Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
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Capítulo 5: El jardín secreto, los libros y la decisión de cambiar el destino
—Feliz cumpleaños, mi pequeña Maeve —me dijo mi madre, Alessia, besando mi frente mientras me entregaba un pequeño pastel decorado con finos detalles de azúcar.
Hoy cumplía 8 años.
Había tomado una decisión rotunda y absoluta en mi interior: yo no voy a ser esa Maeve. No iba a convertirme en la tirana déspota que destruyó todo a su paso. Durante estos años en este mundo, había aprendido muchísimas cosas. Me había vuelto muy cercana a mis sirvientas, tratándolas con respeto y cariño, distanciándome por completo de la crueldad del libro original.
Además, aunque entrenaba lo justo y necesario por si algún día tenía que defenderme, sabía que no tenía la fuerza bruta de un soldado como mi padre. Por eso, en su lugar, me había volcado en otra de mis grandes pasiones, estudiando medicina en secreto con la ayuda de los textos y guías de mi madre. Pero mi verdadero sueño, lo que de verdad anhelaba con toda el alma, era abrir una biblioteca tranquila, rodearme de paz y alejarme por completo de toda la trama principal de la alta nobleza y las tragedias palaciegas.
En ese preciso momento, me encontraba en el jardín de la mansión, hablando con el muchacho misterioso.
Llevaba años apareciendo por los terrenos, y aunque nos habíamos vuelto muy amigos, todavía no sabía quién era. Se negaba rotundamente a decirme su nombre. Se nota que es unos dos años mayor que yo; es un chico blanco, con el cabello negro como la noche. Su rostro se me hacía extrañamente familiar, como si lo hubiera visto en alguna parte, pero cada vez que le preguntaba, él solo sonreía de lado y evadía el tema.
—Sigues mirando hacia las rosas con esa cara de que estás tramando algo peligroso, Maeve —dijo el muchacho con una sonrisa burlona, recostándose contra el tronco del viejo roble mientras me miraba fijamente con sus oscuros ojos.
—No estoy tramando nada malo, idiota —le respondí cruzándome de brazos, aunque no pude evitar devolverle la sonrisa—. Solo estoy pensando en mi futuro. Hoy cumplo ocho años y ya es hora de empezar a hacer planes reales.
—¿Planes reales? ¿A tus ocho años? Vas a terminar gobernando el ministerio de tu padre si sigues leyendo tantos tomos de política y medicina —bromeó él, sacando una pequeña flor del césped y dándole vueltas entre los dedos.
—Qué gracioso. Lejos de la política, lo que yo quiero es algo mucho más sencillo... y a la vez imposible para este reino —suspiré, sentándome en el banco de piedra.
—¿Y qué es eso que un noble creído consideraría imposible? —preguntó él con genuina curiosidad, inclinándose un poco hacia adelante.
—Quiero abrir una biblioteca —le confesé con sinceridad—. Un lugar tranquilo, sin intrigas, donde la gente pueda venir a leer en paz.
El chico me miró en silencio por unos segundos, como sopesando mis palabras, antes de suspirar.
—Una biblioteca... Es un buen sueño, Maeve. Pero sabes tan bien como yo que la mayoría de la gente aquí apenas sabe firmar su propio nombre.
—Lo sé —asentí con determinación—. Pero eso va a cambiar.
Esperé pacientemente al día siguiente de mi cumpleaños para tener la gran charla con mi padre. En cuanto Santiago entró al estudio, dejé caer la propuesta sobre la mesa de madera tallada.
—Papá, quiero abrir mi propia biblioteca en el pueblo —le solté sin rodeos, mirándolo fijamente a los ojos.
Santiago se detuvo en seco, soltando unos documentos, y me miró con una mezcla de sorpresa y preocupación paternal.
—¿Una biblioteca, mi vida? —preguntó él con voz suave, acercándose para acariciar mi cabello blanco—. Sabes que te daría el oro del mundo si me lo pides, pero... este reino todavía tiene un problema muy grave. Mucha gente no sabe leer. El rey está intentando hacer todo lo posible por crear una institución, una escuela pública para que todo el mundo vaya y aprenda, pero cuando lo intentaron por primera vez... nadie fue.
—¿Y por qué crees que nadie fue, papá? —le reté con inteligencia, cruzando mis pequeñas manos sobre su escritorio.
—Dicen que por apatía, o porque necesitan a los niños trabajando en los campos... —respondió Santiago frunciendo el ceño.
—¡No es eso! —le interrumpí con firmeza—. A los adultos les da pena ir a aprender sabiendo que son analfabetos; les da vergüenza sentarse en un banco a ser enseñados como si fueran niños pequeños. Por eso falló.
Mi padre abrió los ojos con asombro ante mi deducción, procesando cada palabra.
—Tienes razón... —murmuró él, pensativo.
—Por eso quiero que hables con el rey y le digas que lo intente otra vez, pero con una estrategia distinta —le propuse con seguridad—. Mientras tanto, yo quiero ir al pueblo todos los días. Déjame ir; iré personalmente a leerles cuentos a los niños en las plazas para que les empiecen a gustar los libros desde pequeños. Si los niños se enamoran de la lectura, ellos arrastrarán a sus padres, y las escuelas y las bibliotecas tendrán sentido.
Santiago me miró profundamente, con un orgullo inmenso brillando en su mirada, arrodillándose frente a mí para tomar mis manos.
—Eres increíble, Maeve. A veces olvido que tienes la mente de una adulta atrapada en el cuerpo de una niña —sonrió con ternura—. Hablaré con Su Majestad hoy mismo. Tienes mi total apoyo.
Y no solo eso. En mi mente, mientras trazaba este plan para salvar a la gente del pueblo del analfabetismo y ganarme su afecto de forma genuina, también tenía otro proyecto guardado para más adelante: también quería abrir una perfumería. Pero cada cosa a su tiempo; por ahora, mi misión principal era cambiar mi destino, demostrarle al mundo que no era la villana de la novela y, sobre todo, disfrutar de mis charlas en el jardín con ese misterioso chico de cabello negro que, sin saberlo, se había vuelto mi refugio en este loco mundo de fantasía.