Ella es la guardaespaldas asignada para proteger al hombre que más desprecia: un magnate arrogante que compró la empresa de su padre. Él la provoca y la pone a prueba cada día, sin saber que ella guarda un arma bajo la chaqueta... y un deseo prohibido bajo la piel.
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Capítulo 21: La sombra inesperada
La vida había recuperado su ritmo. Valentina se levantaba temprano, desayunaba con Mateo en la terraza, y luego se dirigía a su oficina. La agencia de seguridad, a la que había llamado "Escudo Vital", estaba creciendo más rápido de lo que había imaginado. Su reputación como guardaespaldas impecable y su historial de casos exitosos le habían granjeado una cartera de clientes que iba desde ejecutivos preocupados por su seguridad personal hasta familias que necesitaban protección contra amenazas específicas.
Mateo, por su parte, seguía dirigiendo su imperio con mano firme, pero ahora encontraba tiempo para lo que realmente importaba. Las cenas en el penthouse se habían convertido en un ritual sagrado, un espacio donde ambos podían desconectar del mundo y reconectarse el uno con el otro.
Una tarde, mientras Valentina revisaba los expedientes de nuevos clientes, su teléfono sonó. Era un número desconocido, y al contestar, una voz femenina temblorosa habló al otro lado.
"¿Señorita Cruz? Soy Marina Delgado. Necesito hablar con usted. Es urgente."
Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Delgado. El apellido le resultaba familiar. Fernando Delgado había sido uno de los socios de su padre, uno de los hombres implicados en la conspiración que había llevado a la muerte de su madre. Pero Fernando Delgado estaba muerto, había muerto de un ataque al corazón meses atrás.
"Marina Delgado", repitió Valentina, con la voz cautelosa. "¿Es usted familiar de Fernando Delgado?"
"Soy su hija", dijo la mujer, y su voz se quebró. "Y necesito su ayuda. Por favor, no cuelgue."
Valentina dudó por un momento. Su instinto le decía que tuviera cuidado, que la hija de un hombre que había participado en el asesinato de su madre no podía ser de fiar. Pero algo en el tono de la mujer, un desespero genuino, la hizo titubear.
"Dígame dónde está", dijo Valentina finalmente. "Iré a verla."
Se encontraron en un café discreto en las afueras de la ciudad. Marina Delgado era una mujer de unos treinta años, de cabello castaño y ojos cansados. Vestía ropa sencilla y llevaba un bolso apretado contra el pecho, como si temiera que alguien fuera a arrebatárselo.
"Gracias por venir", dijo Marina, con la voz apenas audible. "No sabía a quién más acudir."
Valentina se sentó frente a ella y la observó con atención. "Dígame qué le pasa."
Marina respiró hondo y comenzó a hablar. "Mi padre murió hace seis meses. Oficialmente fue un ataque al corazón. Pero yo no lo creo. Los días antes de morir, estaba aterrado. Decía que alguien lo estaba siguiendo. Que lo iban a matar porque sabía demasiado."
Valentina sintió que el corazón se le aceleraba. "¿Demasiado sobre qué?"
"Sobre su pasado", dijo Marina, con la voz temblorosa. "Sobre cosas que hicieron en la empresa. Cosas que no deberían haber hecho. Y creo que hay otras personas implicadas, personas que todavía están vivas y que quieren asegurarse de que ningún secreto salga a la luz."
Valentina la miró durante un largo momento, procesando la información. Si lo que Marina decía era cierto, significaba que la conspiración que había rodeado la muerte de su madre no había terminado. Que aún había personas dispuestas a matar para mantener sus secretos.
"¿Por qué viene a mí?", preguntó Valentina. "Podría haber ido a la policía."
"Porque sé quién es usted", dijo Marina, y sus ojos se llenaron de lágrimas. "Sé lo que le hizo mi padre a su familia. Y sé que usted ha sido capaz de enfrentar el pasado y seguir adelante. Necesito a alguien que no tenga miedo. Alguien que no se deje intimidar."
Valentina se quedó en silencio por un momento, sopesando sus opciones. Podía negarse. Podía decir que no estaba interesada en revivir el pasado. Pero algo en la mirada de Marina, en su desesperación, le recordaba a sí misma hace apenas unos meses.
"Está bien", dijo finalmente. "Pero quiero que sepa que esto no es un favor. Es una investigación. Y si encuentro algo, lo llevaré ante la justicia."
Marina asintió, aliviada. "Gracias. No sabe cuánto le agradezco."
Valentina tomó su teléfono y anotó los datos de contacto de Marina. "Necesitaré acceso a los archivos de su padre. Cartas, documentos, cualquier cosa que pueda arrojar luz sobre lo que sabía."
Marina asintió. "Se los daré todo. Todo lo que tenga."
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De vuelta en el penthouse, Valentina le contó a Mateo lo sucedido. Él la escuchó en silencio, y cuando ella terminó, frunció el ceño.
"¿Crees que hay más personas implicadas?", preguntó.
"No lo sé", admitió Valentina. "Pero si Fernando Delgado tenía miedo, es porque sabía algo. Algo por lo que valía la pena matar."
Mateo tomó su mano. "Entonces lo investigaremos juntos. Como siempre."
Valentina sonrió. "¿No te cansas de mis problemas?"
Mateo rió. "Nunca. Mientras sean contigo, no me canso."
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Los días siguientes, Valentina y Mateo se sumergieron en los archivos de Fernando Delgado. Marina les había dado acceso a documentos que databan de décadas atrás, incluyendo cartas y registros financieros que revelaban una red de conexiones mucho más amplia de lo que habían imaginado.
Lo que encontraron los dejó sin aliento.
Fernando Delgado no solo había participado en la muerte de la madre de Valentina. También había estado implicado en otros crímenes. Sobornos, extorsiones, y al menos dos asesinatos más. Y todos ellos estaban conectados a una figura central: un hombre que seguía vivo y que seguía moviendo los hilos desde las sombras.
Valentina sintió que el odio que creía haber enterrado comenzaba a resurgir. Pero esta vez, no era un odio ciego. Era una determinación fría. Una necesidad de justicia.
"Vamos a encontrarlo", dijo, con la voz firme. "Y vamos a asegurarnos de que pague por todo lo que ha hecho."
Mateo asintió, y en sus ojos grises brillaba la misma determinación.
"No voy a detenerme hasta que hayamos limpiado todas las sombras", dijo Valentina.
Y supo que, pase lo que pase, no iba a rendirse.