Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?
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Cambios
El viaje de regreso a Apameia fue tranquilo.
Después de varios días en mi antiguo hogar, volver a la capital hacía que todo pareciera regresar a la normalidad.
Emira, Priemo, Kállos y yo llegamos cuando el sol comenzaba a desaparecer.
Griseia se quedó con nosotros aquella noche. Cenamos juntos y hablamos sobre lo ocurrido durante nuestro viaje.
Sin embargo, al día siguiente, alguien llegó al amanecer para buscarla.
—Mi hermano quiere que regrese al castillo —dijo Griseia mientras se preparaba para marcharse.
—Supongo que tendrás que ir.
Ella me miró durante unos segundos.
—Volveré a visitarte.
Sonreí.
—Puedes venir cuando quieras.
Pareció quedar satisfecha con mi respuesta.
—Eso haré.
Después de despedirnos, Griseia regresó al castillo.
Kállos y yo, en cambio, nos dirigimos al cuartel.
Había llegado el momento de volver a entrenar.
Los días de descanso habían terminado y los soldados ya estaban preparados para continuar con sus ejercicios.
La rutina volvió poco a poco.
Entrenamientos.
Patrullas.
Reuniones.
Y más entrenamiento.
Sin embargo, algo había cambiado.
No era algo relacionado con los soldados ni con la ciudad.
Eran las chicas.
Cada vez que alguna de ellas tenía un momento a solas conmigo, su comportamiento era diferente.
Kállos se acercaba más.
Griseia buscaba cualquier oportunidad para pasar tiempo conmigo.
Y Emira parecía cada vez más cariñosa.
Pensaba que quizá simplemente se habían acostumbrado a vivir conmigo.
Por eso no le di demasiada importancia.
Una tarde regresé del cuartel y encontré a Emira preparando algunas cosas.
—Mélon.
—¿Sí?
Se acercó a mí.
—Necesito comprar algunas cosas. ¿Podrías acompañarme?
—Claro.
Priemo levantó la mirada.
—¿Puedo ir?
Emira negó con la cabeza.
—Primero tienes que terminar tus tareas.
—Pero ya terminé casi todo.
—Has pasado buena parte del día entrenando. Primero termina lo que te falta y después podrás descansar.
Priemo hizo una pequeña mueca de disgusto.
—Está bien.
Sonreí.
—Volveremos pronto.
Salimos de casa y comenzamos a caminar por las calles de la capital.
Había bastante movimiento.
Los comerciantes gritaban para llamar la atención de los compradores y los ciudadanos caminaban de un lado a otro.
Emira parecía disfrutar del paseo.
Entramos en una zona donde se vendían alimentos y comenzamos a buscar lo que necesitábamos.
Uno de los mercaderes estaba acomodando varios productos mientras su hijo lo ayudaba.
Reconocí al muchacho inmediatamente.
Era uno de los soldados que formaban parte de mi unidad.
—Mélon.
—¿Qué haces aquí?
—Ayudo a mi padre cuando no estoy en el cuartel.
El joven nos observó durante unos segundos.
—No sabía que tenías pareja.
Sentí que mi rostro comenzaba a calentarse.
Emira también se puso completamente roja.
—No es mi pareja —respondí rápidamente—. Es solo una amiga.
El mercader sonrió.
—Ah, entiendo.
Sin embargo, cuando miré a Emira, pude notar que su expresión había cambiado.
Parecía molesta.
—¿Ocurre algo?
—Nada.
Se adelantó unos pasos.
—Voy a mirar aquellas cosas.
—Está bien.
Continué hablando con el mercader durante unos instantes.
Cuando terminé, miré hacia donde estaba Emira.
Ya no la veía.
—¿Emira?
Caminé unos metros.
Pensé que quizá había seguido avanzando.
Continué buscándola entre la gente, pero no aparecía por ninguna parte.
Mientras tanto, Emira había entrado en una callejón.
No se dio cuenta de que alguien la seguía.
Cuando escuchó unos pasos detrás de ella, se giró.
Su rostro cambió inmediatamente.
Era el mismo hombre que había intentado comprarla.
—Tú...
El hombre sonrió.
—Así que ahora caminas libre por la ciudad.
Emira retrocedió.
—Déjame en paz.
Él avanzó hacia ella.
—¿Acaso crees que porque ese hombre te compró puedes dejar de ser una esclava?
Emira intentó alejarse, pero el hombre la agarró del brazo y la llevó más dentro del callejón.
—Suéltame.
—¿Creíste que alguien como tú podía simplemente escapar?
Intentó tocarla mientras ella trataba de apartarse.
Emira comenzó a llorar.
