Trilogía: Pecados de Élite
Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar
Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.
Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.
El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.
Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.
Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.
¿Qué podría salir mal?
NovelToon tiene autorización de Guadalupe Garza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: Sombras en la sala de espera y la advertencia de una leona
Megan Shaw.
Dicen que todos en esta vida venimos con un propósito asignado y que, antes de irnos de este mundo, debemos cumplirlo a cabalidad. Pero hay días, oscuros y pesados como plomo, en los que me asaltan dudas que me queman el alma. Me pregunto si mi esposo Ryan cumplió realmente el suyo antes de que la muerte nos lo arrebatara, dejándonos atrás a nuestra pequeña hija Hazel, a mí, y a este bebé que crece silencioso y frágil dentro de mi vientre. O si, por el contrario, nos arrancaron a Ryan de las manos antes de tiempo, dejándonos cojos de esperanza. Esa misma pregunta amarga me persigue cuando pienso en mis suegros: cuántas cosas se quedaron sin decir, cuántos momentos se perdieron antes de que la tragedia borrara a la mitad de la familia. Y ahora, con el terror apretándome la garganta, me hago exactamente la misma interrogante con respecto a Victoria.
Intento todos los días, desde el maldito momento en que enterré al amor de mi vida, sacar fuerzas de flaqueza y mantenerme de pie por mis hijos. Hazel es apenas una niña que necesita desesperadamente a su padre, y sé que aún no es capaz de procesar el tamaño de la ausencia que nos habita en casa.
Y ahora, el mismo pánico helado me recorre de arriba abajo mientras permanezco sentada en las sillas de plástico estéril de este maldito hospital, esperando un parte médico sobre el estado de mi cuñada. Victoria es mucho más que la hermana de mi difunto esposo; es la hermana que la vida me regaló, mi confidente, mi cable a tierra. E imaginar por un solo segundo que la pierdo a ella también, que la vida me arrebata el último pilar que me queda, me revuelve las entrañas hasta las náuseas. Sé de primera mano que Valente tampoco soportaría encajar otro golpe mortal en su historia personal, perdiendo a su única y amada hermana en este mundo despiadado.
Miro a mi alrededor con los ojos ardiendo de lágrimas contenidas. En una esquina del pasillo, formando un triángulo de testosterona, silencio y tensión contenida, están parados Liam Kincaid, el sargento Christian Frost y el mismísimo coronel Alec Cross. Unos metros más allá, Valente se refugia junto al ventanal polarizado, observando el tráfico de la calle con los puños apretados hasta blanquear los nudillos. Los padres de Dante y Alec también están aquí, deshechos en vida. Y en el centro de ese cuadro de desesperanza, Dante permanece sentado en una silla de ruedas clínica, con el suero colgando de una vía intravenosa en su brazo derecho. Nadie emite una sola palabra; el silencio en la sala es tan espeso que se puede cortar con un cuchillo.
Veo a mi capitán mover ligeramente la muñeca, observando cómo la aguja de la vía está fija en su piel y cómo el líquido transparente desciende gota a gota. De pronto, alza la mirada y me descubre observándolo. Con la ayuda discreta de su madre, hace girar las ruedas de la silla para acercarse despacio hasta la hilera donde yo estoy hundida en la desesperación. Se detiene justo a mi lado, bloqueando el paso.
—Debes irte a descansar a casa, Megan... estás embarazada, el estrés no te hace ningún bien a ti ni al bebé —me dice Dante con la voz rota, intentando mantener una fachada de autoridad protectora que ya no se sostiene por ningún lado.
—No me voy a mover de este puto asiento, Dante, ni aunque me arrastren a la fuerza, hasta que los médicos salgan a decirme que no voy a tener que enterrar a otra persona de mi familia —le solté con la voz quebrada, dejando que las lágrimas por fin rompieran por mis mejillas—. Entiéndeme de una vez, es tu novia la que está peleando por su vida allá adentro, pero también es mi mejor amiga, mi hermana de elección. No puedo darme el lujo de perderla a ella también.
—Lo sé... Créeme que lo sé mejor que nadie. Yo tampoco puedo perderla, mi vida entera se apaga si ella no despierta —murmuró Dante con un dolor tan profundo y visceral que por un segundo me dio lástima. Metió tembloroso la mano en el bolsillo de su bata de hospital, sacó una pequeña caja de terciopelo negro y la abrió frente a mí con torpeza.
Dentro brillaba una sortija de compromiso con un diamante clásico, reflejando la luz fría de las lámparas del pasillo.
—¿Ibas a... ibas a pedirle matrimonio? —exclamé con un hilo de voz, llevándome las manos a la boca al percatarme de que había alzado demasiado la tono en medio del silencio sepulcral.
