Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.
Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.
Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.
Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.
Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.
Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.
¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?
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Capítulo 10 — La decisión del capitán
El reloj marcaba casi medianoche.
La ciudad de Seúl seguía iluminada al otro lado de la ventana.
Pero Kang Min-Jae apenas notaba las luces.
Toda su atención estaba puesta en un único cajón.
El mismo cajón donde guardaba la carta.
La carta que nunca debió existir.
Durante días había tratado de ignorarla.
Había tratado de convencerse de que responder sería un error.
Un enorme error.
Porque Ethan no sabía la verdad.
No sabía que sus cartas estaban llegando al destinatario correcto.
No sabía que el capitán de la Fuerza Aérea realmente existía.
No sabía que aquel hombre leía cada palabra que escribía.
Y quizá nunca debería enterarse.
Min-Jae lo sabía.
Aun así...
No podía dejar de pensar en la última frase.
A veces imagino cómo sería hablar contigo de verdad.
Cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y abrió el cajón.
La carta seguía ahí.
Esperando.
Silenciosa.
Como si desafiara su determinación.
Min-Jae la tomó.
Volvió a leer cada línea.
Luego otra vez.
Y otra más.
Cuando terminó, tomó una decisión.
Sacó un sobre.
Metió la carta.
Escribió con cuidado el nombre.
Ethan Ashford.
Ravenshire, Britania.
El corazón se le aceleró.
Era sencillo.
Bastaba con enviarla.
Pero justamente por ser tan sencillo, parecía imposible.
A la mañana siguiente, Ji-Ho encontró a su amigo tomando café en la base.
—Te ves cansado.
—Dormí poco.
—¿Pensando en el omega de las cartas?
Min-Jae le lanzó una mirada de cansancio.
—¿De verdad tienes que recordármelo?
—Absolutamente.
Ji-Ho se sentó frente a él.
Entonces notó algo sobre la mesa.
Un sobre.
—¿Qué es eso?
Silencio.
—Min-Jae.
Más silencio.
Ji-Ho abrió los ojos como platos.
—Escribiste una respuesta.
—Tal vez.
—¿Tal vez?
—Tal vez.
—¡Sí la escribiste!
Algunas personas se volvieron a mirar.
Ji-Ho bajó la voz de inmediato.
—Te volviste loco.
—Gracias por el apoyo.
—No era un elogio.
Min-Jae dio un sorbo de café.
—Lo sé.
Ji-Ho tomó el sobre antes de que pudiera impedírselo.
Leyó rápidamente el destinatario.
Ethan Ashford.
Britania.
Su amigo casi se cae de la silla.
—¿Vas a enviar esto?
—Todavía no lo decido.
—Mentira.
—¿Qué?
—Ya lo decidiste.
Min-Jae guardó silencio.
Y eso fue respuesta suficiente.
Mientras tanto, en Britania...
Ethan estaba teniendo un día terrible.
Todo empezó cuando se encontró con Oliver Bennett en la florería.
Otra vez.
—Señor Bennett.
—Ethan.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a comprar flores.
Ethan miró las manos vacías del alfa.
—¿Sin flores?
—Todavía no he elegido.
—Claro.
Oliver sonrió.
—Pensé que podrías ayudarme.
—Para eso hay empleados.
—Pero yo te prefiero a ti.
Ethan suspiró.
Mucho.
Muy hondo.
—Eres persistente.
—Ya me lo han dicho.
—¿Muchas veces?
—Con frecuencia.
A pesar de la situación, Ethan terminó sonriendo.
Lo cual pareció animar todavía más a Oliver.
—¿Eso significa que estás empezando a quererme?
—No exageres.
—Valió la pena intentarlo.
Oliver era imposible.
Y eso estaba empezando a ser un problema.
Porque, aunque no sintiera nada romántico, empezaba a darse cuenta de que de verdad era una buena persona.
Amable.
Paciente.
Honesto.
El tipo de hombre que cualquier familia aprobaría.
El tipo de hombre que debería ser una elección fácil.
Pero no lo era.
Esa noche, Ethan volvió a casa más confundido que nunca.
Después de la cena, subió a su cuarto.
Como siempre.
Se sentó frente al escritorio.
Como siempre.
Tomó papel y pluma.
Como siempre.
Pero esta vez tardó más en empezar.
Por fin escribió.
Querido capitán Kang Min-Jae,
Una pequeña sonrisa asomó.
Creo que Oliver Bennett está intentando volverme loco.
Continuó.
Contó la visita inesperada.
De las flores.
De la conversación.
De la insistencia del alfa.
Y entonces escribió algo que lo hizo detenerse.
Quizá debería darle una oportunidad.
Sintió una opresión en el pecho.
Extrañamente.
Como si esas palabras no fueran suyas.
Estuvo varios segundos mirando la frase.
Después añadió:
Pero cada vez que lo pienso, algo me parece mal.
La luz de la luna atravesaba la ventana.
El cuarto estaba en silencio.
Es raro extrañar a alguien a quien nunca he conocido.
Ethan cerró los ojos de inmediato.
—Esto se está volviendo peligroso.
Pero no lo borró.
Porque era verdad.
Dos días después...
Min-Jae estaba parado frente a una oficina de correos.
El sobre seguía en su mano.
La respuesta.
Su respuesta.
El viento frío de la mañana le movía suavemente el cabello.
Durante casi diez minutos permaneció inmóvil.
Pensando.
Dudando.
Cuestionándose.
Hasta que por fin entró.
Caminó hasta el mostrador.
Entregó el sobre.
Pagó el envío.
Y vio a la empleada colocarlo junto con el resto de la correspondencia.
Listo.
Ya estaba hecho.
No había vuelta atrás.
La carta iba en camino a Britania.
En camino a Ethan Ashford.
Al salir de la oficina, sintió algo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.
Nerviosismo.
Porque, por primera vez desde el inicio de aquella historia, ya no era solo Ethan quien enviaba palabras a través del océano.
Ahora los dos estaban conectados.
Aunque solo uno de ellos lo supiera.
Y, en algún lugar dentro de sí, Kang Min-Jae tenía la sensación de que aquel simple sobre lo cambiaría todo.