—Déjame...
El hombre continuó acercándose.
Ella cerró los ojos.
—Mélon...
Fue apenas un murmullo.
Pero en ese momento escuchó unos pasos.
El hombre apenas tuvo tiempo de girarse.
Mi puño impactó contra su rostro.
Cayó al suelo.
Sentí una furia que pocas veces había experimentado.
—¡Aléjate de ella!
El hombre intentó levantarse.
Lo golpeé nuevamente.
Y otra vez.
No podía pensar con claridad.
Solo podía ver a Emira llorando y a aquel hombre intentando hacerle daño.
Cuando estaba a punto de volver a golpearlo, sentí que alguien sujetaba mi brazo.
—¡Mélon!
Era Emira.
La miré.
Estaba llorando.
—Ya está...
Respiré profundamente.
Miré al hombre inconsciente en el suelo.
Entonces escuché pasos.
Dos guardias pasaban cerca del callejón.
—¡Ustedes!
Los guardias se acercaron.
—¿Qué ocurrió?
—Ese hombre intentó hacerle daño.
Uno de ellos miró al sujeto.
—Nos encargaremos de él.
Los guardias lo levantaron y se lo llevaron.
Cuando desaparecieron, Emira se acercó a mí.
Me abrazó con fuerza.
—Gracias.
—Ya pasó.
—Pensé que...
Su voz se quebró.
—No tienes que preocuparte. Estoy aquí.
Permaneció abrazada a mí durante unos segundos.
Después nos dirigimos nuevamente hacia nuestra casa.
Cuando llegamos, Priemo salió a recibirnos.
Al ver el rostro de su hermana, inmediatamente se preocupó.
—¿Qué pasó?
Emira intentó tranquilizarlo.
—No pasa nada.
Pero Priemo me miró.
—¿Qué ocurrió?
Me agaché un poco para quedar a su altura.
—Un hombre intentó hacerle daño a tu hermana.
Sus ojos se abrieron.
—¿Qué?
—Ya me encargué de él. Los guardias se lo llevaron.
Priemo permaneció en silencio durante unos segundos.
Luego miró a Emira.
Después volvió a mirarme.
—Gracias por defenderla.
Sonreí.
—Es mi responsabilidad proteger a las personas que quiero.
Priemo apretó los puños.
—Yo quiero ser como tú.
Me quedé sorprendido.
—¿Como yo?
—Sí.
Miró su espada de entrenamiento.
—Quiero poder proteger a mi hermana algún día.
Sentí una pequeña sensación de orgullo ante sus palabras.
—Entonces tendrás que seguir entrenando.
—Lo haré.
Aquella noche cenamos los tres juntos.
Emira parecía mucho más tranquila.
Priemo intentaba hacerla reír y poco a poco la tensión fue desapareciendo.
Cuando terminaron de cenar, los dos se fueron a dormir.
Yo permanecí sentado junto al fuego.
Había algo que no dejaba de rondar mi cabeza.
Los Aserios.
Habíamos derrotado a una enorme fuerza de su ejército.
Habían perdido a su general.
Sin embargo, todavía no habían regresado.
Me preguntaba cuánto tiempo tardarían en volver.
Quizá estaban preparando un nuevo ejército.
O quizá habían decidido cambiar sus planes.
No tenía ninguna respuesta.
Escuché unos pasos.
Me giré.
Era Emira.
—¿Todavía estás despierta?
Ella no respondió.
Simplemente se acercó a mí.
Antes de que pudiera decir algo, me abrazó.
Me quedé completamente sorprendido.
—Emira...
Ella levantó la mirada.
Y antes de que pudiera reaccionar, me dio un pequeño beso en la mejilla.
Sentí cómo mi rostro se calentaba.
—¿Qué...?
Emira sonrió.
—Gracias por ser tan bueno con nosotros.
Me quedé mirándola sin saber qué responder.
Ella se separó lentamente.
—Buenas noches, Mélon.
—Buenas noches.
La observé mientras se alejaba hacia su habitación.
Me quedé junto al fuego.
Llevé una mano hasta mi mejilla.
Todavía podía sentir el lugar donde me había besado.
No entendía qué había ocurrido.
Primero aquella forma diferente de comportarse.
Después lo que había sucedido en el mercado.
Y ahora esto.
Miré las llamas.
—¿Qué está pasando...?
No obtuve ninguna respuesta.
Solo permanecí allí, completamente confundido.
A la mañana siguiente una caravana apareció en la ciudad un mensajero iba acompañado por unos cien guardias con ropas parecidas a las de los Aserios.
Después de un rato un guardia me mandó a llamar que el rey me solicitaba personalmente.