Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 3
Capítulo 3: Esa muchacha es mía
Cinco días son cinco platos de arroz y cinco botellas de agua. Los conté en la pared con la uña, cuatro rayitas, y no me atreví a hacer la quinta.
La mujer de la falda no volvió a hablarme. Dejaba el plato, recogía el de antes, cerraba. Yo dormía en el piso, de cara a la puerta, y aprendí a distinguir los pasos: los de bota, que eran de los hombres; los de chancla, que eran de ella; los que no eran pasos sino algo que arrastraban.
En la mañana del quinto día los pasos fueron de bota y no traían plato.
—El Basa ya se cansó de esperar al Lobo —dijo el de la barriga, y me tomó del brazo—. Hoy vas a la fiesta.
Me llevaron por el otro lado de la casa, por donde yo nunca había ido. Ahí no había red de sombra ni piso de cemento: era un patio de lodo negro que se me metía entre los dedos de los pies, con un olor a agua estancada que se quedaba en la nariz. Había gente formada. Mucha. Hombres y mujeres con vestidos blancos como el mío, en fila, cada uno con un bate de béisbol de aluminio en las manos. Al frente, en el centro del patio, la tierra estaba removida y de la tierra salía una cabeza.
Solo una cabeza. Un hombre enterrado hasta el cuello, con la cara vuelta hacia el cielo.
Alguien tenía un celular en alto, grabando. Alguien más gritó "¡le toca!" y la primera de la fila levantó el bate.
Aparté la cara antes de que bajara. Miré mis pies, el lodo negro, un escarabajo que cruzaba. Escuché el sonido. No fue como en las películas; fue un sonido sordo, de costal, y después las risas, y después "¡el que sigue!". Le decían el golf. Lo supe porque lo dijeron riéndose, como quien nombra un juego de feria.
La fila avanzaba. Yo avanzaba con ella, porque me empujaban. Cuando me pusieron el bate en las manos pesaba más que yo. Se me resbaló. Lo levanté. Se me volvió a resbalar, porque las manos me temblaban de una manera que ya no era temblor, era otra cosa, era el cuerpo tratando de salirse de sí mismo.
—Esta no sirve —dijo alguien detrás de mí, y oí el silbido de un bate cortando el aire en dirección a mi espalda.
—¡Llegó el señor Salvatierra! ¡La camioneta ya está en la puerta!
El bate no bajó. Todo el patio se volteó hacia la voz, y en ese medio segundo el de la barriga me arrancó el bate de las manos, me tomó de la nuca y me sacó del lodo a jalones, corriendo.
Me metieron a un cuarto con regadera. Una mujer vieja, de brazos gruesos, me desnudó como se desnuda a una gallina y me talló con una fibra hasta que me ardió la piel; me lavó el pelo dos veces; me metió los pies en una cubeta y me los restregó con un cepillo. Me pusieron un vestido blanco nuevo, tieso de almidón. Cuando me sacaron, con el pelo goteando, el Basa me estaba esperando en el pasillo con un trapo en la mano.
Un trapo limpio, doblado en cuatro. Lo único limpio de ese lugar, después de mí.
—Entras. Te hincas junto a él. Le limpias las botas. —Me lo puso en las manos y me cerró los dedos encima con los suyos, que estaban húmedos—. Aunque te haga arrastrarte desnuda, te arrastras bonito. Si lo haces enojar, te devuelvo al patio, y ahí te esperan formados.
Asentí. No me quedaba otra cosa que asentir.
El cuarto tenía aire acondicionado y eso fue lo primero que sentí: el frío en el pelo mojado, en los brazos. Después lo vi a él.
Estaba sentado en un sillón de piel, con un vaso de algo ámbar en la mano. Ya no traía la camiseta negra sino un chaleco de trabajo, negro, con bolsas, sobre una camisa arremangada, y tenía tierra en los antebrazos y un rasguño fresco en la mandíbula. Parecía recién bajado de algo que no era una camioneta. El de traje gris estaba junto a la puerta.
Caminé. No llegué. A tres pasos del sillón se me doblaron las rodillas y caí, no me hinqué, caí, y quedé de rodillas junto a sus botas con el trapo apretado contra el pecho.
—Es la que le miró el mapa —dijo el Basa a mis espaldas, con la voz de vender.
Él no contestó. Movió el vaso en círculos, despacio, mirando el hielo. Luego estiró la pierna izquierda y me puso la bota delante, así, como se le avienta un hueso a un perro para ver si lo agarra.
