Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
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CAPÍTULO 1: La consulta de las ocho.
El reloj de la pared marcaba las 8 de la noche, para cualquier persona, esa hora significa que una sección de terapia ordinaria había terminado pero para Elena significaba que una sección muy distinta había comenzado.
Se quitó los anteojos, los dejó sobre la mesa. En el sillón de cuero frente de ella aún quedaba la marca del último paciente de la tarde: un muchacho universitario con crisis de ansiedad por sus exámenes. Un problema ordinario, terrenal y manejable. Elena amaba esos casos; le recordaban que el mundo podía ser un lugar simple.
Apagó la lámpara de escritorio. La penumbra entró desde la ventana que daba a la avenida.
—Puedes pasar, Marta —murmuró Elena con la voz serena de quien llama a alguien en la sala de espera.
El aire en la habitación cayó varios grados. La niebla de su propio aliento se volvió visible. En la esquina más oscura, junto a la biblioteca de libros de psicoanálisis, una sombra comenzó a tomar forma hasta revelar a una mujer de unos sesenta años, vestida con ropa sencilla .
—Aún huele a té de manzanilla aquí —dijo la mujer. Su voz no producía sonido real; resonaba en la mente de Elena como un susurro .
—Es el difusor. Ayuda a calmar los nervios —contestó Elena, levantándose para encender una vela blanca en la mesa auxiliar—. Siéntate, Marta. Sabes que no me gusta que te quedes cerca de la puerta.
El espíritu flotó torpemente y se dejó caer en el sillón. Los muertos no pesaban nada, salvo por la carga emocional que traían a cuestas.
Marta no encontraba la casa de su hija. No entendía por qué los edificios de su calle habían cambiado ni por qué nadie la escuchaba cuando intentaba hablar. Le tomó veinte minutos a Elena guiarla suavemente por el camino de la aceptación, explicándole que su corazón se había detenido cuatro años atrás en la cocina de su casa. Cuando la anciana finalmente comprendió y aceptó la realidad, la figura se desvaneció en el aire, dejando la habitación en un silencio tibio.
Elena dejó salir un suspiro largo. Sentía el cansancio acumulado en los hombros. Guardó sus notas en el bolso, apagó las luces restantes y cerró la puerta de madera del consultorio con llave.
El edificio médico estaba desierto a esa hora. Las luces fluorescentes del pasillo zumbaban con un tono bajo. Elena caminó hacia el ascensor y presionó el botón de bajada. Las puertas de metal se abrieron con un gemido mecánico.
Entró, se giró hacia el espejo del fondo y presionó el botón de la planta baja. El ascensor comenzó a descender. Tres... dos...
Un tirón seco sacudió la cabina. Las luces parpadearon violentamente y se apagaron, dejando solo una tenue luz roja de emergencia.
Elena no se inmutó. Los fallos eléctricos eran habituales cuando un alma rondaba cerca.
—La consulta terminó por hoy —dijo al reflejo del espejo con tono firme—. Regresen mañana.
Nadie respondió. Pero el aire no se enfrió con la tristeza limpia de los espíritus como Marta. Este frío era distinto: denso, pesado, con un olor metálico y amargo a pólvora oxidada que le erizó la piel.
En el espejo, recortada contra la esquina oscura, apareció la figura de un hombre.
Elena se giró despacio.
El sujeto vestía una chaqueta de tela oscura y jeans desgastados. A diferencia de la mayoría de los fantasmas, que parecían vaporosos o translúcidos, su presencia se sentía alarmantemente sólida. Tenía la mirada fija en ella, una mirada fría, analítica y sin ningún rastro de la confusión típica de los recién fallecidos.
En el centro de su pecho, la tela de su camiseta estaba rota y manchada de sangre oscura y seca. La marca inequívoca de un disparo a quemarropa.
—No vengo por una consulta, doctora —dijo el hombre. Su voz era raspada, baja, casi terrenal.
Elena dio un paso atrás hasta que su espalda tocó la pared de metal.
—Estás muerto —dijo, manteniendo la calma que tanto le había costado cultivar—. Si estás atrapado, puedo ayudarte a entender lo que pasó para que puedas seguir adelante.
El hombre soltó una risa breve, sin ninguna gracia.
—No estoy atrapado por falta de entendimiento. Sé perfectamente cómo morí y quién apretó el gatillo. Lo que no sé es qué me pasó hace tres días cuando me dieron la orden de matarte .
Elena se congeló. El corazón le dio un vuelco violento contra las costillas.
—¿De qué estás hablando? No te conozco.
—Yo tampoco te conocía —respondió él, dando un paso al frente. El olor a pólvora se volvió más intenso—. Me pagaron para seguirte desde tu trabajo hasta tu departamento, entrar cuando estuvieras sola y asegurarme de que no volvieras a despertar. Era un trabajo simple. Lo he hecho antes. Pero cuando entré a este edificio el martes por la noche y te vi salir por esa puerta...
El hombre se detuvo, apretando la mandíbula con frustración.
—¿Qué pasó? —susurró Elena, incapaz de apartar la mirada.
—Un dolor en la cabeza. Un mareo absurdo. Sentí que ya había vivido ese momento mil veces. Me quedé paralizado en el pasillo mirándote como un idiota hasta que te subiste al taxi y te fuiste. Dudar me costó la vida. Mis propios jefes pensaron que los había traicionado y me metieron un tiro en el pecho dos horas después.
