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Cicatrices Eternas

Cicatrices Eternas

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor-odio / Amor prohibido
Popularitas:483
Nilai: 5
nombre de autor: Barroso

Elishabet creció convencida de que el amor no estaba hecho para ella. Hija no deseada de unos padres que siempre soñaron con un varón, aprendió desde niña a vivir entre silencios, desprecios y una dolorosa sensación de no pertenecer. Pero todo cambia cuando, a los quince años, sus padres adoptan a un joven de un orfanato y le entregan a él el lugar que ella nunca consiguió ocupar. Para Elishabet, su llegada representa una nueva traición. Para él, aquella casa es la promesa de una familia al fin encontrada. Ninguno de los dos eligió el papel que le tocó interpretar, pero ambos quedarán atrapados en una historia marcada por el resentimiento, la culpa y unos sentimientos cada vez más difíciles de ignorar. Mientras intenta descubrir quién es realmente y qué lugar ocupa en su propia vida, Elishabet comenzará a sospechar que la llegada de aquel joven no fue una simple casualidad. Y cuando el pasado revele sus secretos, comprenderá que algunas verdades pueden cambiarlo todo.

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Capítulo 22: La señal de Esteban

El hombre que todos creían muerto

Los tres golpes seguían resonando en la casa.

Uno.

Dos.

Tres.

Nadie se movió.

Adrián permanecía junto a la puerta de la habitación secreta, mirando a Gabriel.

La grabadora seguía sobre el escritorio.

La voz de Agatha aún parecía flotar en el aire.

El hombre que realmente puso en peligro a mi hijo no fue Daniel.

Y ahora alguien estaba al otro lado de la puerta.

Alguien llamado Esteban.

Alguien que, según Mauricio, llevaba años dado por muerto.

—No abras —susurró Elena.

Gabriel se acercó a la ventana.

Apartó ligeramente la cortina.

Un hombre estaba de pie frente a la casa.

Solo.

—Es él —dijo Mauricio.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Adrián se acercó.

—¿Quién es?

Mauricio lo miró.

—Esteban.

Adrián sintió un escalofrío.

—¿El hombre del que hablabais?

Mauricio asintió.

—El mismo.

Gabriel se apartó de la ventana.

—No puede estar aquí.

—Pero está —respondió Elishabet.

Gabriel la miró.

Ella sostuvo su mirada.

—Esta vez no puedes esconderlo.

Gabriel bajó la cabeza.

Después caminó hacia la puerta.

—Quédate aquí —le dijo a Adrián.

—No.

—Adrián...

—No pienso volver a quedarme esperando mientras vosotros decidís qué puedo saber.

Gabriel quiso responder.

Pero no encontró argumentos.

Finalmente abrió la puerta.

Esteban estaba allí.

Era un hombre de unos cincuenta años.

Su cabello tenía algunas canas y su rostro mostraba el cansancio de alguien que había pasado demasiado tiempo huyendo.

Miró a Gabriel.

—Has tardado.

Gabriel permaneció inmóvil.

—Pensé que estabas muerto.

Esteban sonrió ligeramente.

—Era la idea.

—¿Por qué has vuelto?

Esteban miró por encima de su hombro.

Sus ojos encontraron a Adrián.

Durante un instante se quedó completamente quieto.

—Porque él ya está en peligro.

Adrián dio un paso adelante.

—¿Por qué?

Esteban lo observó.

Su expresión cambió.

Había algo parecido a tristeza.

—Te pareces mucho a ella.

Adrián frunció el ceño.

—¿A mi madre?

Esteban asintió.

—A Agatha.

Gabriel cerró la puerta detrás de él.

—Entra.

Esteban entró.

Al ver a Mauricio, su expresión se endureció.

—Tú.

Mauricio no retrocedió.

—Esteban.

—No esperaba encontrarte aquí.

—Yo tampoco esperaba encontrarte vivo.

Esteban soltó una breve risa.

