Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 20
—¡Jamás! ¡No, no lo permitiré! —gritó ella, incorporándose de un salto con el pecho agitado y los ojos ardiendo en una mezcla de furia y desesperación insondable—. ¡Yo amaba a Jacob y él me amaba a mí! ¡Yo no lo asesiné y lo diré hasta el día que me muera!
Dio un par de pasos hacia atrás, acorralándose contra el borde de la lujosa cama, con las manos temblando y los brazos cruzados frente a su cuerpo como un escudo protector.
—¡No dejaré que me toques! ¡No tienes ningún derecho, James! ¡Yo era la mate de tu hermano! —espetó Serena, con la voz quebrada pero desafiante, sosteniéndole la mirada con cada gramo de dignidad que le quedaba—. ¡¿Cómo puedes siquiera pensar en hacerme esto?!
—¡Y su asesina! —gritó él con una brutalidad sorda que hizo temblar los cristales de las ventanas, perdiendo el poco control que le quedaba y abalanzándose sobre ella con la furia desatada de un Alfa traicionado.
El rugido de James retumbó en las paredes de la alcoba como un trueno encerrado, cargado de todo el dolor, la rabia y el luto que había estado tragándose desde la muerte de su hermano.
Antes de que Serena pudiera dar un paso más hacia atrás, James acortó la distancia con la velocidad aterradora de un depredador. La acorraló contra el borde del colchón, atrapándola entre sus brazos y el peso imponente de su cuerpo. El aire de la habitación se volvió irrespirable, cargado con el aroma a pino y tormenta de su lobo furioso.
Serena forcejeó con desesperación, empuñando sus manos contra su pecho, intentando empujarlo con todas las fuerzas que le quedaban.
—¡Suéltame! ¡Vete al infierno, James! —gritaba ella, con las lágrimas desbordándose por sus mejillas mientras intentaba esquivar su contacto—. ¡Mátame de una vez si es lo único que quieres, pero no hagas esto! ¡No me toques!
—¿Quieres morir? ¿Eso es lo que pides? —siseó James con voz ronca, con los ojos dorados ardiendo de una locura fría mientras le inmovilizaba las muñecas a los costados de la cabeza con una facilidad aplastante—. La muerte sería un regalo demasiado grande para ti, Serena. Un segundo de dolor y se acabó. Pero no te daré ese gusto.
—¡Tú sabes la verdad! ¡En el fondo de tu maldito corazón sabes que soy inocente! —sollozó Serena, con la voz quebrada y la respiración agitada contra su pecho, mirándolo a los ojos con una mezcla de odio y desolación infinita—. Jacob murió en mis brazos... ¡Yo sufrí su pérdida tanto o más que tú! ¡¿Por qué prefieres creer en una mentira antes que mirar lo evidente?!
Las palabras de la chica golpearon a James con la fuerza de un latigazo. Por una fracción de segundo, la intensidad desmedida en sus ojos dorados titubeó. Una sombra de dolor punzante atravesó sus facciones duras, recordándole el vínculo sagrado que ella había compartido con su hermano, el aroma a dolor puro que desprendía su piel.
Pero la mención de Jacob actuó como un veneno que reavivó su furia ciega. El luto era un fuego que no distinguía entre razones.
—Cierra la boca —espetó James con los dientes apretados, inclinándose hasta rozar con sus labios su oído, con un tono tan gélido que helaba la sangre—. Ya no importa lo que digas. Tu padre está a salvo de la horca solo porque necesito que vivas para cumplir con tu condena. Desde este momento, serás mi Kuma. Y harás exactamente lo que se te ordene.
Serena sintió que el alma se le caía a los pedazos. Miró al hombre que alguna vez había respetado de lejos, viendo solo a un monstruo consumido por la venganza.
—Eres un cobarde... —susurró Serena, con la voz convertida en un hilo de puro desprecio, sin importarle ya las consecuencias.
James se apartó lentamente, soltando sus muñecas con brusquedad como si el simple contacto le quemara. Su rostro era una máscara de piedra impenetrable, aunque las palabras de la chica habían dejado un eco inquietante en su mente.
—Quédate en esta habitación —ordenó James, dándose la vuelta y caminando hacia la puerta con pasos firmes—. Nadie entrará, y nadie te dejará salir. Acostúmbrate a tu nuevo encierro, porque tu vida tal como la conocías acaba de terminar.
La pesada puerta de roble se cerró con un golpe seco, y el sonido metálico de la llave girando en la cerradura selló el destino de Serena en la oscuridad de la alcoba principal.