La bota tenía lodo rojo hasta el tobillo, fresco todavía, brillante.
Pasé el trapo. La primera pasada fue un desastre: el lodo se corrió, dejó una mancha larga sobre el cuero, y yo pensé con toda claridad "ya me mató". El vaso dejó de girar.
Y entonces pasó lo que me pasa. Lo que me pasaba en los exámenes, en el laboratorio de conservación cuando el profesor Aguirre nos ponía un pliego del siglo diecisiete lleno de hongos y decía "a ver, sálvenlo".
Arcilla roja, alta plasticidad, húmeda. Si la frotas, la metes al poro. Primero lo superficial, sin presión, levantando; luego lo profundo, siguiendo la veta del cuero, nunca en contra. Doblé el trapo para tener una cara limpia por cada pasada. Levanté el lodo en capas, como se levanta el barniz oxidado de un pergamino colonial que se mojó: por partes, con paciencia, sin arrastrar nunca la mugre sobre lo que ya está limpio. Con la uña del pulgar saqué una brizna de pasto seco que estaba metida en la costura de la suela y la dejé a un lado, en el piso, alineada con otras dos. Fruncí el ceño. Lo sé porque siempre lo frunzo. Se me olvidó el aire acondicionado, el Basa, el vaso, los perros. Había una bota y había una técnica, y la técnica era mía.
* * *
Lucio Salvatierra sintió el cambio en el pie antes de verlo.
Lo primero había sido un manoteo, el trapo de cualquiera de las que el Basa le ponía enfrente. Luego la presión se volvió otra cosa: pareja, corta, con una dirección. La muchacha había dejado de limpiar y había empezado a trabajar. Tenía el ceño apretado como quien resuelve una cuenta y los labios partidos moviéndose sin sonido, contando pasadas.
Dejó el vaso en el brazo del sillón. Tiene su gracia, pensó. Y no pensó nada más.
* * *
Terminé la bota izquierda y, sin levantar la vista, estiré la mano hacia mi derecha buscando el cepillo fino, el de cerdas de marta, para el acabado.
Toqué el piso.
Ahí desperté. El piso de ese cuarto, el frío, el hombre. Levanté la cabeza y me encontré con la punta de su bota, la que acababa de limpiar, que se me metió debajo de la barbilla y me la alzó hasta que tuve que mirarlo.
—¿Aprendiste? —dijo.
Era la primera vez que me hablaba. Tenía la voz más baja de lo que esperaba, sin nada que se pudiera agarrar.
—Conservación de documentos… era optativa. —Me salió en un hilo—. En la facultad.
—¿Y el mapa?
Lo dije como en un examen, porque el cuerpo ya estaba ahí:
—Carta del Galeón de Manila. 1786. Tinta ferrogálica sobre pergamino. La línea roja es la ruta Manila–Acapulco.
Me miró dos segundos. No dijo si estaba bien o mal. Quitó la bota de mi barbilla, se puso de pie y mi cabeza quedó a la altura de sus rodillas.
—De este embarque —dijo, y ya no me hablaba a mí—, quiero el treinta por ciento.
—Señor Salvatierra, habíamos hablado de veinte, con todo respeto…
—Estás cobrando en el norte con mi nombre. A los comerciantes de la carretera les dices que Lobo Negro custodia sus cargas. —Sin subir la voz, sin voltear—. El precio viejo era precio de muerto. Este es el precio de vivo.
El Basa tragó saliva. Lo oí.
—Treinta. Claro que sí, señor.
El hombre pasó a mi lado. Las botas, la izquierda limpia y la derecha con lodo, cruzaron mi campo de visión y salieron por la puerta. No me miró. El de traje gris salió detrás. Yo me quedé de rodillas con el trapo sucio en las manos, sin saber si acababa de vivir o de morir.
El Basa me lo aclaró.
—Ni las botas sabe limpiar —dijo, y algo en su cara se había desarmado—. Una nada más. Treinta por ciento, por una universitaria que le ensucia el cuero. —Se acercó y me habló pegado a la oreja—: Al patio. Al protocolo. El que quiera, que pruebe.
Me levantaron de los brazos otra vez. No grité. Ya sabía que no servía. Me arrastraron por el pasillo, bajé de rodillas dos escalones porque no me daban tiempo de poner los pies, y el lodo negro del patio de atrás me llegó otra vez a los tobillos; el vestido nuevo, tieso, se manchó desde abajo como papel secante.