—Entonces estamos empatados.

Elishabet observaba a ambos.

Había algo entre ellos.

Algo que iba más allá de una simple enemistad.

—¿Qué ocurrió entre vosotros? —preguntó.

Esteban la miró.

—Tu padre te ha contado muy poco.

Gabriel intervino.

—No la metas en esto.

Elishabet se volvió hacia él.

—Estoy dentro de esto desde el momento en que decidisteis ocultarme la verdad.

Esteban la observó con atención.

—Tiene razón.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Habla.

Esteban dejó un pequeño maletín sobre la mesa.

—Daniel descubrió que alguien estaba utilizando su nombre para mover dinero y documentos.

Adrián se acercó.

—Eso ya lo sabemos.

—No sabéis quién.

—¿Tú?

Esteban negó.

—No.

—Entonces, ¿quién?

Esteban miró a Gabriel.

—Alguien en quien Daniel confiaba.

Adrián recordó las palabras de Julián.

Uno de nosotros.

—¿Quién?

Esteban abrió el maletín.

Sacó varios documentos.

—Antes de morir, Daniel hizo una copia de todo lo que había encontrado.

—¿Dónde está? —preguntó Mauricio.

—Con Agatha.

Adrián sintió un golpe en el pecho.

—¿Mi madre tiene esos documentos?

—Los tuvo.

—¿Dónde están ahora?

Esteban lo miró.

—No lo sé.

Adrián cerró los puños.

—Todo el mundo sabe algo y nadie sabe nada.

Esteban lo observó.

—Hay una cosa que sí sé.

—¿Cuál?

—Tu madre no desapareció la noche que todos creen.

El silencio cayó sobre la habitación.

Gabriel cerró los ojos.

Adrián lo miró.

—¿Lo sabías?

Gabriel tardó en responder.

—Sabía que Agatha salió de la casa.

—¿Cuándo?

—Dos días después de la muerte de Daniel.

Adrián se quedó inmóvil.

—Pero tú dijiste que desapareció aquella noche.

Gabriel bajó la mirada.

—Mentí.

Aquella palabra hizo más daño que cualquier explicación.

Adrián dio un paso atrás.

Elishabet miró a Gabriel.

—¿Por qué?

Gabriel respiró profundamente.

—Porque Agatha me pidió que dijera que había desaparecido esa noche.

—¿Y tú obedeciste?

—Sí.

—¿Dónde fue?

Gabriel miró a Esteban.

—No lo sé.

Esteban negó.

—Sí lo sabes.

Gabriel lo miró.

—No.

—La llevaste hasta allí.

Adrián sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Adónde la llevaste?

Gabriel guardó silencio.

Esteban respondió:

—A la estación.

Elena levantó la cabeza.

—No.

Esteban la miró.

—Sí.

Elishabet frunció el ceño.

—¿Qué estación?

—La antigua estación de tren de San Gabriel.

Mauricio intervino.

—Está abandonada desde hace años.

—Precisamente por eso.

Adrián miró a Gabriel.

—¿Me dejaste allí?

—No.

—¿Dónde estaba yo?

Gabriel cerró los ojos.

—Contigo.

Adrián palideció.

—¿Qué?

—Eras un bebé.

—Entonces, ¿por qué no me llevaste con ella?

Gabriel tragó saliva.

—Porque no podía.

—¿Por qué?

—Porque había alguien vigilando la estación.

Adrián se quedó inmóvil.

—¿Quién?

Gabriel no respondió.

Esteban lo hizo.

—Yo.

Todos lo miraron.

—¿Tú estabas allí?

Esteban asintió.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque Agatha me pidió que esperara.

—¿Para qué?

—Para asegurarme de que nadie la siguiera.

Adrián respiró profundamente.

—¿Y luego?

Esteban bajó la mirada.

—Ella se fue sola.

—¿Adónde?

—Nunca lo supe.

Adrián cerró los ojos.