Elena sintió que el aire se volvía demasiado denso para respirar. Su mente analítica intentó buscar una explicación lógica: una alucinación, un brote psicótico causado por el estrés, una proyección de su propio cansancio.
—Eso es imposible —balbuceó Elena—. Nadie quiere matarme. Soy psicóloga, no tengo enemigos.
—Eso pensaba yo —dijo él, acercándose un paso más—. Pero ahora estoy muerto, tú sigues viva y no puedo alejarme de ti ni aunque lo intente.
El ascensor dio un sacudón final y las puertas se abrieron de golpe al vestíbulo iluminado del edificio. La luz blanca inundó la cabina.
Elena miró hacia la esquina. Estaba vacía.
Elena pasó la noche en vela.
Se quedó sentada en el sillón de su sala con una taza de té que se enfrió sin que la probara. Tenía los tres cerrojos de la puerta echados, pero sabía que la madera y el hierro no servían de nada contra una sombra.
A las siete de la mañana, el sol comenzó a ilimunar la cocina. Elena se miró al espejo del baño. Tenía las ojeras marcadas y la piel pálida. Como profesional de la salud mental, su primer instinto fue diagnosticarse a sí misma: angustia por privación de sueño, transferencia emocional de sus pacientes o un episodio disociativo.
—No fue real —se dijo a sí misma frente al reflejo, echándose agua fría en el rostro—. Fue una proyección de estrés.
Llegó temprano a su consultorio para revisar las notas del día. Su primera paciente era Sofía, una mujer de veintiocho años que acudía desde hacía semanas por problemas de insomnio y episodios severos de déjà vu.
—Es como si mi mente estuviera desordenada, doctora —decía Sofía recostada en el mueble, mirando al techo—. Ayer caminaba por una calle que nunca había visitado y sabía exactamente qué tienda estaba a la vuelta de la esquina. Me pasa todo el tiempo. Siento rabia o tristeza por personas que acabo de conocer.
Elena tomaba notas, pero la mano le temblaba ligeramente sobre el papel.
El déjà vu es una anomalía neurológica común —explicó Elena con su voz más técnica y neutral—. Ocurre cuando el cerebro registra un evento en la memoria a largo plazo antes de procesarlo en la memoria inmediata. Es solo un pequeño retraso en la transmisión de información, Sofía. No significa que hayas estado ahí antes.
—¿Y si son recuerdos de algo más? —preguntó la joven, girándose para mirarla—. A veces se siente demasiado real para ser solo un fallo eléctrico del cerebro.
La pregunta quedó flotando en el aire. Elena apretó el bolígrafo con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Nuestra mente construye explicaciones fantásticas para llenar los vacíos que no comprende —respondió Elena, usando las palabras que ella misma necesitaba escuchar—. El pasado no existe fuera de nuestra memoria. Estás a salvo en el presente.
Cuando la sesión terminó y la paciente se despidió, Elena cerró la puerta y se apoyó contra ella .
—Una respuesta muy convincente, doctora. Casi me la creo yo también.
Elena abrió los ojos de golpe.
El hombre del ascensor estaba sentado en la silla de madera frente al escritorio, con las piernas cruzadas y los brazos sobre el regazo. La mancha de sangre en su camiseta parecía un poco más clara bajo la luz matutina, pero su presencia seguía siendo tan pesada como la noche anterior.
—Te dije que te fueras —dijo Elena, manteniendo la distancia.
—No puedo —respondió él sin alterarse—. Intenté cruzar la calle, intentar irme a mi viejo departamento, pero en cuanto me alejo dos calles de ti, siento que me desgarro. Algo me arrastra de vuelta.
—Eso es porque estás aferrado a tu trauma —dijo Elena, obligándose a tratarlo como a uno de sus pacientes fallecidos para mantener el control—. Moriste de forma violenta y tu mente necesita cerrar el ciclo. Si me dices tu nombre, puedo buscar tu expediente o llamar a alguien para que...
—Me llamo Gabriel —la interrumpió él—. Y no necesito terapia, Elena. Necesito entender por qué un tipo como yo, que nunca dudó en un trabajo, se quedó congelado al verte la cara.
Gabriel se puso de pie. Elena instintivamente dio un paso atrás, pero él no intentó acercarse. Se limitó a mirar los libros de la biblioteca.
—No soy un fantasma confundido que busca consuelo —continuó Gabriel, girándose hacia ella—. Soy la prueba de que alguien pagó un dineral para eliminarte. Y la persona que firmó mi cheque no va a quedarse de brazos cruzados solo porque yo fallé. Mandarán a alguien más.
Elena sintió un escalofrío helado bajar por su columna. Por más que intentara racionalizarlo, las palabras de Gabriel encajaban con una sensación de inquietud que la acompañaba desde hacía días: las miradas en la calle, el auto oscuro que solía ver estacionado cerca de su edificio, los pequeños detalles que había ignorado atribuyéndolos a su paranoia.
—¿Por qué querría alguien matarme? —preguntó en un murmullo.
—Eso es lo que tenemos que averiguar —dijo Gabriel—. Porque si no lo descubrimos pronto, la próxima vez no vendrá un novato que se quede paralizado al verte.