En el arranque de la escalera había alguien parado.
El traje gris. No se había ido. Estaba en medio del paso, con las manos cruzadas al frente, exactamente como en la terraza, y no se hizo a un lado.
—Palabras del patrón —dijo, y lo dijo como quien lee, sin apurarse, cada palabra entera—: "Esa muchacha es mía".
Los que me tenían de los brazos me soltaron.
Le vi la cara al Basa. Le cambió tres veces. Primero se le fue el color; luego se le apretó la boca como si fuera a decir algo que le iba a costar; luego, de golpe, se le desdobló entera en una sonrisa, y esa sonrisa fue lo más feo que había visto en cinco días de ver cosas feas.
—Faltaba más —dijo—. Faltaba más, don Teo. Es de él. Es de él desde que la vio.
Abajo, uno de los guardias le murmuró a otro, sin cuidarse mucho:
—¿El Lobo? Si nunca se lleva a nadie…
Me bajaron por la escalera principal. El Basa vino detrás, hablando dulce, y en el último escalón me tomó del codo con dos dedos y me dijo, sonriendo hacia la camioneta:
—Si te devuelve, te hago pedazos para los perros.
La camioneta era una Suburban negra que parecía más ancha de lo normal, con los vidrios de un grosor que no era de vidrio. La puerta se abrió sola. Adentro había alfombra clara, de lana, y asientos de piel color arena, y un aire a veinticuatro grados que olía a cuero nuevo y a nada más.
Yo tenía los pies negros hasta media pantorrilla.
Me senté en la orilla del asiento, en la orilla de la orilla, con las rodillas juntas y los pies encogidos, tratando de que solo tocaran la alfombra los dedos. Él estaba del otro lado, con el codo en la ventanilla. El de traje gris manejaba. Arrancamos, y el rancho se fue quedando atrás por el vidrio trasero, y yo no lo miré.
Pasaron dos curvas de camino de tierra. Junté todo lo que me quedaba.
—Señor Salvatierra… —Me tembló hasta el apellido—. Gracias por salvarme.
No contestó. Bajó la vista, despacio, y la dejó en mis pies, en la mancha negra que se estaba formando en la piel color arena donde me rozaba el talón.
Me limpié. Con la mano, con el vestido, frotando, y solo conseguí extender el lodo; y en ese momento el de gris frenó por algo en el camino y yo me fui de cara contra el respaldo del asiento delantero. Me quedé ahí, con la frente en la piel y las manos negras, sin atreverme a enderezarme.
—Esta alfombra cuesta veinte mil dólares.
Cerré los ojos. Esperé lo que fuera.
—Pero ya que es mía —dijo, con la misma voz—, que se ensucie un poco no importa.
No entendí si hablaba de la alfombra. Creo que sí lo entendí. Me enderecé despacio y me quedé quieta, con las manos sobre las rodillas, y durante el resto del camino él miró la selva y yo miré mis manos.
La carretera subió. Los árboles se cerraron sobre nosotros y luego se abrieron de golpe, y ahí estaba: un muro de concreto gris de la altura de una casa de dos pisos, coronado de alambre con letreros de rayo rojo; torres en las esquinas con hombres adentro; una barrera, y otra, y otra, y en cada una hombres de uniforme verde oscuro que revisaban con un espejo debajo de la camioneta aunque supieran de quién era. En la manga izquierda, todos traían bordada una cabeza de lobo.
En la tercera barrera se abrió un portón de acero que parecía la puerta de una bóveda de banco, y los que estaban formados a los lados se cuadraron al mismo tiempo, con un solo golpe de bota contra el suelo.
—Órale —se me salió, en voz bajita.
Él no volteó. Pero vi, de reojo, que la comisura de la boca se le movió un milímetro y volvió a su lugar.
Él era el dueño de ese lugar. Y yo, el botín que el dueño traía a casa.
La camioneta cruzó y el portón empezó a cerrarse detrás de nosotros con un ruido de metal pesado que tardó mucho en acabar. Cuando acabó, el hombre de traje gris me miró por el espejo retrovisor por primera vez.
—Bienvenida a la Base, señorita Quintana.
Y fue ahí, con el portón ya cerrado, cuando me di cuenta de que nunca les había dicho mi nombre.