Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
#Contiene: #RomanceProhibido #DirectorYAlumna #DiferenciaDeEdad
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capitulo 11: Narizaurio
Las palabras de Kenta sobre Micaela, sumadas a que el director mencionara que Micaela venía de su oficina, no hicieron más que reforzar la idea que Sonia ya tenía en mente: que Micaela y el director mantenían algo en secreto. Esa sospecha la alteró profundamente, y los observó a ambos con una desconfianza que no intentó ocultar.
—¿En tu oficina? —preguntó.
—Sí, Sonia. Y no voy a dar explicaciones. Solo diré algo: no permitiré comentarios malintencionados hacia Micaela Chávez. Es una estudiante dedicada, aunque no tenga los mismos privilegios que otros—afirmó el director, dedicándole a Sonia una mirada que dejaba claro que sabía lo que estaba insinuando.
Temerosos, todos asintieron, mientras Micaela lo observaba con timidez, sin atreverse a hablar. El director, sin apartar la vista de ella y al notar que Sonia bloqueaba su paso, le indicó su asiento con un leve gesto; luego, tras una última mirada solo para Micaela, abandonó el aula.
Kenta se volteó para mirarla con desprecio, y la profesora también la observó con desconfianza, convencida de que la manera en que el director protegía a esa joven a quien ya veía como una rival solo podía deberse a que entre ellos sucedía algo que no se limitaba a lo académico.
Al terminar la clase, Sonia salió del aula con el rostro tenso por los celos. Caminó directo a la oficina del director y abrió la puerta con brusquedad.
—Quiero que me digas qué hacía realmente esa tal Micaela en tu oficina ¡Ah! Y además, ¿por qué olía a tu colonia? ¿Qué pasó entre ustedes? —preguntó, con un dejo de reproche y clara insinuación.
—Sonia, que te quede claro no quiero que vuelvas a interrumpir mi trabajo. Sal de aquí, y no esperes que te explique nada —afirmó el director con claridad, haciendo que su orden fuera definitiva. Luego volvió a concentrarse en su trabajo.
Al constatar la fría indiferencia del director, Sonia salió de la oficina con más enojo que al ingresar.
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Micaela estaba acostada en su cama, mirando el techo, sin poder creer que el director la hubiera vuelto a besar. Se sentía vulnerable, y aunque Malú le había aconsejado no enamorarse de él, no podía evitar sentir algo que nunca antes había sentido por un hombre. Además, no dejaba de preguntarse si él realmente sentía lo mismo o si todo había sido un impulso.
A la mañana siguiente, Micaela llegó a la universidad, se despidió de Malú con un beso en la mejilla y entró al aula. Poco después, un auto se detuvo afuera y de él descendió un joven apuesto, a quien Berenice recibió con cordialidad al verlo entrar.
—Bienvenido a nuestra institución, Diego Miranda —lo saludó Berenice, tal como acostumbraba con cada estudiante, haciéndolos sentir bienvenidos desde el primer momento.
—Che, gracias—respondió Diego, con su acento argentino claramente perceptible.
Acompañando a Berenice, Diego ingresó al aula 122 y rápidamente captó la atención de todos los presentes.
—¡Atención, chicos! —anunció Berenice, notando que todos ya estaban pendientes—. Hoy recibimos a Diego Miranda, que se suma a nuestra institución. ¡Bienvenido, Diego!
—Gracias —dijo Diego, con una sonrisa y mirando todo a su alrededor.
Luego, Berenice salió del aula y Diego comenzó a recorrer las filas en busca de un asiento. Finalmente, se sentó junto a Micaela, quien estaba tranquila y no parecía interesada en llamar la atención, a diferencia de las demás chicas que no dejaban de mirarlo.
—Hola —la saludó Diego, dándose cuenta de que era de esas chicas calladas y reservadas.
Micaela solo lo miró y le sonrió tímidamente, sintiéndose insegura para hablar con alguien que apenas conocía.
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Mientras todos aprovechaban el receso a su manera, Micaela estaba concentrada en su libro hasta que notó que alguien se acercaba.
—Hola, Micaela, ¿verdad? —preguntó Diego, pues aunque ella no le había dicho su nombre, lo había escuchado varias veces gracias a su participación en clase.
Micaela asintió tímidamente, y a lo lejos, Kenta junto a sus amigas la miraban con evidente irritación.
—Esa mosca muerta ya se está haciendo la interesante con el nuevo—comentó Kenta, molesta.
—Si, Además, ese chico es demasiado lindo para andar fijándose en ella —añadió una de sus amigas.
—Me gusta y con alguien tan increíblemente hermosa como yo, ¿cómo podría siquiera mirar a esa sosa y fea ?—dijo Kenta, con su habitual coquetería y desprecio hacia la apariencia de Micaela.
—¿Te gusta? Pero a ti te gusta el director de la Vega—preguntó la amiga, recordándole que, según lo que conocía, su interés siempre había sido el director.
—Sí, pero no veo por qué no podría interesarme en alguien más, Virginia —contestó Kenta.
Días después
Cada día que pasaba, Micaela y el director evitaban cruzar miradas o palabras. Ella intentaba dejar atrás sus sentimientos, y él seguía perdido, sin saber qué sentía realmente por ella.
Pero una mañana, mientras estaba en su oficina, el estrés ya lo tenía al borde. Decidió asomarse a la ventana que daba al patio donde los estudiantes disfrutaban del descanso. Desde allí vio a Micaela sentada en una de las mesas junto a Diego, a quien le explicaba un tema mientras él la escuchaba atento y la miraba sonriente. Aun sin darse cuenta, el director sintió algo raro, un revuelto de emociones que no sabía cómo clasificar y que parecía competir con todo el estrés acumulado.
Se apartó de la ventana y volvió a sentarse en su gran sillón, con las manos entrelazadas. Pasó buena parte del descanso así, hasta que vio a Micaela y a Diego pasar cerca de su oficina; la puerta estaba entreabierta y desde allí los observó hablar. La frustración le subió, más porque esos sentimientos eran completamente nuevos para él.
—¿Quieres hacer la tarea conmigo, Mica? —se recordó la voz de Diego—. Y en su mente, con fastidio, le contestó por ella: Claro que no, Narizaurio.
—¿Qué te pasa, amigo? Te veo todo estresón, alistachón y preocupachón—comentó Fabián, sorprendiéndolo al entrar.
—Nada, Fabián. Vaya a dar su clase y no me moleste—respondió el director, dejando notar su mal humor.
Fabián, intentando no provocar la ira de su amigo a quien internamente llamaba “el malencarado", se dispuso a salir, pero la voz de éste lo detuvo
—¿Se dirige al salón 122? —preguntó el director con tranquilidad, ya que, por lo bien que conocía a Fabián, sabía que intentaría indagar la razón tras su respuesta.
—Sí, porque… —replicó Fabián, dándose vuelta y sentándose, con cara de quien no puede esperar para hacer mil preguntas.