmenso.
Mientras el cielo se teñía lentamente de tonos dorados, Aria tomó otra galleta del pañuelo y se la ofreció a Nino.
El pequeño la aceptó con una sonrisa.
—Gracias, señorita Vizconti.
Ella le revolvió suavemente el cabello.
—De nada, joven Sartori.
Nino no protestó.
Solo siguió comiendo su galleta, sentado junto a ella en el jardín de los Parisi.
A lo lejos, la música continuaba sonando.
Y mientras lo observaba sonreír, Aria pensó que quizá aquella segunda vida no solo le permitiría disfrutar de todas las cosas que había perdido.
Quizá también le daría la oportunidad de ofrecer a otros un poco de la ternura que ella misma había necesitado durante tantos años.
[Qué bueno que salí al jardín].
Sonrió.
[Definitivamente, esta fiesta está siendo mucho más interesante de lo que esperaba].
Que tierno