Había pasado años imaginando que su madre simplemente lo había abandonado.

Ahora descubría que había existido una despedida.

Una decisión.

Un plan.

Y demasiadas personas habían decidido ocultárselo.

________________________________________

Elishabet salió de la habitación.

Necesitaba aire.

Adrián la siguió.

La encontró detrás de la casa.

—¿Estás enfadada?

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Tú qué crees?

—Mucho.

—Sí.

Adrián se sentó a su lado.

—Yo también.

Elishabet miró hacia el cielo.

—A veces creo que sería más fácil no saber nada.

Adrián negó.

—Yo no.

—¿No?

—No.

—¿Por qué?

—Porque ahora sé que las respuestas existen.

Elishabet lo miró.

—Aunque duelan.

—Aunque duelan.

Ella guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Te gustaría conocerla?

Adrián tardó en responder.

—A mi madre.

—Sí.

Él miró la fotografía que llevaba en la mano.

—Más que cualquier cosa.

Elishabet sonrió suavemente.

—Entonces la encontraremos.

Adrián la miró.

—¿Estás segura?

—No.

—¿Entonces?

—Pero ya hemos llegado demasiado lejos para detenernos.

Adrián sonrió.

—Gracias.

Elishabet negó.

—No me des las gracias.

—¿Por qué?

—Porque si la encontramos, quiero estar allí.

Adrián la miró durante unos segundos.

—Entonces estarás.

________________________________________

Dentro de la casa, Esteban había colocado los documentos sobre la mesa.

Gabriel observaba uno de ellos.

—Esto no puede ser.

Elena se acercó.

—¿Qué?

Gabriel señaló una firma.

—Esta.

Elena palideció.

—No.

Mauricio tomó el documento.

—¿Qué pasa?

Gabriel lo miró.

—Esta firma pertenece a alguien que conocíamos.

Adrián y Elishabet entraron.

—¿A quién? —preguntó Adrián.

Gabriel no respondió.

Esteban señaló el documento.

—A Elena.

Elishabet se quedó helada.

—¿Mi madre?

Elena dio un paso atrás.

—Yo no firmé eso.

Gabriel la miró.

—La firma es tuya.

—No.

—Elena...

—¡No fui yo!

Adrián miró a Elishabet.

Ella parecía incapaz de reaccionar.

Esteban recogió el documento.

—Eso significa que alguien falsificó su firma.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Para qué?

Esteban respondió:

—Para hacer creer que Elena también formaba parte de todo.

Elishabet miró a su madre.

—¿Y por qué querrían hacerte parecer culpable?

Elena bajó la mirada.

—Porque yo sabía demasiado.

—¿Qué sabías?

Elena levantó lentamente los ojos.

—Sabía quién era la persona que Daniel estaba investigando.

Adrián dio un paso hacia ella.

—¿Quién?

Elena abrió la boca.

Pero antes de hablar, las luces de la casa se apagaron.

Todo quedó oscuro.

Un golpe seco resonó en la planta superior.

Después otro.

Esteban agarró los documentos.

—Nos han encontrado.

Gabriel se acercó a Adrián.

—Todos al sótano.

—No —dijo Esteban.

Miró hacia la ventana.

—Ya no vienen por Adrián.

Elishabet sintió un escalofrío.

—¿Entonces por quién?

Esteban miró a Elena.

—Vienen por ella.

En ese instante, se escuchó un cristal romperse en la habitación de arriba.

Y una voz gritó desde el exterior:

—¡ELENA!

Ella palideció.

Porque reconoció aquella voz.

—No...

Gabriel la miró.

—¿Quién es?

Elena dio un paso atrás.

Y susurró:

—El hombre que me hizo callar durante dieciocho años.

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Isabel Sandoval
Es bueno, sigue actualizando por fa/Sob//Smile/
Isabel Sandoval: lo haré /Sneer//Smile/
total 2 replies
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