Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.
Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.
Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.
Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.
Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.
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CAPÍTULO 19: NOCHE SOLO
La primera noche que dormí solo en Punta Cocos desde que llegué, sentí que la casa era más grande de lo que era.
No es grande. Son dos cuartitos de madera con techo de palma y un baño que se tapa si llueve mucho. Pero esa noche se sintió enorme, como si las paredes se hubieran estirado.
Gael se quedó en su cuartito con la puerta cerrada. No azotada, cerrada despacio, que es peor porque no puedes reclamarle que azotó. Solo sabes que no quiere que entres.
Yo me quedé en mi casa, que está a cinco pasos de la suya, pero que esa noche parecían cincuenta metros. Me acosté en mi hamaca, la que siempre está pegada a la suya, pero que ahora estaba sola, colgando chueca porque solo tenía mi peso y no el de los dos.
Al principio me hice el fuerte. Dije, ay, qué rico dormir solo, sin que nadie ronque bajito, sin que nadie me quite la sábana. Pero no es cierto. Gael no ronca. Respira fuerte, como si soñara que está bajo el agua. Y yo ya me había acostumbrado a quedarme dormido escuchando esa respiración. Ahora solo escuchaba grillos y el ventilador que hace un ruido como si estuviera cansado.
Me paré como tres veces a ver si la luz de su cuartito seguía prendida. Sí seguía prendida. Se veía por la rendija de la madera. Amarilla, bajita. Como de veladora. Seguro estaba despierto también, lijando algo que no necesitaba lijada o viendo su celular sin señal.
A la cuarta vez que me paré, agarré mi libreta. Porque cuando no puedo dormir, escribo. Y cuando estoy enojado, escribo más feo, con letra más chiquita y apretada.
Empecé a escribir una carta. No para el libro. Para él. Una carta que no le iba a dar, pero que necesitaba escribir para no explotar.
Le puse arriba: Gael.
Y luego escribí todo lo que no le pude decir en la pelea.
Le escribí que no me quiero ir. Que me da pánico irme. Que cuando Mariana me dijo lo del contrato, lo primero que pensé no fue en el dinero ni en volver a ser famoso ni en la portada. Lo primero que pensé fue en cómo le iba a decir a él que me tenía que ir tres días y que tenía miedo de que en esos tres días él se diera cuenta de que estaba mejor sin mí, sin un vato chilango que no sabe pescar y que quema el arroz y que se tapa el vitíligo cuando se pone nervioso.
Le escribí que me da pena que yo sí necesite un contrato para sentir que valgo y que él no. Que él vale porque sabe cuándo va a llover y porque sabe dónde están los peces y porque me dice que brillo sin cobrar por decirlo. Y que yo necesito que una editorial me diga que valgo para creerlo. Y que eso me hace sentir bien pendejo al lado de él.
Le escribí que entiendo que piense que lo voy a vender. Que si yo fuera él también pensaría eso. Porque vino Bruno a vendernos como foto y luego vino Mariana a vendernos como libro y yo no supe decir que no rápido. Y que entiendo que ahora piense que todo lo que vivimos va a terminar en Sanborns con mi cara de pelirrojo con manchas.
Le escribí que no. Que no todo. Que lo de la bioluminiscencia sin playera no lo voy a poner nunca. Que lo de su cicatriz no lo voy a poner nunca si él no quiere. Que lo de su mano en mi pecho cuando me dio pena la primera vez, eso tampoco. Que hay cosas que son de nosotros y que no necesitan contrato.
Le escribí que me da miedo quedarme también. Que me da miedo quedarme en Holbox toda la vida y luego arrepentirme y echarle la culpa a él. Que me da miedo quedarme sin publicar y luego sentirme frustrado y ser un vato amargado que vive de la pesca aunque no sabe pescar. Que me dan miedo las dos cosas. Irme y quedarme. Que por eso me quedo a medias siempre, con un pie en CDMX y un pie aquí, para no tener que elegir.
Llené cuatro páginas de mi libreta con esa carta. Cuatro páginas con letra chiquita, fea, con manchas de sudor porque hacía mucho calor y no prendí el ventilador bien.
Cuando terminé, la leí toda. Y me dio vergüenza. Porque sonaba a que me estaba haciendo la víctima. Sonaba a protagonista de mis propios libros que siempre sufre mucho y luego alguien lo rescata. Y ya no quiero ser ese protagonista. Ya no quiero que me rescaten. Quiero rescatarme solo.
Entonces rompí las cuatro páginas. Las hice bolita y las metí abajo de mi hamaca. No las tiré al mar porque Doña Lety me regaña si tiro papel al mar. Las dejé ahí, hechas bolita, como si fueran parte del polvo de mi casa.
Me volví a acostar. Eran como las dos de la mañana. La luz de Gael seguía prendida. Amarilla, bajita.
Me acordé de la primera noche que dormimos pegados. Que yo tenía un chingo de pena por mi vitíligo y que él me dijo que parecía mapa y que le gustaban los mapas. Y que esa noche sí dormí bien, por primera vez en meses, sin pensar en Twitter ni en funas ni en Mariana.
Me acordé de cuando me enseñó a quitarme la playera en el agua de noche. Que me dijo que si me daba pena que mirara hacia otro lado, y que yo le dije que no, que mirara. Y que miró y dijo que brillaba.
Me acordé de todo eso y me dieron ganas de llorar, pero no lloré, porque si lloraba iba a tener que ir a su cuartito a que me abrazara y no quería ir a rogarle. No esa noche. Esa noche quería aguantarme solo, para saber si podía.
No pude.
A las dos y media me paré, descalzo, con mi short todo arrugado, y caminé los cinco pasos que parecían cincuenta hasta su puerta.
Toqué bajito. Dos toques.
No contestó.
Toqué otra vez, más fuerte.
Me dijo desde adentro, con voz ronca: ¿qué quieres, mapa?
Le dije: no puedo dormir solo.
Se quedó callado como diez segundos que se sintieron como diez minutos.
Luego escuché sus pasos descalzos en la madera y abrió la puerta. Traía su playera puesta, la que no se ponía desde hace semanas. Tenía los ojos hinchados, como si él tampoco hubiera dormido.
Me dijo: yo tampoco.
No me pidió perdón y yo no le pedí perdón. No hablamos del contrato ni de CDMX ni de Mariana.
Solo jaló su hamaca y la pegó a la mía, como la primera vez, y se quitó la playera ahí mismo y la tiró al suelo.
Me dijo: acuéstate.
Me acosté en mi hamaca, pegada a la suya, y me agarró la mano por entre las dos hamacas. Su mano rasposa, con callo, caliente.
Me dijo: mañana hablamos. Hoy solo duerme.
Y dormí. Por fin dormí. Con su respiración de buzo otra vez al lado, con el ventilador cansado, con las cuatro páginas hechas bolita abajo de mi hamaca que no le iba a dar nunca.
Mañana íbamos a tener que hablar del contrato, de los tres días en CDMX, de si me iba o me quedaba. Pero esa noche no. Esa noche solo éramos dos hamacas pegadas otra vez, con la luz amarilla ya apagada.