—Sí... Ese era el plan exacto desde la semana pasada, tenía todo preparado para sorprenderla este fin de semana —confesó él en un suspiro desgarrador, cerrando la cajita con fuerza contra su pecho—. Pero las desgracias en esta maldita familia no nos dan tregua, nunca nos dejan ser felices.
Un ruido seco al otro extremo del pasillo nos obligó a desviar la atención de golpe. Liam Kincaid forcejeaba levemente con el brazo de Alec, intentando calmarlo. El coronel Cross tenía la vena de la sien latiendo con violencia, los nudillos blancos de apretar los puños con furia ciega, y sus ojos clavados con una hostilidad asesina directamente en nuestra dirección, o más bien, en Dante y en la caja de terciopelo que aún sostenía entre las manos.
Me puse de pie de un salto, secándome las lágrimas con la manga de la chaqueta. Sin mediar palabra, caminé con paso firme hacia el grupo de hombres, clavando mis ojos en los de Alec.
—Coronel Cross, ¿me acompaña a la cafetería un momento? Necesito hablar con usted a solas —le exigí con una frialdad que lo sorprendió.
Alec me miró con esa furia contenida que emanaba de su piel como vapor hirviendo, pero asintió con un movimiento seco de cabeza, separándose del muro.
Caminamos en silencio hasta el fondo de la cafetería del hospital, un espacio desértico a esas horas de la madrugada. Pedí dos tazas de café negro cargado y un par de bandejas con comida que ni siquiera tocaríamos. Dejé una taza frente a él y me senté enfrente, cruzando los brazos sobre la mesa.
—Alec... —comencé, y vi cómo sus cejas se fruncían con sorpresa al escuchar que, por primera vez desde que había pisado la base militar, lo llamaba directamente por su nombre de pila en lugar de usar su rango—. Sé perfectamente que su vida personal no es de mi incumbencia, pero Victoria sí lo es. Vi su reacción visceral en el preciso instante en que ella se desplomó en el asfalto. Lleva cuatro años de relación con Dante; una relación que a los Morgan, y francamente a mí, nunca nos ha terminado de convencer del todo por la dinámica que se traen... pero usted y su hermano menor están cortados por la misma maldita tijera. Ninguno de los dos sabe cuidar de ella como se merece.
—Ahorrate tus consejitos morales e inútiles, Megan —me cortó con voz ronca, destilando una arrogancia helada que hacía honor a su fama de demonio—. Me importa muy poco si te caigo bien o mal, si mi presencia en la vida de Victoria te parece adecuada, o si ella decide mandar a la mierda a Dante y aceptarme a mí. Eso es un problema estrictamente suyo y mío, no de nadie más. Y la única puta opinión en este mundo que no me importa un mierda es la de la mujer que está intentando sobrevivir en ese quirófano, ¿te queda claro?
—No son simples consejos, Alec; es una puta advertencia de hermana —le espeté con furia, inclinándome sobre la mesa para acortar la distancia entre ambos—. Victoria es mi mejor amiga, es como mi hermana pequeña, y juro por la memoria de mi esposo que no voy a permitir que ni Dante con su falsa protección ni usted con su egoísmo destructivo la sigan dañando. ¡Ya ha sufrido demasiado en esta vida! Cargó con el dolor de perder a sus padres de la forma más atroz, ha tenido que sanar heridas invisibles a pulso... ¡No voy a permitir que ustedes dos terminen de romperla!
Me puse de pie de un golpe, tirando ligeramente la servilleta sobre la bandeja, y lo dejé sentado solo en la mesa de la cafetería con su café intacto.
Caminé de prisa hacia los ascensores, apretando los dientes con rabia. Justo cuando iba a presionar el botón de llamada, una mano grande y firme detuvo la puerta antes de que cerrara. Alec se deslizó al interior del cubículo conmigo, marcó el piso de terapia intensiva y se giró para bloquearme la salida con su imponente presencia.
—¿Qué demonios quisiste decir con eso? —me preguntó con esa voz ronca, baja y escalofriantemente fría que helaba la sangre—. ¿De qué sufrimiento hablas? ¿Qué es lo que Victoria ha cargado sola antes de llegar a la base?
—Pregúntaselo usted mismo... si es que ella decide algún día regalarle la confianza que claramente no se ha ganado —le solté con desprecio, esquivándolo para salir del elevador en cuanto las puertas se abrieron de golpe.
Él se quedó plantado en el centro del pasillo, apretando los nudillos con impotencia, masticando la frustración de saberse un completo desconocido para los rincones más oscuros del pasado de la mujer que lo estaba volviendo loco. Entendía perfectamente el tamaño de su dolor, pero Victoria era mucho más fuerte que sus demonios, y yo no iba a permitir que un demonio con aires de grandeza militar viniera a terminar de destruirla.